“(…) Right behind you I see the millions.
On you I see the glory.
From you I get opinions.
From you I get the story.
Listening to you I get the music
Gazing at you I get the heat.
Following you I climb the mountain.
I get the excitment at your feet”.
Tommy (Roger Daltrey)

Cuando el alma quiere hablar, sólo enuncia mediante cánticos equivalentes a un salmo sensorial, pues las armonías que brotan cuando las entrañas y la mente unen fuerzas, se profieren con explosivo y visceral frenesí que analoga cualquier vocalización armónica destinada a etéreas deidades para trascender la mundanidad. Por ello tenemos la ópera rock, un ingente lienzo de finas incisiones a los ordinarios discursos que limitan las posibilidades sensuales de una historia cualquiera y descargan desenfrenadamente su excitación por sublimar un diálogo. Después de todo ¿No cautiva con vehemencia un intercambio verbal entre dos personajes cuando éstos coreografían su relación en base a letra y música? Ámenlos u ódienlos, pero la rítmica experiencia de una trama bañada en las aguas de la sonoridad absorbe y sublima, para bien o para mal ¿Por qué? Simplemente dejamos que uno de los aspectos que componen al cine como 7º Arte domine a los otros 6, así que cada proyecto circunscrito en este arriesgado género puede ser una experiencia subyugante o un sometimiento a la más cruenta tomadura de pelo. Y aún así, por su naturaleza cuasi experimental y de relativo arrojo, siempre será recibida con los brazos abiertos por el templo del Culto Cinematográfico, donde se alojan cintas inenarrables en su proceder mas adoradas por algún melómano recalcitrante.
La ópera rock semeja un triángulo escaleno donde su hipotenusa narrativa variará conforme sus aristas mutan y convergen constantemente, jamás expresando equilateralidad cual otros de sus primos hermanos, como el musical de corte a lo Broadway (desde las producciones clásicas con Fred Astaire o Gene Kelly de los 30’s, 40’s y 50’s e incluso aquellas orquestadas por un avantgarde como Busbey Berkeley, hasta adaptaciones miméticas de desabridos éxitos teatrales como “Chicago” o “Nine”) o videoclips de hora y media que suelen parir calistenias narcisistas de bandas musicales o cantantes de moda (abarcando todo, desde Elvis y Los Beatles hasta Juan Gabriel). Éste es un animal salvaje que prefiere alimentarse solo, por lo que su rumbo siempre cambia intempestivamente y de forma inesperada, ya que sus hábitos acechan a todos los géneros, llegando a generar híbrida progenie muy, muy diversa. Si esta afirmación le parece que es pura hipérbole, basta con revisar los siguientes ejemplos.
Primero, localizamos aquellos que encontraron un público masivo gracias a una puesta en escena previa que popularizó su trama y título justo para validar una versión cinematográfica, como fue el caso de “Jesucristo Superestrella” (1973), en su momento una polémica versión rockera del Nuevo Testamento que ahora se le proyecta a los niños en el Catecismo dominical, kerigmático ejercicio del afamado cineasta Norman Jewison donde se pretende humanizar la figura del Mesías, sus apóstoles y María Magdalena mediante su retrato como una comuna hippie, donde Judas es negro (¿alguien dijo “xenofobia”?) y una bulimia moral que resulta en momentos insufrible, o la repelente “Hair”(1979), apología light a la supuesta libertad que brindaba la ideología del “flower power” con estructura narrativa de desgastado cancionero, pues su selección musical envejeció mucho antes de que se estrenara el filme, redefiniendo el término “anacrónico” para la generación de internet.
Después, encontramos los primeros intentos por empalmar la estridencia polifónica con relatos construidos mediante componentes culturales de su época y progresados con puesta en escena llamativa e impetuosa, dando como resultado cintas tan perennes como “El Fantasma del Paraíso” (1974), fantasía ‘glam’ de un incipiente Brian de Palma que tomó como base la obra de Gastón Leroux para narrar una historia sobre los excesos de la fama en el mundo del rock, mientras que “El Show de Terror de Rocky” (1975) pasó a la historia como uno de los crisoles posmodernos más destacados en su manejo de las referencias cinéfilas pop / cutre y su demencial reflejo ‘glitter’ de las mismas al allanar todos los caminos recorridos por el cine clase “B” de los 50’s, a través de los aguardentosos cánticos de un adorable transexual de Transilvania y su séquito de personajes extravagantes que aún se ven coreados entre gritos e histeria por sus irredentos fanáticos, y construir un musical al respecto, socavando un nicho para toda función de medianoche que le diera alojo a cualquier cinta de entraña bizarra, como sucedió con “Tommy” (1975) y “Lisztomanía” (1975), ambas fraguadas por el eterno provocador Ken Russell y auspiciadas por Roger Daltrey, quien apreció en estos proyectos la posibilidad de colar su discurso interpretativo heredado de The Who. Más osado fue la transpolación fílmica a una visión de acetato con “Pink Floyd: The Wall” (1983), todo un alegato sociopolítico que medra ideas en base a un lineamiento filosófico cultivado por la excelente banda inglesa, sin contemplaciones ni concesiones, sólo un bombardeo asfixiante de anécdota (la oscura historia del músico Pink, interpretado magistralmente por Bob Geldof) y estética (las animaciones del cartonista político Gerald Scarfe y secuencias oníricas sobre el fascismo).
Producciones contemporáneas como “Repo: La Ópera Genética” (2008), “A través del Universo” (2008) o la más reciente “La Era del Rock” (2012) continúan en ese proceso de exploración sobre las posibilidades que ofrece la inserción de un género musical tan específico y geométrico como lo es el rock’n’roll para propulsar y dimensionar historias, las cuales sólo podrán ser contadas mediante una canción y fuego en el alma. Tonadas vociferadas con entusiasmo y ardor en la hora de las brujas. Buenas noches, Fred Astaire.
Nota: Los títulos mencionados se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán

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