Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Veo a la hermana María Concepción Ramos Reynoso, y sobre todo sus ojos, llenos de vida y de luz, y cuando me dice su edad, casi me voy para atrás, porque conozco personas que con 10 o 15 años menos que ella, que ya se les opacó la mirada y se disponen –para decirlo con un eufemismo– a bajar la cortina, apagar la luz y sentarse a ver la televisión en espera de la muerte.

Ella no… Anda llegándole a los 80, y tiene muchas cosas que hacer así como para perder el tiempo lamentando las carencias que padece la institución a la que sirve, para cumplir de manera aceptable con la misión que se ha fijado, y si se da abasto es porque conserva la frescura de una treintañera, y también su energía, ese celo por ir de un lado a otro, de la mañana a la noche, en el cumplimiento de su responsabilidad, gracias al impulso que le da su amor a Dios y un carisma abocado al servicio.

Cuando la conocí se desempeñaba como superiora de la sede local de la Casa de Jesús –una de las 28 instituciones que existen diseminadas por todo el país y una en Honduras–, la misma que se ubica en la calle Ignacio Allende 211 poniente, entre Victoria y Alarcón, en el centro de esta urbe.

Conocí a la madre Conchita en noviembre de 2013, durante la entrega de los Premios Aguascalientes que otorgaba el Fideicomiso Profesor Enrique Olivares Santana (ese fue el último año en que se concedieron). Su institución obtuvo en esa edición el Premio al Desarrollo del Bienestar Humano, en su modalidad institucional.

La Casa de Jesús es una residencia que recibe a jóvenes mujeres, y que es atendida por las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, una congregación religiosa de origen guanajuatense, que está presente en Aguascalientes desde el 15 de noviembre de 1921, y que fue fundada por monseñor Eugenio Oláez Anda el 15 de junio de 1920, en la ciudad de León, ciudad episcopal en cuya diócesis Oláez se desempeñaba como vicario general.

A decir de su sitio en la Internet, el instituto “trabaja en la promoción integral de la niñez, adolescencia y juventud que vive en desventaja real por la pobreza, falta de oportunidades, violencia, desintegración familiar, adicciones, etc.”

La madre Conchita nació en 1937, en México D.F. Por razones que no vienen al caso, siendo la mayor de su casa, prácticamente debió hacerse cargo de sus hermanos menores desde los siete años, en una dinámica que la preparó para este tipo de tareas, a las que pronto les tomó gusto, esto independientemente de que por atender las necesidades familiares terminó quedándose sin estudios. A fin de darle cauce a esta vocación, ingresó a la congregación como aspirante en enero de 1954, profesó a los 20 años, y desde entonces no ha parado.

Teniendo en cuenta que la institución fue fundada en 1920 y que está presente en nuestra ciudad desde 1921, bien podemos imaginar el contexto que impulsó el surgimiento del organismo y cómo fue que floreció.

Estaba llegando a su fin la etapa armada de la revolución mexicana, y sin duda el país comenzaba apenas a recuperarse del desorden que había padecido desde que don Pancho Madero encendiera la llama democrática que terminó por devorarlo (tanto a Madero como al país).

Como es de suponerse, la guerra trajo consigo la pérdida de valores, y con ello la degradación de muchas mujeres que fueron víctimas de abusos, violaciones. Entonces, el instituto nació para proteger a aquellas que habían vivido situaciones de este tipo o que estaban en riesgo.

Me dice la madre Conchita que las primeras mujeres atendidas lo fueron en un hospital leonés, en donde el fundador era capellán. Eran mujeres, dijo ella, enfermas de pecar, y yo, que soy buen entendedor, entiendo que se dedicaban a la prostitución, y padecían enfermedades venéreas.

En el proceso de recuperación, estas mujeres quisieron dejar esta vida y hacerse de una distinta, más amable y digna, pero no sabían qué hacer. Fue entonces cuando Oláez les asignó algunas tareas asistenciales que irían conformando el quehacer de la congregación.

Poco a poco cambió el país, se pacificó, y también mudaron los objetivos del instituto, hacia los señalados en la Internet. Cuando conocí a la hermana Conchita, la Casa de Jesús atendía en Aguascalientes a unas 40 muchachillas que tenían, para decirlo de manera suave, “alguna dificultad de convivencia en su hogar”, muchachas rebeldes, con problemas con sus padres, o acosadas; jóvenes en riesgo de abandonar el hogar, y con él cierta seguridad elemental, o de terminar en situaciones de mayor peligro, o muchachas que, de plano, sufrían abandono.

La Casa de Jesús les ofrece, como dice la oración de la Divina Providencia, casa, vestido y sustento, y desde luego un apoyo para amortiguar su desgracia y propiciar su recuperación. En este sentido, se busca preservar a las niñas de lo que la madre Conchita llama daños morales graves. Entonces, se ofrece orientación a adolescentes y formación a las jóvenes, a fin de que puedan seguir estudiando, incluso hasta concluir una carrera profesional. Por cierto que las muchachas dejan la casa para casarse, o cuando están preparadas para hacer frente a su circunstancia de vida. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).