Sara Díaz/ Fotos: Jaime Almanza

Ha dado comienzo el triduo pascual en el que se conmemora la pasión de Cristo y en el cual se instituye el sacramento de la Eucaristía.
En la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción la celebración de la cena del Señor, fue encabezada por representante de Cristo, Monseñor José María de la Torre Martín, en cuyo altar se congregaron los doce apóstoles que, por primera vez y por institución del Papa Francisco, incluyeron a mujeres y hombres de cualquier clase y condición física.
Ante una concurrida asamblea, el obispo perpetuó los momentos en que Jesús en la última cena, conversó con sus discípulos antes de su aprehensión, consecuencia de la traición del Judas. Les profesó el amor que siente por ellos y la misericordia que deben tener con el prójimo. En la homilía, el pastor de la iglesia dijo que éste es un día para contemplar el amor infinito de Cristo, hecho servicio. Recordó el pasaje donde se despoja de su túnica para decirles con humildad a sus apóstoles “Si yo maestro les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”.
Como muestra de esa humildad, Monseñor de la Torre Martín, presidió el lavatorio de pies, acto de amor que Jesús ofreció a sus apóstoles y que ayer, jueves santo, nuevamente ha retomado la grey católica.
De una manera distinta y obedeciendo el mandato del sumo pontífice, el lavatorio se llevó a cabo de una forma poco usual pero que ha dejado una gran emoción entre los presentes. El primero de ellos lo realizó Monseñor de la Torre Martín, enseguida fue el vicario general Raúl Sosa Palos, el tercero correspondió a un seminarista y, los nueve restantes fueron fieles que voluntariamente se ofrecieron a lavarle los pies al prójimo. Uno a uno fue derramando el agua pura sobre los pies desnudos de aquellos hombres y mujeres de bien y sus labios se inclinaron para besarlos, dejando plasmado su infinita ternura, tal y como lo hizo Jesús con sus discípulos.
Una vez que se concluyó con este acto de bondad, se ofreció el cuerpo y la sangre que muy pronto ha de ser derramada por la salvación de los hombres.
En un acto solemne la concurrencia se puso de rodillas para humillarse ante el Salvador que, mediante la consagración, la hostia y el vino se convirtió en el Cristo vivo.
Esta ha sido la cena que Jesús sostuvo con sus amigos, antes de partir al huerto de Gestsemaní para orar a su Padre.
Ahí, Jesús ha sudado sangre ante el temor que como humano sintió, pero con el consuelo que el ángel del Señor le brindó expresó: “Señor, si puedes haz que éste cáliz pase sin que yo lo beba, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.