Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Aguascalientes, la del agua caliente,

que lo mismo mejora las reumas,

que deja inmediatamente

cualquier pollo sin plumas, yo lo sé.

Aguascalientes, la de Alberto Fuentes D.

el que te abrió una calle quien sabe para qué.

Hidrotermópolis de José F. Elizondo.

Hace unos días, no muchos, falleció Don Abraham Juárez, agente de pompas fúnebres (como le llamaban antiguamente) después de haber completado mas de un centenar de años de vida productiva dedicado a un trabajo que mas de alguno ve con resquemor, cuando no con cierto desdén, como si su cercanía nos acercase un arcano que, para bien o para mal, permanece insondable hasta la fecha: “Hermano, morir habemos, como y cuando no lo sabemos”, se dice que era el saludo obligado de los monjes Cartujos, cuando hablaban.

El papá de Don Abraham trabajó para Don Alberto Fuentes D., el coahuilense que quizás por obra y gracia de otros de sus ilustres paisanos fuera jefe político de Aguascalientes, en los últimos años del gobierno de Don Porfirio Díaz. Hace algunos años en su casa de la pequeña colonia del Carmen antesala de la Altavista, en donde habitó hasta sus últimos días, Don Abraham me platicó una anécdota que pinta de cuerpo entero a los Juárez y que explica el trabajo que han ejercido con dignidad, respeto y caridad, por mas de un siglo.

Cuando Don Alberto Fuentes D. llegó a Aguascalientes para ocupar la jefatura del gobierno, nuestra tierra no era entonces, ni mucho menos, ejemplo nacional, ni tenía un ingreso per cápita alto, no se conocían mas orientales que algunos que tenían un café en las cercanías de la estación del Ferrocarril, el paseo dominical además de la estación era ir al río de los Pirules y en tiempo de aguas los paseos a algún paraje cercano como el Sabinal, la hacienda de Peñuelas o la de Malpaso. La avenida principal era la calle Centenario, ahora Juan de Montoro. Entonces el ser jefe del gobierno de un estado modesto como Aguascalientes, aún con sus importantes talleres de ferrocarriles y la Fundición Central, no era tan buen negocio como ha resultado para algunos gobernadores recientes que, por recordar a Don Guillermo González (a) El Cabezón viene a cuento la anécdota. Dicen que alguien impresionado por la clase y el generoso dispendio de Don Guillermo le preguntó imprudentemente: “Oiga, y Ud. ¿es rico de abolengo”, “No señor- contestó con su simpatía y cachaza- soy rico de a madres”. Para ayudarse, Don Alberto, hubo de poner una funeraria lo que le valió el sobrenombre de “el muertero”.

Aunque el gobierno no producía como les ha producido a algunos, y la funeraria no tenía suficientes clientes como habría de tener en los años de la Revolución, Don Alberto hubo de tener un factor que se hiciera cargo del negocio mientras el patrón despachaba en la casa de gobierno, y contrató al Sr. Juárez. Por cierto y dicho sea de paso, aunque merecería mucho mas que una mención apresurada, el jefe del gobierno se trajo a un joven y brillante coahuilense que había hecho estudios destacados en Europa y que, antes de cumplir la treintena ya había desempeñado varías secretarías en esta su tierra adoptante: David Berlanga, el mismo que fuera sacrificado por Francisco Villa, al intercambiarlo por Paulino Martínez con Emiliano Zapata, en el desgraciado convenio al que Martín Guzmán denomina “Pacto de Chacales”.

Era época de vaivenes políticos y en alguno de ellos ocuparon la plaza facciones contrarias a Fuentes D., que por cierto se confesaba y ostentaba como anarquista (¿verdad Juanpis?). En riesgo su vida, la salvó por su sangre fría y la de su leal empleado, amortajado y ocupando un ataúd, en compañía de otros muertos de veras, fue sacado por la carroza tirada por unas mulas que conducía el Sr. Juárez. Librado el cerco militar, Don Alberto Fuentes D. huyó hacia el norte, en donde pudo esconderse durante algunos años. Medio pacificado el país y haciéndose cargo del poder ejecutivo otro coahuilense ilustre Don Venustiano Carranza, pudo regresar a Aguascalientes. El Sr. Juárez se había hecho cargo de la funeraria cumpliendo con un trabajo honrado que también era una tarea cristiana y, no pocas veces, una obra de caridad. Regresando el patrón y como dice el refrán “sobre el muerto las coronas”, religiosamente el factor le hizo entrega del producto de su trabajo durante los meses que se hizo cargo de la agencia de inhumaciones. Peso sobre peso, ¡qué digo!, bilimbique sobre bilimbique, hizo entrega de lo obtenido. Dinero que solo tuvo vigencia y valor mientras la facción que lo imponía ocupaba la plaza y que ahora, al tiempo de rendir cuentas, no valía mas que el papel de estraza en que lo había envuelto y ocultado en la caballeriza. ¡Oh, decepción!.

Leí la esquela y me remonté cuatro décadas atrás. Los Juárez habían seguido en su trabajo y ahora su funeraria estaba en la esquina de José Ma. Chávez y Hornedo, precisamente frente a la pila del Obrador, inmueble que ahora forma parte de este diario que me brinda hospitalidad cada semana. Cruzaba hacia Palacio en donde se encontraban los juzgados cuando un veloz automóvil (30 o 40 kmts. por hora) me hizo saltar el último tramo de la calle Chávez. Don Abraham Juárez estaba en la puerta de la Funeraria. Volteé y le dije “ya le andaban consiguiendo cliente”. Se me quedó viendo, de una ojeada me abarcó de arriba a abajo y me dijo “también tengo de su talla”.

Cuando muchos de los de su oficio endurecen el corazón y actúan con disimulo de las penas de los dolientes. Don Abraham se hacía cargo de sepultar a los muertos, no sólo a los cadáveres. En el argot policíaco de entonces, llamaban muertos a los que sus familiares no tenían manera de pagar un sepelio decoroso. A los humildes, a los desheredados, a los desconocidos, la carroza y la caridad de los Juárez daban un último trato digno a quienes, quizás, pocas veces en su vida habían tenido.

Descanse en paz este muertero, que, como diría Humberto G. Tamayo, no se pasaba de “vivo” con los muertos.

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