Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaChina está abriendo una universidad por semana, y, de acuerdo a un reciente informe de la OCDE, produce más egresados universitarios que Estados Unidos y Europa juntos; además, cuatro de cada diez estudiantes chinos están en carreras asociadas al desarrollo innovador: ciencias, ingenierías, tecnología y matemáticas (STEM por sus siglas en inglés). China ya no le apuesta a los bajos salarios para competir, sino a la creatividad y a la innovación.

En cambio, en México, la cobertura de educación superior crece poco, apenas un punto porcentual por año: pasará de 30 en 2010, a 40 por ciento en 2020, la mitad de lo que tienen los países desarrollados. Pero más allá de la falta de cobertura, hay dos problemas todavía más delicados. Primero, cada día aumenta el desempleo entre los profesionistas; al cierre de 2015 el 43 por ciento del total de desempleados en el país tenía grado de educación media superior y superior (casi un millón de personas). Muchos otros universitarios están ocupados en el sector informal o aceptan un trabajo precario. Segundo, está el tema de la desigualdad de oportunidades, reflejada en que 90 por ciento de los estudiantes universitarios pertenece al 30 por ciento de la población de más altos ingresos del país.

En el libro México, ¿el motor inmóvil?, publicado recientemente por el Centro de Estudios Espinosa Iglesias, se confirma, a partir de encuestas realizadas en 2006 y 2011, que México es una sociedad que presenta bajas tasas de movilidad social intergeneracional, a pesar de que es evidente la elevación de la escolaridad promedio de la población. Los hijos tienen más escolaridad que sus padres y los padres que los abuelos. Sin embargo, es un hecho que la mayor escolaridad no se refleja en mayor retribución económica.

La teoría dice que las personas lograrían una mayor movilidad si alcanzaran una mejor posición en la distribución ocupacional, lo que habría de traducirse en un mayor ingreso. A su vez, esta posición debería derivarse de una mayor y mejor escolaridad. Sin embargo, si la oferta educativa ha crecido a costa de la calidad, entonces puede esperarse un efecto nulo o muy limitado de la escolaridad en ingresos laborales o riqueza. Otra barrera estructural puede estar en el modelo de crecimiento económico basado en el sector maquilador exportador que no demanda recursos humanos mejor calificados. Como el bono demográfico de las personas con mayor escolaridad no se refleja en mejores salarios, muchos jóvenes deciden no perseguir una educación superior, al calcular que los retornos son menores a los costos y, así, se cierra el círculo vicioso que fomenta el bajo crecimiento en cobertura de educación superior en nuestro país.

En el libro citado más arriba se hace una afirmación muy sugerente: “La escasa movilidad social se deriva de la capacidad de las capas altas de reproducirse y establecer grandes barreras para que las demás clases no puedan moverse hacia arriba. El origen social predetermina quienes asisten a escuelas privadas o públicas, matutinas o vespertinas; quienes viven en un hogar sin expectativas de movilidad, o si hay una brecha insalvable entre aspiración como deseo o como expectativa”.

En este sentido, debemos recordar la admonición de Piketty respecto a sociedades como la nuestra: si la riqueza generada en el pasado (herencia) sigue creciendo más rápido que la riqueza generada gracias al trabajo (mérito), entonces el pasado terminará devorando al futuro.

Hay al menos tres razones para construir en México y en Aguascalientes un Estado que impulse la movilidad social: justicia, mérito y eficiencia. Una, resulta insostenible un Estado en donde la polarización y las brechas de bienestar sean tan amplias. Dos, de no verse premiado el talento y esfuerzo de las personas, se desincentivará la inversión y el crecimiento. Y, tres, sin movilidad no habrá un aprovechamiento óptimo de los recursos humanos por lo que se perderá el potencial de desarrollo de las personas y del país.

Como hemos reiterado, requerimos un cambio de paradigmas tanto en el sector educativo como en el sector productivo. De otra forma, a pesar de la pobre cobertura en educación superior, habrá sobreoferta de egresados universitarios respecto de los requerimientos de las empresas manufactureras. Aguascalientes destaca a nivel nacional por la escasísima presencia de autoempleados dentro de su población económicamente activa, denuncia Eugenio Herrera Nuño en su último artículo, con datos de Inegi.

Éste es un buen momento para exigir a nuestros gobernantes y candidatos que se comprometan con políticas públicas adecuadas para formar desde el sistema educativo personas emprendedoras, menos “empleados” y más profesionales capaces de autoemplearse y convertirse en empleadores, dentro de un ecosistema que fomente la innovación, la creatividad, la generación de conocimiento y mayor valor agregado.

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