Pocas películas son capaces de trascender al punto de figurar en un diccionario y adjetivar nuestro entorno. Así, cuando llamamos “freaks” o “fenómenos” a los concursantes y jueces de “La Voz México” o a la titular y sus panelistas de “Laura en América”, lo hacemos por obra y gracia de una película hoy colocada en el Olimpo de las obras maestras junto a sus artísticos protagonistas que, desde luego, no merecen ser comparados con semejante calaña catódica. Hoy un “freak”, por pobreza léxica, es una muletilla que se aplica indiscriminadamente, desde las psíquicamente disminuidas celebridades que buscan la inmortalidad física a punta de bisturí, hasta las tribus urbanas que apelan a una tipificación postmoderna que llevan como escudo de armas “emo”, “reggettonero” o “hipster”, a falta de un interés por la lectura o sustraer el cráneo de ese agujero negro de omisiones académicas. Sin embargo, en su origen, los freaks eran los quiméricos integrantes de las ferias ambulantes que se ganaban la vida exhibiendo sus deformidades y anomalías físicas en las barracas, y la razón de su integración a la cultura popular se debe a la película homónima sin la cual la historia, no sólo del género de horror, sino del mismo cine, no sería la misma, todo gracias a un director encubado en las carpas y gran opositor del optimismo narrativo: Charles Albert Browning, Tod Browning para los créditos.
Browning trabajó durante el amanecer del siglo XX en los circos más afamados, como el de los “Ringling Bros.”, realizando macabros números, interpretando un “cadáver viviente”. De este oficio singular le vino su interés por los temas escabrosos y terroríficos, y una vez instalado en la industria del cine decidió verter sus experiencias en el filme que ahora nos ocupa, donde se expone no la teatralidad y el ballet intelectual de un “Cirque Du Soleil”, sino un escenario donde desfila la crueldad y el asombro, erigiendo una historia de poética fantasmagórica con la que el director pretendía hacer justicia a sus tullidos y deformes protagonistas.
Hombres y mujeres carentes de extremidades inferiores, superiores o todas ellas, siamesas, anomalías cefálicas y enanos son tan sólo algunas de las estrellas de la cinta, la cual centra su arco dramático en el bizarro triángulo amoroso que dibuja el liliputiense Hans (Harry Earles), de ascendencia alemana y heredero a una fortuna; Cleopatra (Olga Baclanova en un papel ofrecido originalmente a Mirna Loy, quien lo rechazó mostrándose horrorizada segundos después de leer algunas páginas del guión), la amazona trapecista europea de esta tropa, y Frieda (Daisy Earles), la diminuta enamorada de Hans. Dicha trama se segmenta entre las andanzas de Hércules (Henry Victor), hombre forzudo que hace de amante de Cleo y el romance núbil y en momentos jocoso entre el payaso Phroso (Wallace Ford) y la bailarina Venus (Leyla Hams).
Durante el desarrollo de la trama, Cleo acepta casarse con Hans con el plan de asesinarlo y quedarse con su dinero. La escena de la boda es probablemente una de las puestas en escena más grotescamente bella en los anales del cine, un lirismo bizarro que emana de una celebración genéticamente desarticulada, donde los fenómenos se regodean en su hermandad y código de fuerza (“Una de nosotros, una de nosotros”) y que seguramente abrió el cerrojo creativo de varios cineastas circunscritos en la provocación plástica como Jodorowsky, Buñuel y Lynch. Al final, el funesto plan de Cleopatra queda al descubierto y los “freaks” hacen valer su ley en el momento más escalofriante del filme y tal vez en toda la historia del 7º. Arte, donde la criatura más inhumana y desfigurada queda al descubierto: el ser humano, en un ejercicio narrativo de oscura brillantez, colmado de conmoción hacia lo extraño, lo retorcido, la más pavorosa “otredad” frente a nuestros ojos que carga nuestras pesadillas más primitivas. Es difícil permanecer impávido ante el lento avance entre el barro de los protagonistas hacia sus victimarios, cuchillo en mano bajo una aterradora tormenta.
La cinta se estrenó en 1932 entre desmayos, protestas de los perros guardianes de la moral y un supuesto aborto provocado por la cinta en un cine de San Diego y fue sin lugar a dudas el canto del cisne de una manera muy específica de entender el horror con sus monstruos góticos, dráculas y cuasimodos, dando lugar a pliegues más sádicos y problemáticos del alma. Fue el punto culminante de la primera oleada del cine fantástico y también para la carrera de Tod Browning, el hombre que presumía “ganar más dinero que el mismo presidente de los E. U.”, retirándose en estado pudiente con sus inseparables botellas de whisky. Nunca aceptó ser entrevistado. Nunca permitió que se le preguntara o cuestionara por las razones de tan indescriptible y fascinante filme. Murió en 1962, el mismo año cuando el Festival de Cine de Venecia reivindicaba su legado. Había nacido una leyenda de carne y hueso y otra de celuloide. Había nacido un nuevo adjetivo: “freak”.

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