Por J. Jesús López García 

La arquitectura moderna no es lo mismo que la arquitectura modernista, pues bajo ese término se circunscribe la versión española, especialmente catalana del estilo Art Nouveau que en México tiene su mejor exponente en el interior del Gran Hotel de la Ciudad de México cuyo lobby es dominado por el excelente plafón de vidrio realizado por la firma francesa Tiffany’s. El modernismo catalán por otra parte tiene en la obra de Antoni Gaudí y Jordi Jujol sus muestras más características e imaginativas, despertando con ello algunos aspectos creativos de los espacios pintados por Salvador Dalí.

Como es conveniente notar, hablando español sobre arquitectura, modernista no es lo mismo que moderno. Ejemplificada la arquitectura modernista -que en México ni ella ni la del Art Nouveau tienen muchos exponentes por atravesarse el periodo de la Revolución y sus etapas previas. Ahora bien, lo moderno en arquitectura –ligándolo con el concepto de racional- no es tan reciente pues sus antecedentes datan de la Revolución Industrial en el siglo XVIII con la reacción arquitectónica hacia el barroco y que conocemos como <<neoclasicismo>> una de cuyas obras principales en nuestro país es el Palacio de Minería en la ciudad de México.

En Aguascalientes es tal vez -por sus rasgos compositivos no por la fecha de su construcción- el Museo de Aguascalientes, el inmueble que mejor ejemplifica el estilo. Del neoclásico y su conjunción paulatina con procesos y materiales constructivos novedosos como el uso extensivo de hierro, vidrio, acero y concreto armado va perfilándose la modernidad arquitectónica que va desprendiéndose de la iconografía tradicional en función de una construcción más sencilla, de perfiles cada vez más simples.

En su momento inicial -primer tercio del siglo XX- la modernidad arquitectónica era una especie de manifiesto ideológico proyectado positivamente hacia el hombre nuevo, perteneciente a una sociedad democrática, igualitaria y libre. La arquitectura debía expresar esos ideales de sencillez e igualdad evitando la representación de un pasado concebido en ese momento como retrógrado y casi primitivo. Experimentación y revolución eran parte del ideario moderno de la primera generación de grandes maestros de la arquitectura moderna: Le Corbusier, Walter Gropius o Mies van der Rohe.

En México quien se adscribe de manera más clara a ello es Juan O’Gorman especialmente con las casas que diseñó y construyó para Diego Rivera y Frida Kahlo, de una radicalidad moderna que el colorido de los edificios apenas disimula. Al paso del tiempo esa modernidad arquitectónica experimental y revolucionaria empieza a decantarse en lo que combatió tan críticamente: un canon. Y con ello la experimentación inicial se transformó en una repetición de programas, formas y procesos, que gracias a la relativa sencillez de implementarla a la que había accedido, la hizo totalmente replicable para cualquier rincón del mundo.

Para los años treinta del siglo pasado, a partir del montaje de una muestra en el Museum of Modern Art (MoMA) en 1932 que organizaron Philip Johnson y Henry-Russell Hitchcock, se presenta lo que se ha venido a llamar Estilo Internacional. Curiosamente algo que rehuían los arquitectos modernos era la delimitación de su trabajo dentro de los márgenes de un estilo pues con ello la experimentación se restringe a una serie de preceptos ya elaborados y así pierde también su filo revolucionario.

A lo anterior agréguese el trauma que representó la Segunda Guerra Mundial que finalizó con dos bombas atómicas y con el entusiasmo sobre la modernidad tecnificada como agente de cambio positivo. Algunos maestros modernos como los citados Le Corbusier y O’Gorman manifestaron su desencanto por los alcances de esa modernidad abandonando el purismo funcionalista con obras más líricas, en ocasiones más originales y menos repetibles.

Por su parte el estilo Internacional proliferó por todo el orbe más no gracias al ideario moderno original, sino por su facilidad de proyección y ensamblaje, haciendo que parcialmente las ciudades se parecieran las unas a las otras. Se propició en arquitectura de manera práctica y conceptual la adscripción constructiva de la globalidad. Por primera vez en la historia de la arquitectura, su producción era similar en toda sociedad humana.

Actualmente eso lo podemos ver como una especie de calamidad que ha ido borrando los rasgos característicos de las ciudades pero lo cierto es que en su momento -segunda mitad del siglo XX-, la modernidad aunque fuese tardía, era una aspiración en todo el mundo, especialmente en naciones cuyo desarrollo económico de alguna manera la restringía.

Los edificios de la modernidad tardía sin embargo son muchos en el mundo, tantos que sucintan en ocasiones menosprecio por su aparente simplicidad o su casi total desapego al sitio en que se ubican, pero son parte de un proceso histórico de decantación de la arquitectura, una especie de revulsivo contra los excesos de diseño. Edificios como el Consvill situado en el primer cuadro de la ciudad son parte de esa etapa constructiva que aún con su poca elocuencia formal, puede enseñar elementos atrayentes y sobre todo, ¡¡¡el espíritu de su época!!!