Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Nos creaste Señor para tí y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en tí. Agustín de Hipona, Confesiones, libro I.

“Misericordiosos como el Padre” es el inicio del coro del Himno Oficial del Año de la Misericordia decretado por S.S. Francisco, es una plegaria, es un deseo, es un propósito, es una invitación, es una exhortación. Misericordia es una palabra hermosa, pentasílaba, que inicia con una vocal débil en la primera sílaba para alternar fuertes y débiles y terminar con un rotundo diptongo que va de la más débil a la más fuerte, pero no sólo es eufónica sino que tiene un significado etimológico pleno y valioso: del latín misere (miseria, necesidad), cor, cordis (corazón) e ia (hacia los demás); significa tener un corazón solidario con aquellos que tienen necesidad. Misericordes sicut Pater entonado por el Coro del Seminario Diocesano de Santa María de Guadalupe anteayer tarde en la entrada del Seminario, resonaba en mis oídos y en mi corazón ayer, en la funeraria en que un grupo de sus excompañeros sobrevivientes de la Secundaria Uno (la Benito Juárez) despedíamos con su familia y sus amigos a Carlitos Maciel, que vivó con entusiasmo y optimismo y así se entregó al tránsito a la Casa del Padre, una casa que tiene muchas moradas según dijo el Pastor en el Devocionario, citando a San Juan, cuyo símbolo es el águila por las alturas que alcanza particularmente en el Apocalipsis.

Misericordes sicut pater, respondían a coro los sacerdotes y seminaristas que encabezados por el Sr. Obispo Diocesano Monseñor José María de la Torre Martín (Aunque es Martín no nos nombramos nada. Aclaro, en la tierra de mi mamá, Mexticacán, por preguntarte el parentesco con alguna persona inquieren: ¿tú que le nombras? ¿tío? ¿primo? ¿padrino?). Iniciaba la peregrinación simbólica hacia la puerta santa del Jubileo de la Misericordia, en el Seminario la puerta de la bellísima capilla diseñada por el arquitecto Francisco Aguayo a quien monseñor Salvador Quezada Limón confió la obra. Una bellísima conjunción de materiales, un juego de arcadas ascendentes que halan la vista y el espíritu hacia lo alto. La piedra y el cemento, piedra también pero domesticada. En el centro del gran patio central enmarcado por los cipreses que compiten con la capilla para indicar el camino, el rumbo, el ascenso. Aguayo diseñó también el templo de Nuestro Señor de los Rayos en donde marcó un hito de modernidad, bueno, el del Seminario no se queda atrás. ¡Ah! y que decir de la extraordinaria solución de la escalera central del Palacio de Gobierno, que sacó de la nada porque el segundo patio no existía y la voluntad del Ingeniero Luis Ortega Douglas, entonces gobernador, y el talento de Aguayo legaron para nuestra ciudad el maravilloso espacio de la antigua nobiliaria de los Rincón Gallardo reinventado y redimensionado. En el Seminario la solución arquitectónica en una planta de cruz latina crea un espacio de recogimiento en que los alardes del diseño no compiten con la función primordial de elevación, sin distraer, sin alardear, invitan mas que conducen, sugieren mas que indican, y para decirlo con una palabra muy de aquí, apapachan y predisponen para la conversación con El de lo Alto, que no es otra cosa la oración.

Misericordes sicut pater, marcaba el avance de la procesión y desde el ocaso las últimas llamas provocaban tenues reflejos en la Virgen de la Asunción minimalista (¿será?), colocada en la fachada de la capilla. La puerta permaneció cerrada hasta que el Sr. Obispo con la parafernalia de su dignidad repitió el acto que S.S. realizó en la Basílica de San Pedro en el día consagrado a la Inmaculada Concepción, y que el mismo hiciera luego en la Santa Iglesia Catedral Basílica. Abrió la puerta de la capilla y con ello simbólicamente en este adviento la del Jubileo del Año Santo de la Misericordia. El Papa Francisco lo había anunciado el pasado 13 de marzo en el Vaticano durante la Celebración de la Penitencia: “Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre» (cf. Lc 6, 36). Esto especialmente para los confesores: ¡mucha misericordia!”. La invitación de Monseñor de la Torre, devino de una afortunada coincidencia, o dioscidencia como prefiere decir mi amigo Antonio González Azuela, hizo que nos encontráramos por la mañana. La invitación a la ceremonia fue tan espontánea como la aceptación. El Seminario para fortuna de los católicos cuenta con muchas vocaciones y el trabajo de los rectores desde su fundación ha sido de una sólida preparación, disciplina y amor. Eso se respira. Desde los Teólogos, luego los Filósofos, después los del curso introductorio hasta los del Seminario Menor, participaron con entusiasmo y devoción. En su homilía Monseñor de la Torre citó a San Agustín en la frase que sirve de epígrafe de este Bullidero y aludió a los signos del Jubileo de la Misericordia: La peregrinación, el cruzar la puerta, las indulgencias que la disposición de S.S. ha decretado y la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales (las neuronas del catecismo adormiladas durante tantos años se pusieron en acción y desempolvaron las obras, que lo que bien se aprende jamás se olvida dice el refrán).

Misericordes sicut pater dio paso al término de la concelebración en la que participaron una docena de sacerdotes a una alabanza que removió recuerdos infantiles: Salve, Regina, mater misericordiae… iniciaron las voces del magnífico coro del Seminario y mis labios automáticamente continuaron: Vita dulcedo, et spes nostra, Salve…y me remontaron al Colegio Portugal, a la práctica de los viernes primeros, a la devoción Mariana, a la voz del “Pesetas” que era el sargento de la banda de guerra, pero que también dirigía el rosario y a la del Padre Díaz Morones, el riguroso director que consolidó al Colegio. Y luego los villancicos, en un juego de espejos que no atinaba si los recordaba porque los cantaba el Coro o lo cantaba porque los recordaba, o si estaba aquí o allá, o ahora o entonces o siempre.

¡Oh Dulcis! Virgo María…

Solo restaba dar gracias. Gracias por el Aguinaldo, Monseñor.

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