Millonarios y pobres, ¿dos caras de la misma moneda?

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

De acuerdo al XX Informe Mundial de la Riqueza, difundido por la consultora Capgemini, México cuenta con 123 mil millonarios, lo que ubica a nuestra nación en la posición 22 del ranking mundial. El reporte considera millonarios a los individuos con más de un millón de dólares en activos, sin considerar sus residencias, piezas de colección y otros bienes de consumo duradero. Algunos de ellos tienen varios miles de millones de dólares; por ejemplo, la fortuna de Carlos Slim supera los 50 mil millones de dólares.

Mientras tanto, el salario mínimo de México es el peor de América Latina, después de El Salvador y Nicaragua, señala un informe de la Red Latinoamericana de Investigaciones sobre Compañías Multinacionales y el Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas). Antes de considerar el efecto de la devaluación de 50 por ciento sufrida entre 2015 y 2016, el salario mínimo en México en 2014 era de 152 dólares al mes, la mitad de Brasil y apenas un tercio de Argentina. Contra los que creen que en México casi nadie gana el salario mínimo, el Inegi nos recuerda que el 10% de los trabajadores mexicanos perciben menos de un salario mínimo y otro 40% obtiene menos de dos salarios mínimos. De acuerdo al costo de la canasta básica, dos salarios mínimos serían apenas suficientes para superar el umbral de la pobreza (Coneval).

En días pasados resucitó un debate académico nunca resuelto entre quienes sostienen que el problema es la pobreza, no la desigualdad, y quienes afirman que lo que debe preocuparnos es la desigualdad,no la pobreza. Esta vez la primera postura la encabezó Luis Rubio, mientras que la segunda la sustentó Jesús Silva-Herzog Márquez. Al margen de la riqueza intelectual del debate, a mí en lo personal me resulta ocioso. Creo firmemente que, en particular en el caso de México, la pobreza y la desigualdad son las dos caras de una misma moneda.

La inmensa fortuna de unos cuantos se ha hecho posible gracias a la extrema pobreza de las mayorías. La riqueza de los archimillonarios mexicanos no se ha originado en la creatividad y la innovación, sino en la captura de privilegios y prebendas derivadas de la actividad gubernamental (privatizaciones, licitaciones, concesiones públicas), así como en la explotación de los consumidores atrapados en mercados monopólicos u oligopólicos (energía, bancos, farmacéuticas, alimentos, comunicaciones, telecomunicaciones). La élite político-empresarial que tiene secuestrado el proceso de toma de decisiones públicas en los tres niveles de gobierno, también se ha asegurado de que la competitividad del país siga colgada de los salarios bajos.

Recientemente Alfredo Bustos y Gerardo Leyva, investigadores del Inegi, realizaron un novedoso estudio sobre el estado de la desigualdad en México, a partir de mediciones que ajustan los resultados de la Encuesta Nacional de Ingreso Gasto de los Hogares (ENIGH) al Sistema de Cuentas Nacionales (SCN); además, con información anonimizada de millones de declaraciones de impuestos individuales, se pudo incorporar también el efecto global de la política fiscal en nuestro país, socialmente muy regresiva. Con estas tres fuentes de información, los investigadores concluyen que la brecha social resulta más grande de lo que se estimaba con los datos originales de la ENIGH:

  • El 10% de los hogares privilegiados acapara más de la mitad del ingreso nacional total.
  • Los hogares pertenecientes al 1% más alto de la escala social reciben ingresos mayores a los que recibe el conjunto de los hogares pertenecientes al 60% más bajo de la escala social. Efectivamente, los deciles I al VI (los más pobres) reciben 17.2% del ingreso nacional total, en tanto que el 1% privilegiado recibe el 17.3%.
  • Incluso al interior del 1% más alto, encontramos diferencias importantes. El 0.1% con mayor ingreso percibe 5.2% del ingreso nacional, es decir, 52 veces su tamaño relativo en el total de los hogares. Para el 0.01%, el factor crece a 146 veces; para el 0.001%, 392 veces, y para el 0.0001%, mil 22 veces, lo que refleja una importante desigualdad incluso dentro del grupo de hogares privilegiados.

La estructura de la desigualdad en México es producto de instituciones rehenes de una élite político-económica que busca reproducirse indefinidamente y ha vuelto inoperante el funcionamiento del régimen democrático en el que supuestamente nos movemos. Independientemente de la alternancia partidista, la concentración económica genera concentración del poder político, distorsionando la racionalidad y eficiencia de las decisiones tanto políticas como económicas.

La desigualdad y la pobreza no son, pues, dos desafíos divergentes. Aunque en la teoría pueden definirse cada uno por separado, en la práctica no es posible optar por políticas públicas para moderar la opulencia o para mitigar la pobreza. Pobreza y desigualdad no son más que las dos caras de una misma moneda. Todo combate real a la pobreza requiere transitar por un nuevo orden fiscal que redistribuya las fuentes de ingreso y la riqueza acumulada, así como por un Estado de derecho que impida y castigue la corrupción pública. En cualquier caso el resultado final será menos pobreza y menor desigualdad, simultáneamente.