Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

¡Haz el bien, sin mirar a quien!

Que tu mano izquierda no se entere de lo que da tu mano derecha

Nadie es tan pobre como para no poder dar.

Mi querido maestro Don Guillermo Colín Sánchez, solía decir que no conocía palabra más terrible que “desarraigado”, decirle a alguien que no tenía raíces, echarlo de sus lares, o sentirse sin raigambre en el lugar en que reside, son de las peores circunstancias que pueda experimentar un ser humano. Los antigüos pueblos nahuatlatas tenían la práctica social y religiosa de enterrar el ombligo en la entrada de su casa, con el obvio simbolismo de semejarlo a la plantación de una semilla que echará raíces creciendo en la tierra fértil de tradiciones, de consejas, de leyendas, la tierra de los antepasados. Los romanos, junto con los dioses mayores, los habitantes del Olimpo, y con los dioses más antigüos, los habitantes de los bosques y los ríos, los bucólicos, como los faunos y las ninfas, tenían dioses familiares, los manes, y los dioses del lugar en donde se residía: los dioses lares; diosecillos celosos que, en el caso de la adopción y del matrimonio tenían que ser engañados para que reconocieran como del lugar a los que no habían nacido allí. En el matrimonio, por ejemplo, el marido cargaba en brazos a la mujer para cruzar el pórtico de la casa y depositarla en el interior haciendo creer a los dioses lares que había nacido allí. No me pregunten si los dioses eran tan ingenuos para ser engañados. La mitología dice que así era y ¡basta!.

El apego a la tierra es tan fuerte, tan sólido, tan profundo, que presenciar el éxodo de quienes sufren condiciones tan terribles de pobreza, de violencia, de desesperanza, no puede menos de estrujar el corazón sabiendo que solo circunstancias extremas les obligan a tomar la determinación de arriesgar la vida en aras de lograr un mejoramiento para el emigrante y para los suyos.

En nuestra ciudad de poco tiempo a esta parte se ha vuelto más común la presencia en los cruceros de personajes característicos con atavíos inconfundibles, su cobija enrollada en la espalda, la cabeza cubierta, un paupérrimo itacate, y…como decía el poeta Enrique González Martínez: solo tres cosas tenía para su viaje el romero, los ojos abiertos a la lejanía, atento el oído y el paso ligero. Hermanos centroamericanos en tránsito hacía el espejismo del vellocino de los ¡Oh Dios! (¿odios?) vecinos del norte, que para muchos se convierte en auténtico oásis. Aguascalientes no era ruta usual de los migrantes, pero las persecuciones de los grupos delincuenciales, pandillas, bandas o carteles, que se aprovechan del estado de necesidad de los migrantes para despojarlos de sus pocos bienes, de unos cuantos dólares que habrían de servir para pagar al pollero que les ayudaría a concretar la ilusión del “sueño americano”. La ruta de la “Bestia” que se continúa por Veracruz hasta las fronteras tamaulipecas cada vez se ha vuelto más peligrosa, las mafias centroamericanas han sido controladas por los cárteles delincuenciales mexicanos, y los migrantes, pobres migrantes, han explorado nuevas rutas para llegar al Norte.

Aguascalientes ha sido utilizado más frecuentemente como sitio de paso en el tránsito para los migrantes centroamericanos. Sus condiciones son de riesgo extremo y de situación de graves carencias. No es infrecuente encontrarlos en cruceros de la ciudad pidiendo con una seña inconfundible, llevarse la mano a la boca, la ayuda para mitigar el hambre y calmar la sed. Afortunadamente hay grupos de personas más o menos organizadas que, se preocupan por propiciar ayuda para los migrantes.

Merece la pena señalar que los migrantes no son delincuentes, no son ilegales, son individuos en situación irregular. Los criterios de la Organización de las Naciones Unidas precisan que los migrantes deben ser sujetos de protección de los organismos internacionales y los de los estados miembros de la organización. Son sujetos de justicia no de caridad.

Ayer o antier, un funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores advertía que, en nuestra ciudad una gran cantidad de personas se hacían pasar por migrantes para pedir ayuda en los cruceros y recomendaba que no se les diera por ser simuladores. Independientemente de que la caridad en sentido amplio, implica no la “limosna” sino el amor y por lo tanto el reconocimiento de la dignidad del otro, y en ese sentido la ayuda se transforma en solidaridad, y que, por otra parte es una decisión personal, de quien quizás prefiera “correr el riesgo” de ayudar a alguien que pueda no ser un migrante, con tal de que alguien necesitado no se quede sin ayuda, resulta condenable los operativos que se realizan para detener a los migrantes y deportarlos a su tierra de la que, por motivos verdaderamente graves han tenido que desarraigarse. Reprobables también, porque esas “redadas” fortalecen a los explotadores, a los coyotes, a las mafias.

En Aguascalientes además de grupos de filiación religiosa y otros de la sociedad civil no organizada, funciona desde hace algunos años la Casa del Migrante, que se ha convertido en un refugio para los que cruzan por nuestro estado en que se les ve, como semejantes en desgracia transitoria pero con dignidad trascendente. Un grupo de jóvenes universitarios de la UAA se han acercado para apoyar los esfuerzos de la Casa, pero sus necesidades son muchas y crecientes. Es posible que Ud. generoso lector quisiese apoyar el trabajo de ese organismo y ayudar de manera directa a los migrantes sin distraer la posible ayuda en quienes los suplantan, de ser así la Comisión Estatal de Derechos Humanos puede ser el enlace para ponerlo en contacto con las agrupaciones que trabajan en auxilio de los migrantes. En el 1407870 puede tener la información que requiera.

Muchas regiones de nuestro país fueron, luego de la Revolución y de la Cristiada, expulsoras de “braceros”, campesinos que emigraban al Norte siempre con la idea de regresar, de hacerse de una “ronchita” y de lograr la mejoría de su familia. Su decisión partía de la necesidad económica, de la pobreza. Las migraciones centroamericanas, y, lamentablemente las de algunas regiones de nuestro país, tienen su origen en la inseguridad, en la violencia, en la injusticia. Su peregrinaje tiene una finalidad: la búsqueda de un paraíso terrenal, con oportunidades de trabajo, con posibilidades de desarrollo, con justicia y equidad, con respeto a la dignidad humana. ¿Seguirá siendo una Utopía?

bullidero.blogspot.com        bullidero@outlook.com             @jemartinj