Corría la década de los ochenta. El género de la animación estaba en un marasmo donde producciones independientes o talentosos creadores como Don Bluth (“La Ratoncita Valiente”, “Un Sueño Americano”) y Ralph Bakshi (“Fritz el Gato”, “American Pop”, “Fuego y Hielo”) marcaban la pauta a seguir mientras que los Estudios Disney se preparaban para despertar después de un letargo que significó una serie de infructuosos proyectos (algunos, rotundos fracasos tanto económicos como creativos) en el transcurso de aquellos años (“El Zorro y el Sabueso”, “El Caldero Mágico”, “Oliver y su Pandilla”, entre otros). Un género otrora socorrido por todos los estudios en Hollywood y adorado por el público en general ahora encontraba tan solo constantes revisiones en el novedoso formato de video casero conocido como VHS donde los infantes tenían oportunidad de regodearse con los clásicos animados una y otra vez, sin encontrar una voz fresca o propositiva allende a los subproductos ofrecidos por televisión. Entonces, llegó Hayao Miyazaki… Miyazaki es un veterano animador de diversas producciones tanto televisivas (“Heidi”, “Panda Kopanda”, “El Gato con Botas”) como fílmicas (“Nausicaa en el Valle del Viento”. “El Castillo de Cagliostro”), las cuales se tornaron exitosas tanto en su natal Japón como en el resto del mundo, permitiéndole financiar algunos proyectos personales hasta que en 1988 escribe y dirige su primera obra maestra: “Mi Vecino Totoro”, una cinta con tintes autobiográficos que sintetiza maravillosamente la capacidad creativa y emotiva de este cineasta que no opera bajo las reglas habituales del entretenimiento familiar, ya que, como lo planteaba en sus obras previas, el discurso narrativo no debe extraviar su núcleo vital aun si éste está circunscrito en el universo de la animación (algo que los de PIXAR han aprendido y aplicado cabalmente).
“Mi Vecino Totoro” es un festín visual y anecdótico con dos protagonistas femeninas: Satsuki, de 10 años y su pequeña hermana Mei, de 4 años (cabe destacar que a partir de este proyecto, Miyazaki trazará sus lineamientos idiolécticos mediante la forja de heroínas que surjan de situaciones comunes o reales sin transformarlas a la fuerza en féminas que pretenden emular rasgos de masculinidad, como suele suceder en la animación occidental) quienes, acompañadas de su comprensivo y amoroso padre, un profesor de universidad, llegan a una derruida casa de campo en medio de un imponente bosque donde sobresale un portentoso árbol (específicamente un alcanfor, según nos informa la figura paterna en la cinta) que semeja aquella entrada mística en “El Laberinto del Fauno” (Del Toro, España, 2006) y no por casualidad, ya que el vínculo entre la mística que sugiere el entorno natural virgen y la inherente pureza que emana de las pequeñas niñas jugará un papel esencial en la trama.
La familia tiene un punto de fractura por el lado materno, ya que la madre de las pequeñas padece una enfermedad (nunca aclarada en la película, pero se ha especulado que, al igual que la progenitora de Miyazaki durante su infancia, podría tratarse de tuberculosis) que la obliga a permanecer postrada en un hospital, situación que jamás ensombrece la existencia de los personajes ni se torna aspecto de chantaje emocional (No muy complicado ¿Verdad, “Diario de una Pasión”?). Es por ello que las experiencias cotidianas adquieren un valor esencial a partir de esta construcción: el drama provendrá de las acciones y no de las circunstancias.
Sin embargo, el entorno bucólico en el que comienzan a integrarse las niñas se verá transformado (y no alterado) ante el descubrimiento de diversas criaturas benignas que encierran el asombro ante lo nuevo pero extrañamente familiar. Primero, unas motas oscuras de polvo antropomórficas (se rumora que responden al nombre de “Cutus”) que habitan la casa desocupada y cuya presencia es momentánea, pues al parecer “buscarán un nuevo hogar si las niñas siguen sonriendo”. Después, unos pequeños seres que semejan gazapos y dedicados a la recolección de bellotas merodean cuando nadie los ve. Pero la verdadera estrella es un colosal Totoro -“troll” en japonés, derivado de un texto infantil perteneciente a Mei- que se revela como un ente benigno que forma parte integral del boscoso ecosistema y que convive calladamente con las hermanas.
Es probable que la trama en apariencia resuene a otras producciones similares. La diferencia en este caso particular es la sensibilidad con que Miyazaki permea el relato, generando una perspectiva amplia y dimensionada tanto de sus personajes como el universo que habitan, donde no reside un maniqueísmo gratuito donde el bien y el mal se ciñen a concepciones triviales que amparan adoctrinamientos morales o un blanco y negro perceptuales que invitan a los pequeños a sumarse a la mentalidad reduccionista de los industriales hollywoodenses, tan sólo situaciones que se traducen en reacciones comunes y que desembocan en toda una narrativa con cierto grado de complejidad psicológica y emocional, o sea, muy cercano a nuestras experiencias de vida. Si a esto le agregamos una plástica de la imagen que coquetea con las máximas expresiones naturalistas, una paleta cromática que remite la calidez y sencillez de las protagonistas y una honestidad narrativa y estética propia de todo autor cinematográfico, entonces tenemos una película que desafía las expectativas de los adultos al planteársele un ejercicio fílmico íntegro y maduro en su ejecución y un deleite para los infantes espectadores cuya capacidad de asombro se ve proyectada y respetada por un director que la comprende y venera. “Mi Vecino Totoro”, así como el resto de la filmografía de Miyazaki (“La Princesa Mononoke”, “Kiki, entregas a Domicilio”, “El Viaje de Chihiro”, entre otras) debe revisarse, tanto por la pureza de su discurso como por su don de recaptura en aquello que alguna vez sentimos la primera ocasión que nuestros pies tocaron la hierba fresca o nos asomamos a una ventana un día de lluvia… y aún podíamos observar a los totoros recoger sus bellotas en nuestro jardín.

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