Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Hoy en día, en cualquier mentidero medianamente respetable y actualizado, el tema de conversación es, evidentemente, el desabasto de combustibles, como en el pasado inmediato lo fueron los boletos para ver a José Tomás; la salida –¿renuncia, despedida?– del gabinete del Jefe de Gabinete; el pobre desempeño de la selección de futbol en la Copa América; la insólita decadencia de Rieleros, y tantos otros asuntillos que son la comidilla nuestra de cada día (a veces pienso que esta columna debería llamarse algo así como Pueblo chico, chisme grande; algo así)…

Entonces la plática que alimenta la convivencia y afianza los lazos, aborda las diversas facetas del asunto: si es este uno de los primeros frutos de las reformas estructurales en materia de energéticos, o al contrario: producto del monopolio; si el gobierno es incapaz de garantizar el transporte de combustibles, que no llega hasta los tanques de los automotores debido a la inseguridad y el robo de los mismos –en el sexenio pasado se hablaba de Estado fallido. Ahora ya no–; o si ya el preciso de toda precisión dijo que ya no va a haber gasolinazos… ¡Pues claro! ¡No hay! ¿Cómo va a subir?

Los parroquianos comparten sus experiencias; lo que vieron, vivieron, y/o les platicaron otros que a su vez vieron, vivieron y/o les platicaron otros que a su vez… Y así, hasta el infinito y más allá; hasta formar una cadena interminable que hace surgir, triunfante, el rumor; la opinión que se asume como verdad absoluta.

Pero este rumor; esta especulación en ocasiones fantasiosa, no surge de la nada ni es gratuita, sino todo lo contrario: la burra no era arisca; el gobierno la hizo así, y entrenados como estamos, de que cuando la autoridad dice sí, es no, y de que cuando afirma blanco resulta bien negrote, pues ya no sabemos a qué atenernos, y como la naturaleza le tiene pavor al vacío, estos vacíos de información los llenamos con rumores, que nacen, crecen y se multiplican amparados en la ausencia de información clara, contundente e inobjetable… No importa que por una vez en la vida la autoridad diga la verdad; no importa.

Pero además ahí están para sustentarlo las aglomeraciones de vehículos sedientos o víctimas del pánico. El espectáculo, por una parte, de las gasolineras que no tienen ni gota, los espacios ante las bombas ocupados con botes de basura o anuncios de alerta en muda señal de sequía, los empleados recargados contra las columnas o sentados por ahí, llenándose de telarañas que conectan las manos con la cabeza; y por la otra, los establecimientos que sí lo tienen en una o dos máquinas distribuidoras, las filas dobles y hasta triples de automotores que abarcan centenas de metros –¡la de horas hombre, mujer y quimera perdidas en esa larga espera! ¡Y nadie con un buen libro entre manos!–, las patrullas con las torretas encendidas y los agentes de tránsito organizando el tráfico de entrada y salida a los establecimientos, aparte de evitar una que otra bronca…

Además circulan por cibernéticos medios las ocurrencias con las que una parte del respetable enfrenta la crisis. Están el que anuncia: “cambio Spark con tanque lleno por casa en el Campestre”, el que se lamenta de no poder hacer la revolución porque, ¿con qué combustible elaborar las bombas molotov?, o el que informa de su intención de montarse en un portentoso Airbus 380 de Emirates y, desde Dallas, volar a Dubai para llenar el tanque…

En principio esta situación, estos amontonamientos ante los expendios, me recuerda dos cosas: en primer lugar una costumbre –costumbre perversa, irresponsable– que quizá no se haya erradicado del todo, pero que hace unos 50 años era de lo más común. Me refiero a la práctica de salir a dar la vuelta, y era justo lo que se hacía: dar la vuelta, es decir, no ir a ningún lado, y andar por todas partes quemando gasolina y matando el tiempo. Se iba a la estación a ver si ya había llegado el tren procedente de Juárez, para luego recorrer toda la Madero hasta el jardín de San Marcos, y repetir el ciclo, dos o tres veces, hasta que se llegaba la hora de cenar.

El otro recuerdo data de principios de los ochenta. Cualquier noche de esas, a las, digamos, 20 horas, o 21 horas, se establecía una cadena nacional en la que el secretario de Hacienda anunciaba la decisión gubernamental, dolorosa pero necesaria, de aumentarnos el precio de la gasolina, en una medida que surtiría efecto justo cuando las manecillas del reloj iniciaran su descenso hacia el nuevo día.

Para muchos el anuncio era una especie de ¡En sus marcas! ¿Listos? ¡Fuera! Con una muy meritoria rapidez se lanzaban en sus automotores a la gasolinera más cercana; a llenar el tanque al precio que estaba a punto de fenecer. Luego de una hora, más o menos, se retiraban felices, el vehículo con el tanque lleno, quizá sintiendo que habían engañado al gobierno, o eludido la medida. Aquello era, en verdad, patético.

En fin. De lo que no tengo recuerdo es de un acontecimiento semejante al que está ocurriendo en estos días, pero debe saber, aplaudido lector, que en el pasado –digamos hace 60 o más años– esta situación era recurrente.

Por ejemplo, fíjese: la noticia sobre un posible desabasto de gasolina más antigua que conozco data del desgraciado año de 1913. Mi villano favorito, el general Victoriano Huerta, había encabezado un golpe de Estado y luego asesinado al expresidente Madero, y la revolución constitucionalista estaba en marcha.

En su edición del siete de junio el periódico El Clarín publicó una nota con el siguiente encabezado: Hay abundancia de combustible. La declaración procedía de un alto empleado de los Ferrocarriles Nacionales de México, quien se refirió a la inutilidad de las labores desarrolladas por ciertos elementos obstruccionistas al gobierno del señor general Huerta, en el sentido de perjudicar al país interrumpiendo el tráfico de combustibles entre San Luis Potosí y Tampico. Y como quien empobrece estas labores, agregaba: creen que con esto lograrán la total o cuando menos parcial paralización del tráfico ferroviario. Se equivocan; si el petróleo no es posible transportarlo a los puntos donde de él se ha menester, por la expresada división, en cambio, aunque con algún retardo, es traído de Tampico por mar y del puerto de Veracruz a la capital y demás lugares donde es necesario.

El alto empleado, cuya identidad se omitió, huertista convencido, aceptaba que entre los propios empleados del ferrocarril había el ánimo de poner obstáculos al gobierno; pero sus intentos han fracasado hasta ahora en cuanto al petróleo, pues hay grandes existencias en Nonoalco y en otros depósitos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).