Mexicanos resignados

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Una sola encuesta hizo perder esta semana a Carlos Slim mil millones de dólares, al ubicar al republicano Donald Trump al frente de las preferencias electorales. Así de volátiles son los mercados financieros internacionales. De hecho, el avance de Trump ha provocado cuantiosas pérdidas a varios millonarios mexicanos, entre cuyas fortunas destacan la de Carlos Slim, con 52 mil millones de dólares (mdd); Alberto Bailleres con 13 mil mdd, Sara Mota con 9 mil mdd, Eva Gonga con 6 mil mdd, Lorenzo Servitje con 5 mil mdd, los Coppel con 8 mil mdd, y Ricardo Salinas Pliego con 4 mil mdd.

Más allá de la coyuntura electoral, la economía mexicana sigue frenada. El producto interno bruto (PIB) lleva casi dos décadas creciendo apenas al dos por ciento anual. Y gracias a la devaluación de 50% en el peso mexicano, se ha desplomado el producto por habitante (PPC), lo que significa un empobrecimiento generalizado del país.

Es verdad que el número de empleos sigue aumentando, pero desaparecen los trabajos mejor remunerados. Se achican las clases medias. Fatalmente los trabajadores caminan hacia la fijación de un salario equivalente a lo estrictamente necesario para sobrevivir. Aunque hoy consumimos a través de mecanismos cada vez más sofisticados como internet, en la práctica hemos regresado a la tienda de raya de hace siglos.

La tasa de desocupación nacional se ubicó en 4.1% de la PEA en septiembre, uno de los menores niveles desde 2007, de acuerdo al Inegi. También la tasa de subocupación –que se refiere a la proporción de la población con necesidad de trabajar más horas– ha pasado este año de 8.9% a 7.1%. Pero no son buenas noticias porque a cambio de esta leve mejoría, tenemos el nivel salarial más bajo de la década y uno de los peores del mundo. Es decir, los mexicanos nos hemos resignado a trabajar más y ganar menos, y a no tener prestaciones sociales, ni seguro médico, ni fondo para el retiro. La tasa de informalidad laboral ronda el 57%, una de las más altas de América Latina.

Las reformas estructurales se quedaron cortas. Cada día estamos más lejos del libre mercado y de la competencia perfecta, mientras nos aproximamos a una economía controlada por corporaciones gigantes. La promesa neoliberal de alto crecimiento derivado de la apertura de mercados y de las privatizaciones se agotó en los años noventa. Una vez que se derrumbó el precio del petróleo, y en general de las materias primas, los países subdesarrollados como México hemos debido reconocer que sólo nos resta la mano de obra barata para competir en los mercados globales.

Quiero tomar tres ejemplos de lo que nos espera en el futuro cercano: banca, alimentos y comunicaciones.

Primer ejemplo, la banca mexicana. Se supone que atraviesa por el mejor momento de su historia. Sus utilidades están en niveles récord: superan los 100 mil millones de pesos anuales. Sin embargo, lo cierto es que los mexicanos que piden prestado se ven obligados a pagar los intereses y comisiones más altas del mundo. Y los mexicanos que pueden ahorrar tienen que pagar por ahorrar: la Ganancia Anual Total (GAT) para los cuentahabientes mexicanos es negativa. Estamos sujetos a un típico mercado oligopólico controlado por cuatro bancos, tres de los cuales son extranjeros.

Segundo ejemplo, Bayer. La compañía alemana acaba de convertirse en el proveedor mundial más grande alimentos y medicamentos. Compró en 66 mil millones de dólares la firma estadounidense de semillas Monsanto. Bayer, fundada en 1863, convirtió la aspirina en el analgésico más famoso del mundo desde fines del siglo pasado. Con el acuerdo reciente la compañía alemana tendrá acceso a más de 2 mil variedades de semillas para cultivos como el maíz, la soya y el trigo, fundamentales para la alimentación de la humanidad. Monsanto, fundada en 1901, ha sido pionera en la producción de transgénicos considerados dañinos a la ecología, así como de sustancias tóxicas como bifenilospoliclorados, y el herbicida Agent Orange, utilizado por el ejército estadounidense como defoliante en Vietnam.

Tercer ejemplo, las comunicaciones. El capital se sigue concentrando a pesar de la irrupción de compañías de alta tecnología como AT&T, la empresa de telecomunicaciones más poderosa del mundo, que acaba de anunciar que comprará Time-Warner con una inversión conjunta de 85 mil millones de dólares, creando un monstruo integrado vertical y horizontalmente con telefonía celular, datos, servicios satelitales y televisión, así como la cadena de noticias CNN, libros, revistas y contenidos.

Independientemente del desenlace electoral en Estados Unidos, debemos reconocer que hay un desencanto con los raquíticos resultados del neoliberalismo por la ausencia de competencia real. Después de décadas de restricción presupuestal y castigo de salarios, México y Estados Unidos deberían demostrar que son economías complementarias que se benefician conjuntamente del aumento en su productividad. Para producir un auto, sus insumos atraviesan la frontera de ida y vuelta en múltiples ocasiones aprovechando en cada caso las ventajas competitivas de cada país.

Pronto sabremos si hemos tenido éxito en transmitir el mensaje de que México es un socio, no un rival, que facilita la prosperidad de la región.