Mexicanos pagan intereses y comisiones bancarias estratosféricas

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Cada mes los clientes mexicanos pagan a las instituciones financieras más de 10 mil millones de pesos por concepto de comisiones, prácticamente el doble que hace diez años, cifra récord en el mundo. De acuerdo a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), los bancos se las han ingeniado para diseñar e implementar más de 18 mil tipos de comisiones, a pesar de la Reforma Financiera. El 40 por ciento del monto por comisiones corresponde a tarjetas de crédito, sumando lo que pagan tanto los tarjetahabientes como los negocios afiliados.

Las utilidades que obtiene la banca por más de 120 mil millones de pesos anuales, provienen de las comisiones, y no sólo del diferencial entre sus tasas de interés activas y pasivas. Aunque operan 46 instituciones financieras en el país, el mercado está controlado por cuatro bancos que acaparan más del 75 por ciento de las operaciones. Sólo en el primer trimestre de 2016, las utilidades de Banamex subieron 19 por ciento respecto al año anterior; las de Banorte, 15 por ciento, 10 por ciento las de Santander, y 17 por ciento las de BBVA Bancomer.

En el caso del grupo español BBVA Bancomer, su director general Eduardo Osuna, presumió hace poco que sus utilidades han aumentado 21 veces en sólo 15 años, y que la filial de México contribuye con la mitad de los ingresos totales de su casa matriz. Sin embargo, las autoridades del SAT todavía nos deben una explicación de si este banco ya regularizó su situación fiscal de los años 2004, 2005 y 2006 cuando, a través de una doble contabilidad, argumentó que no había obtenido utilidades en nuestro país; no sólo defraudó al fisco sino también evadió el pago de cientos de millones de pesos a sus trabajadores por concepto de reparto de utilidades.

La CNBV también ha señalado que las instituciones financieras manejan un abanico con más de 6 mil tasas de interés, creando confusión entre los clientes. Las tasas varían entre un 4 y un 100 por ciento dependiendo de la “calidad crediticia” de los usuarios de la banca. Por ejemplo, los clientes pequeños pagan casi el 100 por ciento en sus adeudos de tarjetas de crédito, un 90 por ciento en sus créditos de nómina y personales, un 60 por ciento en créditos empresariales, un 50 por ciento en los hipotecarios, y alrededor de un 18 por ciento como tasa variable en el crédito automotriz. Sin duda todos los clientes que aceptaron créditos con tasa variable padecerán los movimientos alcistas como el que recientemente estableció el Banco de México en su empeño por controlar la inestabilidad del tipo de cambio.

En cuanto al crédito empresarial de las instituciones financieras, el 75 por ciento está integrado por préstamos a las grandes empresas, y sólo un 25 por ciento a las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes). Aunque éstas representan el 99 por ciento del total nacional de las unidades de negocios, tienen escaso acceso al financiamiento; según el reporte del Banco de México, en el primer trimestre de 2016 el 80 por ciento de las mipymes no se acercaron a un banco: la mitad por temor a la incertidumbre del entorno económico, y la otra mitad por no poder enfrentar las altas de interés que imponen los bancos.

En el primer trimestre de 2016 hubo casi dos millones de reclamaciones de usuarios de la banca, 47 por ciento más que el año pasado, y casi 70 por ciento de estas reclamaciones están referidas a tarjetas de crédito y débito, señala la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef). Por cierto, llama la atención que la Condusef apenas haya impuesto multas por 17.5 millones de pesos.

El exceso de comisiones y tasas de interés, así como el maltrato al cliente, explican por qué México no ha logrado avanzar en el gran propósito de elevar la inclusión financiera. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF 2015) nos revela que en los últimos tres años al menos 11 millones de mexicanos abandonaron el sistema financiero formal, más o menos la misma cantidad que se había sumado. Así que sigue siendo verdadero el dato de que al menos 15 millones de mexicanos adultos ahorran a través de una tanda, y 30 millones guardan su dinerito debajo del colchón. Y cuando padecen un apuro acuden a los agiotistas informales o “casas de préstamo/empeño” que pululan en las colonias marginadas de nuestras urbes.

Volviendo a los grandes banqueros y a los grandes empresarios, es interesante atestiguar la diferencia de posiciones. Mientras que Luis Robles, presidente de la Asociación de Bancos de México (ABM) presume que la penetración de préstamos a empresas se duplicó en diez años y que “crédito hay de sobra, lo que falta es el interés de los empresarios para pedirlo”, del otro lado de la mesa muchos líderes empresariales, como Juan Pablo Castañón, del Consejo Coordinador empresarial (CCE), se quejan del exceso de comisiones y tasas de interés: “Se necesitan tasas de interés más competitivas, sobre todo para que las pymes puedan acceder a sus servicios”. Asimismo, Enrique Guillén, presidente de la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra), advierte que “el costo del financiamiento en el país es uno de los peores enemigos del sector productivo”, y agrega: “abrir la llave del crédito a las pymes debe ser el objetivo estratégico, porque con ello detonaremos el crecimiento económico, la inversión y la generación de empleos”.

Necesitamos una banca fuerte, es cierto, pero mucho más comprometida con México y los mexicanos, especialmente con los que necesitan sacar adelante sus pequeños negocios, y con las clases medias y bajas que requieren hacerse de un patrimonio familiar. De otra forma, de nada nos sirven los banqueros enriqueciéndose a costa de nuestro pueblo.

 

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