Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-viva¡Qué contradictorio! Durante semanas hemos sostenido que la economía mexicana no agarra vuelo porque sólo trabaja uno de sus dos motores: el externo; la debilidad del mercado doméstico ha sido un freno estructural que impide que las reformas estratégicas desplieguen todo su potencial. Pero hoy debemos reconocer que hay un cierto sector del mercado interno que sí funciona y funciona muy bien: la producción y venta de bienes y servicios de lujo.

En 2014 el valor de mercado de productos de lujo y estilo de vida en México se convirtió en el más importante de América Latina: creció 11 por ciento, y en 2015 se espera un ocho por ciento para alcanzar los 14 mil millones de dólares, sobrepasando a Brasil que se quedó en 12 mil millones dólares.

El gasto de los consumidores mexicanos en productos como relojes, cosméticos, ropa, accesorios y hasta autos de lujo se mantendrá alto, a pesar de la depreciación del peso, del sobreprecio de la gasolina y de la mayor tributación.

Aunque hay algunas empresas nacionales que tienen el potencial de incursionar en el mercado de lujo y hasta ganar clientes internacionales, la realidad es que éste es un mercado controlado prácticamente en su totalidad por marcas globales que gastan millones en asociar sus productos a un estilo de vida aspiracional.

Se estima que este año llegarán a México todavía más marcas debido a la concentración del ingreso de la clase alta (que representa un 2% de las familias mexicanas), además de un cierto crecimiento del porcentaje calificado de clase media que, según cifras del INEGI, subió cuatro puntos en diez años, al pasar de 35% en 2000 a 39% en 2010.

A nivel internacional, sorprende que el mercado del mundo más grande para los artículos de lujo ya no sea Estados Unidos ni la eurozona, sino China. Este dato es congruente con el rápido crecimiento en el poder de compra de su población ocurrido recientemente.

Volviendo a México, creo que lastima tanto la desigualdad como la pobreza, fenómenos ambos que se reflejan de manera ostensible en la industria automotriz.

Somos uno de los países más desiguales del mundo. Por lo menos 20 mexicanos están colocados entre los 200 hombres más ricos del planeta, al tiempo que casi el 60% de la población está catalogada como pobre (43% no alcanza ni para adquirir la canasta alimentaria básica con el salario conjunto de los miembros de la familia que trabajan).

Las ventas de autos de lujo crecen a tasas anuales de dos dígitos. En parte por eso llegó la Audi a Puebla (asociada a VW), la Mercedes Benz a Aguascalientes (asociada a Nissan), mientras que la BMW ni siquiera necesitó socios para asentarse en San Luis Potosí… Sin embargo, el mercado interno de vehículos populares y transportes de carga sigue frenado: no se ha repetido el nivel de ventas domésticas alcanzado en 2006, cuando se registró una cifra récord de un millón 139 mil vehículos.

Para que México se convierta en el quinto productor global de autos con 5 millones de unidades en 2020, los inversionistas extranjeros confían en las exportaciones crecientes, pero también tienen en mente el potencial que guarda el mercado nacional; calculan que en México se debería vender la cifra mítica de dos millones de unidades al año, ya que en Brasil se comercializan cuatro millones.

A fin de lograrlo han lanzado una ola de reflexiones que pretenden conducir al gobierno a retomar viejas prácticas proteccionistas, y en lugar de atender y atacar de raíz el problema de la debilidad del mercado interno, las empresas del sector automotriz solicitan al gobierno mexicano dos medidas que causan enorme controversia.

Por un lado, demandan reducir drásticamente la importación de autos usados provenientes principalmente de Estados Unidos mediante triquiñuelas procedimentales que violarían la letra y el espíritu del Tratado de Libre Comercio. Se calcula que cada año ingresan alrededor de medio millón de vehículos denominados peyorativamente “chocolate”.

Por otro lado, piden implementar una política pública amplia de “chatarrización”, ya que consideran insuficientes los esfuerzos realizados. Es decir, solicitan la canalización de mayores recursos públicos para subsidiar el recambio y renovación de la enorme cantidad de vehículos viejos que recorren nuestras vialidades.

Ambas medidas podrían, tal vez, funcionar temporalmente como palancas para detonar las ventas de vehículos populares, pero no resolverían de fondo el reto de crear y fortalecer genuinamente al mercado nacional.

Sabemos que alcanzar un crecimiento económico incluyente y sostenible pasa por el fortalecimiento estructural del poder de compra de los mexicanos, lo que a su vez requiere de empleos suficientes, formales, productivos y bien remunerados para todos. Por eso, las políticas públicas de promoción industrial tienen que ser integrales, y los empresarios mexicanos –sobre todo los micro y pequeños– deben mejorar sus capacidades de planeación, innovación y creación de valor agregado en bienes y servicios de alta calidad.