Por Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hace pocos años publiqué esta columneja como “cuelga” por su cumpleaños, hoy con la tristeza de la pérdida, la recupero como homenaje para un hombre excepcional, el Profr. J. Refugio Esparza Reyes.

Querido Maestro:

Muy urgente y todo, pero este mensaje llegará a Ud. un día después de su cumpleaños, la programación del periódico y la desorganización del escribidor hacen que esta columneja se publique los miércoles, a veces los jueves y a veces ni se publica.

Me preguntaba al iniciar estas deshilvanadas líneas cuántos años cumpliría Ud., se que anda rondando los noventa pero se también que un guarismo más o menos no significan nada para una vida que se ha caracterizado por el trabajo constante, productivo, dedicado, empeñoso y exhaustivo por decir algo, de tal suerte que Ud. ha hecho del quehacer su ser, actualizando en su vida aquel proverbio de los monasterios budistas: “día sin trabajo, día sin pan” y no le ha faltado a Ud. y a su familia ni el trabajo ni el pan, ¡ah! Y por supuesto tampoco el PRI, al que ha entregado también su pasión, pasión que se formó en una de las más bellas y a la larga mas incomprendidas herencias de una Revolución cada vez mas ajena, para mal, a la vida pública de México: la Normal Rural.

Ochenta y tantos, noventa o noventa y tantos no significan nada para personas como usted, que por derecho y esfuerzo propio son intemporales. Ya se que algún achaque le ha venido con los años, pero como decían en el pueblo “en casa vieja no faltan goteras”. Las luchas dejan heridas y las heridas cicatrices y su vida ha sido una constante lucha, y vale aclarar, no enfrentamiento. Lucha para superar las limitaciones, sólo materiales, de una familia campesina de una ranchería “Mexiquito” que ya no existe físicamente pero que puede ser metáfora de cualquier ranchería de la altiplanicie, en que el campesino trabaja de sol a sol para arrancar el fruto magro de una tierra cansada y de un cielo huraño.

Lucha para luego de que con muchas limitaciones pero mucho más entusiasmo terminase la educación básica y la secundaria, lograra ingresar a la normal rural. Una de las pocas, poquísimas opciones de movilidad social que la post-revolución ofrecía. Ud. me ha platicado y lo conservo como un tesoro anécdotas de sus maestros, de sus compañeros, de la camaradería rayana en el heroísmo en alguna que otra aventura escolar que había de templarlo para la vida futura. No quiero ponerlo por escrito por no faltar a la discreción pero sobre todo por no poder transcribirlo con la sencillez, la emoción y el vigor de quien las vivió.

En la Normal Rural acabó de forjarse el carácter estoico, la constancia a veces rayana en tozudez, el espíritu de sacrificio, la entrega sin medida al servicio de los semejantes, todo aquello que caracterizó a los maestros rurales y a aquella otra figura asemejada a la caballería andante que eran las misiones culturales. La vocación de servicio del maestro la puso Ud. al servicio de la política y donde quiera que fue dejó constancia de su paso, señaló rutas, fijó metas y dejó un ejemplo a seguir y un paradigma a imitar.

Para nadie es un secreto, menos para Ud., que su llegada al gobierno de Aguascalientes, se debió a la voluntad, así era la política, del presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, que como “fiel de la balanza” sopesó las circunstancias políticas de la entidad y que había seguido de cerca su trayectoria, desde aquella intervención suya en aquella normal jalisciense en que coincidieron Don Luis como enviado del Secretario de Educación y Ud. como enviado del SNTE, y que sirvió para destrabar un conflicto que se arranciaba.

Aguascalientes, no ha tenido como Puebla, o San Luis o Morelia, una aristocracia, pero más de alguno miró con escepticismo su llegada al gobierno. Su sencillez que para algunos era simpleza, su desenfado que para otros era desaliño, su interés por los problemas populares que no faltó quien tachara de populismo, su fe en la juventud que la mayoría tildó de candidez, su honradez acrisolada que los “vivos” tachaban de falta de habilidad o malicia, parecían al arranque de su gobierno obstáculos muy difíciles de remontar. Ah, y por supuesto no faltaban las bromas como aquel epigrama de Pepe Pérez Landín que decía más o menos: “Con tanta pinche comparsa/ y tanto cabrón retoño/ el que fuera Cuco Esparza/ se convirtió en Padre Toño/ Pues cambió su estilo tierno/ por infantiles cariños/ y el Palacio de Gobierno/ en la Ciudad de los Niños”.

El pasado domingo, cuando nos encontramos en el restaurante del centro a la hora del desayuno, y que “desairé” su invitación porque no quise hacer mal tercio con doña Jesusita y Rubén, al despedirnos se acercaron Alfredo Reyes y Armando Vázquez a saludarlo. Como siempre Ud. se dio el tiempo, no obstante que Rubén lo apremiaba por su compromiso en Villa Juárez, para platicar dos que tres anécdotas, Alfredo escuchaba atento y Armando me dijo “Grábate esta escena no se ven muy seguido” Doña Jesusita lo escuchaba con un arrobo como si fuera la primera vez que lo escuchara, casi, como si se le estuviera declarando. Aunque las anécdotas las ha oído una que otra vez, David con una paciencia a toda prueba disfrutaba satisfecho la admiración y el cariño que su padre recoge a cada paso. El “Mosco” con genuino respeto escuchaba a una “institución” de la oposición y nosotros, Armando y yo, disecábamos el momento para platicarles alguna vez a nuestros nietos que conocimos al Profe “Cuco”.

Por allí salió a relucir cuando el Lic. Otto Granados le nombró representante del Gobierno en la ciudad de México. Faltaré a la discreción pero tómelo, Profesor como una “cuelga”, no me lo puedo callar. El día de la toma de posesión del Lic. Granados Ud. me dijo en el Hotel Andrea Alameda que si sabía de alguien que pudiera interesarle comprar su casa se lo hiciera saber. Le pregunté: ¿Por qué quiere vender su casa Maestro?, – No la quiero vender, necesito venderla – me respondió – traigo una enfermedad que requiere tratamiento largo y costoso y es lo único que tengo de que echar mano, para eso son los bienes, para remediar los males, pero guardé discreción-. No la guardé entonces ni la guardo ahora, vivía, quien lo iba a decir prácticamente al día, con una exigua pensión. Se que cuando el Lic. Granados tuvo conocimiento de la situación le ofreció el trabajo y se también que Ud. Maestro, todavía se puso sus moños y condicionó su aceptación a que lo acompañase Armando Romero. Y así fue.

Maestro, perdone la indiscreción, estas cosas, deben saberse, no para satisfacción ni vanagloria personales, Ud. y su gente, están más allá de ello, sino para que las nuevas generaciones sepan que hay personas que hacen de su vida un ministerio, que el esfuerzo, la pasión, el trabajo, la congruencia también rinden buenos dividendos: Una frente en alto y la satisfacción de la tarea cumplida.

Descanse en paz quien nunca descansó en vida!

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