“Usted también va por lo de Rulfo, ¿verdad?”, increpa Pedro Salazar, “El Güero”, taxista que acompaña la travesía que lleva a un viajero del Centro de Colima a Comala, a unos 10 minutos de distancia en auto.
El libro bajo el brazo hace obvia la respuesta.
“Claro. Aunque mi padre no vive acá; de hecho, ya no vive”, contesta.
A diferencia de Abundio, el arriero que transportó al protagonista de Pedro Páramo, el conductor no es sordo y palabras no le faltan para hablar de Comala, conocido como el Pueblo Blanco de América por su parecido con las villas españolas, a las que el sol vivo convierte en espejismos.
“Dicen que el libro está bueno, pero nunca lo he leído. Lo que sí puedo decirle es que Comala se vive, se come. Y luego, ya no se sale de allí”, sentencia.
Abrir la puerta del taxi es convencerse de que tiene razón: el aroma del pan recién hecho, el repique de las campanas y el ruido de las palomas que alzan el vuelo es suficiente para abrir dos veces los ojos.
Coronada por una imagen de San Miguel Arcángel, la iglesia de Comala da la bienvenida. Edificada en el siglo 19, su belleza está en las imágenes salvadas por los habitantes del pueblo durante la Cristiada.
Las calles son rectas hasta donde se pierde la vista y encandilan al viajero debido a la luz multiplicada por sus fachadas níveas. No es raro encontrarse con ancianos que dan los buenos días y siguen su camino, como si estuvieran en otro tiempo y espacio.
Los gritos de niños que juegan y el pasar de algunos animales interrumpen el silencio. Más allá, sólo hay techos rojos de teja.
“Vino en un tiempo triste, pero véngase en diciembre: verá que todos vuelven”, cuenta el joven Abraham Hernández.
Por los sonidos que se quedaron grabados en la memoria de las paredes, seguro tiene razón.

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