Luis Muñoz Fernández

A los médicos en su día.

 

No pretendo magnificar mi ejercicio profesional y mucho menos mi persona, hablando de la comprensión que los médicos debemos de tener por los pobres, recurriendo a la moral y a conceptos filosóficos como esencia espiritual permanente. Lo hago porque es algo que aprendí en el libro abierto a la vida y a la muerte después de dejar las aulas y encontrarme con el universo social tan desigual en que vivimos.

                       

Octavio Godoy Godoy. La vida nostalgia de la muerte. Médico especialista en pobres, 2004.

Lo hemos comentado en más de una ocasión. Somos médicos con más de veinte años de ejercicio en el servicio público y privado. A pesar del tiempo transcurrido, hemos logrado conservar sin graves menoscabos los ideales de la juventud. Estudiamos la carrera de medicina en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Tras los años de internado y servicio social, pasamos varios años en la ciudad de México. Allí nos convertimos en médicos especialistas.

A pesar de los años transcurridos, hemos conservado la ilusión de contribuir a que la enseñanza y la práctica de la medicina sean cada vez mejores en este Aguascalientes que es nuestro hogar. Somos conscientes de que eso implica un esfuerzo colectivo de largo aliento dentro de la sanidad pública y que, hasta el momento, sólo hemos logrado algunos avances muy modestos en el ámbito inmediato y reducido de nuestra influencia. Pero todavía no nos hemos dado por vencidos.

Cargamos con el sambenito de ser médicos del sector público. Ese rasgo se gana con años de apego a ciertas ideas y acciones. No basta con pasar algún tiempo trabajando en uno de los hospitales de ese sector. Muchos lo hacen por un lapso variable, generalmente al inicio de su carrera, con el fin de darse a conocer y hacerse de un espacio dentro del gremio. Otros lo hacen hacia el final, a modo de distracción, aportación de la experiencia acumulada o como terapia ocupacional.

Para llevar ese estigma es necesario señalarse, trabajar en un hospital público varias décadas y defender abiertamente y con convicción el valor de la medicina pública. Hoy que vivimos bajo el imperio indiscutido del “poseer antes del ser”, persistir en esa línea nos deja marcados para siempre.

Por eso nosotros, y algunos pocos más que trabajan todavía con entusiasmo en hospitales como el nuestro, ya no tenemos remedio. Han sido muchos años de estar en lo mismo, sin dejar el trabajo oficial para acceder a la cumbre. Ese pecado original no se borra ni volviendo a recibir el sacramento del bautismo.

Para nosotros no hay contradicción entre la práctica pública y privada de la medicina –recordemos que llevamos muchos años ejerciendo las dos– y tampoco creemos que deba haber diferencias significativas en la entrega y esmero que se le dedica a cada una. Para nosotros, los pacientes, sean públicos o privados, merecen la misma dedicación y cuidado. La única diferencia es el nivel socioeconómico de los pacientes.

Si nos apuran, diríamos que los pacientes del hospital público, por ser en su mayoría pobres de solemnidad y víctimas de injusticias seculares que también padecerán sus descendientes, deben ser tratados con especial delicadeza. Hasta con alacridad (alegría y presteza del ánimo para hacer algo), como diría el doctor Gerónimo Aguayo Leytte que comparte con nosotros estas ideas.

No creemos que el ejercicio de la medicina pública sea superior al de la medicina privada ni viceversa. Cada uno atiende las necesidades médicas de diferentes clases sociales, aunque no se puede negar la existencia de algunos hechos diferenciales. Es evidente que la práctica de la medicina privada ofrece un mayor rendimiento económico para el médico. Por otro lado, la medicina pública, cuando se lleva a cabo en hospitales-escuela bien equipados, permite una práctica más integral de la profesión, lo que incluye la enseñanza, la asistencia, la investigación y el manejo multidisciplinario de los padecimientos. Desde luego que en ambos casos hay numerosas excepciones.

En nuestro medio se tiende a subestimar tanto el valor del médico que ejerce su profesión en los hospitales públicos, como la importancia de la sanidad pública. Ese menosprecio se percibe en diferentes sectores, aun dentro del propio gremio. Lo que resulta sorprendente es que puede observarse incluso dentro del Sector Salud. Ejemplos de esto último no son difíciles de encontrar.

Uno de ellos es la saturación y obsolescencia de nuestros hospitales públicos, que impiden atender satisfactoriamente y con apego a los estándares actuales la demanda de sus servicios. Otro son los bajos sueldos del personal y otro más la ausencia de estímulos para su superación humana y profesional. La administración de este delicado sector, concebida solamente como un mecanismo de control y ejercida primordialmente con la víscera política, desmotiva profundamente a quienes trabajan en él. Esta falta de motivación empeora la ya deficiente atención que se brinda.

No puede ignorarse que en algunos casos, tal vez en más de los que estaríamos dispuestos a admitir, el poco prestigio de los médicos del sector público se debe a ellos mismos. La masificación de la atención con la consiguiente sobrecarga de trabajo, los escasos estímulos profesionales, las deficiencias en instalaciones y equipos, la poca reflexión sobre el propio quehacer cotidiano, la indefensión ante las demandas y la perniciosa cultura laboral mexicana que contamina casi todas las actividades productivas (“hago como que trabajo porque hacen como que me pagan”), explican, aunque no justifican, la existencia de personal ineficiente que simula cumplir con sus obligaciones.

Necesitamos hacer del ejercicio de la medicina pública una labor prestigiosa y atractiva. Un trabajo bien remunerado al que se acceda solamente a través de méritos académicos y laborales demostrados y tras una selección rigurosa. Lograrlo depende de un gran esfuerzo a varios niveles, tanto individuales como colectivos, incluyendo la voluntad, el diseño y puesta en práctica de un plan rector por quienes tienen la responsabilidad de conducir el Sector Salud.

Involucra también a las universidades, en donde se forman los recursos humanos para la salud: investigadores, médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, etc., cuyos planes de estudio, además de contener los temas obligados, deben corresponder a las necesidades reales de la población y estar sujetos sin trabas a los ajustes necesarios mediante una retroalimentación dinámica proveniente del sector público y privado, donde realizan prácticas los alumnos y prestan sus servicios profesionales los egresados de las diferentes escuelas y facultades universitarias.

Todo ello implica una transformación radical de la situación actual para dar un giro copernicano hacia el fortalecimiento de la sanidad pública. Es una tarea ingente cuyas metas parecen inalcanzables, especialmente porque la tendencia que observamos ahora mismo va justo en la dirección contraria: la sanidad pública se está debilitando con celeridad creciente y sus servicios se transfieren –se subrogan, en el argot oficial– a médicos y hospitales del sector privado. No se trata solamente de un fenómeno local. Ocurre en otras entidades federativas e incluso en varios países del mundo. Se trata de un proceso difícilmente reversible, impulsado por intereses muy poderosos.

Como médicos que después de tantos años seguimos apostando por la sanidad pública, nos sentimos parte de una especie amenazada. Estamos convencidos de que nuestro trabajo es la una de las más nobles expresiones de esa justicia social que tanto demandan nuestros conciudadanos. Sin embargo, de continuar esta tendencia de creciente deterioro, pronto formaremos parte de las clases profesionales extintas. Mientras, se nos sigue viendo como médicos de segunda.

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