COLUMNA CORTEDe cómo un artista acrisola al mismo arte

Es fácil suponer que Woody Allen, próximo a cumplir 80 años, se encuentra en punto de absoluta reflexión y comprensión sobre el proceso creativo. Siendo uno de los cineastas más prolíficos, influyentes e insondables brotado de la Norteamérica radical de los sesenta, su contemplación sobre la mutación gramatical y discursiva en el cine ha comenzado a filtrarse en sus más recientes cintas (“Match Point: La Provocación”, “Conocerás al Hombre de tus Sueños”, “Así Pasa Cuando Sucede” o “Jazmín Azul”), pero ahora alcanza un cierto cenit con “Medianoche en París”, gozoso revolcamiento de las ideas tomadas del éter con la ejecución de un arte, esta última expresión homenajeada y reverenciada perpetuamente en su filmografía pero ahora bajo un reflector que emana una luz nostálgica y agridulce que penetra nuestros sentidos reafirmando que a Allen aún no se le puede dar por sentado.
Gil (Owen Wilson desarrollando una interpretación sólida y comprometida por vez primera en su desangelada carrera) es un guionista anodino que se encuentra en París junto a su prometida Inez (Rachel McAdams) y los padres de ésta. Sus genuinas aspiraciones residen en la hechura de una novela digna de la Generación Perdida, tarea infructuosa debido a sus carencias literarias y constantes distracciones centradas en la bohemia clásica que le inspira la capital francesa. Dicha conexión con la atmósfera artística lo llevará a un desplazamiento temporal al París de la década de los 20’s, donde conocerá a la gran camada de creadores literarios y plásticos esenciales en el desarrollo del pensamiento y la vanguardia del Siglo XX, desde Cole Porter (Yves Heck) hasta Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), pasando por Dalí (Adrien Brody), F. Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston) y Gertrude Stein (Kathy Bates), todos dispuestos a escuchar y ser escuchados por este imberbe norteamericano en una ordalía de referencias cultas que insuflan vida a lo que Hemingway (otro participante del guiso cultural de Allen) describió en su “París Era Una Fiesta”, con la misma algarabía y deleite por el saber. Por si fuera poco, Gil conoce a Adriane (Marion Cotillard), ex amante de Modigliani que sostiene una relación con el volcánico Picasso pero que, si algunas cosas entran en el terreno de la fantasía pura de facto en la exuberante fantasía de Allen, bien podría ser la mujer de sus sueños.
La cinta ejerce un derecho antidiegético de narración convencionalizada y centra varios de sus puntos argumentales en los idiolectos de cada personaje, enriqueciendo lo que en otras manos sería un museo de cera viviente para tejer una historia fluida y rica en sus contextualizaciones, amén de diálogos vigorosos propios de las figuras representadas (Hemingway: “Hacer el amor con una gran mujer, una que merezca todo el respeto del mundo y que te haga sentir poderoso, hace que el miedo a la muerte desaparezca…”) y momentos de exquisito humor apto para cinéfilos recalcitrantes (Una secuencia muestra a Gil exponiendo ante Luis Buñuel (Adrien de Van) la idea de un grupo de burgueses varados como náufragos en el vestíbulo de una mansión -“El Ángel Exterminador” para mayor precisión- pero obteniendo como respuesta del iconoclasta español un tajante “No entiendo”. Punzante y jocoso). Una cinta magnífica que celebra lo que a todo cinéfilo debería interesar: el arte, su génesis e inmediata liberación de la conciencia, amén de una palma en la boca de aquellos que insisten en la desgastada idea de que Woody insiste en autofagocitarse. Este es uno de los filmes más frescos en años.
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