José Luis Gómez Serrano
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En una de las regiones pobres de África, hacia el sur, está la república de Zimbabwe. Tiene un área de 390,000km2, una población de 13 millones, y su PIB per cápita son US$1,031. Para comparación, México tiene unos de 2 millones de km2, somos aproximadamente 115 millones y nuestro PIB per cápita asciende a US$18,370. Este dato es un indicativo de la riqueza o pobreza del país: se divide el PIB (Producto Interno Bruto = suma de los bienes y servicios producidos en un año) entre el número de habitantes; de acuerdo a ese dato, Zimbabwe es unas 18 veces más pobre que México. Vive de la agricultura y del turismo que puede captar por el hechizo que ofrece África para las mentes aventureras desde hace varios siglos.

Zimbabwe tiene un parque nacional, llamado Hwange, donde la atracción principal es un león de melena negra que se llama Cecil, que se pasea en medio de las praderas y está acostumbrado a encontrarse con turistas que visitan el parque, precisamente para verlo de cerca, tomar fotografías y filmarlo desde la seguridad de sus camionetas[1]. Cecil pasa en medio de los vehículos, ha perdido el miedo a los humanos; aquellos que tienen curiosidad por ver a un león en su hábitat natural y suficiente dinero, pueden organizar un safari a Zimbabwe y las autoridades les facilitarán la visita.

Pero todo esto ya no podrá ser, gracias a un dentista de Minesotta llamado Walter Palmer, quien es aficionado a la cacería con arco y flecha. Se trata de un experto en la materia, existen fotografías de él posando frente a su caza recién capturada, un león en la foto que está en el artículo de The Guardian que menciono. Recientemente viajó a Zimbabwe, contrató a locales expertos en rastreo, pagó o sobornó lo que tenía que dar (la noticia son US$50,000) por el permiso y se fueron a buscar a Cecil. Para encontrarlo y atraerlo, amarraron un animal muerto a su camioneta, anduvieron vagando por los lugares adecuados, se apareció Cecil y el Dr. Walter Palmer demostró sus habilidades, flechándolo e hiriéndolo. Cecil no murió en el acto, era un león fuerte de trece años y trató de huir, aunque herido. Las flechas pudieron más que su voluntad y los cazadores lo vinieron a encontrar, muerto, cuarenta horas después.

En Zimbabwe se supo la noticia de que el parque había perdido su atractivo principal y hay actualmente furor contra el Dr. Palmer y los que lo ayudaron; estos últimos ya se encuentran acusados de caza ilegal, de pagar sobornos y enfrentarán proceso. El Dr. Palmer está lejos, en Minnesota, pero en este año las noticias vuelan por todo el mundo y los norteamericanos ya están enterados de la hazaña del doctor. La muestra más suave de la reprobación que ha causado son los leones y animales de peluche que deja la gente a las puertas de su consultorio; el doctor ha tenido que cancelar sus citas, hay personalidades en EEUU que buscan la manera de fincarle cargos y el porvenir para el doctor ya no es tan claro como parecía cuando le tomaron esa otra foto, sonriendo y abrazando un amigo, ante el cadáver de un león que han cazado.

Los tigres, leones, leopardos, pumas y otros felinos salvajes son especies cuya existencia está amenazada por el hombre. Parte de la amenaza viene de que hemos destruido su hábitat natural para convertirlo en ciudades, carreteras, granjas, parques o simplemente hemos quemado o contaminado sus bosques y sus praderas; podrá decirse, en nuestra descarga, que “necesitábamos” aquel hábitat. Pero hay otro aspecto de destrucción de la vida, y es cuando se hace por placer, como el caso del Dr. Palmer y el de cualquier cazador que va y mata un venado o un tigre, no porque lo necesite para comer o para hacer un abrigo con su piel, sino para tomarse una fotografía de la hazaña y colgar la cabeza disecada en su sala de trofeos. Entiendo la adrenalina de atreverse a incursionar por los lugares que frecuenta un león y reconozco que requiere un valor que ni tengo ni me interesa tener, pero el acto de matar por placer, cualquiera que sea la motivación, es algo que nunca entenderé.

La especie humana, hasta donde sé, es la única que se da ese placer. Los leones ahítos no siguen cazando gacelas; los gatos, después de cazar un ratón, se lo comen; para ellos la muerte de otro animal es sencillamente el acto natural de matar para comer y seguir viviendo, pero para el hombre que mata un león con rifle o con arco, es el placer de sentir la emoción del peligro y creerse antidios por un momento, matando.

Es lo mismo con la “fiesta” de los toros. Mi padre fue un gran aficionado, pero yo nunca compartí ese gusto. Acepto que algunos aficionados conocedores encuentran arte en los pases del torero y en el control del caballo y del toro que realiza el picador, pero yo nunca he visto ahí el arte. Acepto que puede existir, pero no para mi sensibilidad. Si todo fuera que el toro se moviera de una forma, el torero de otra, y la gente gritara “olé”, por mí pueden hacer fiestas de toros hasta en la plaza pública, pero no es el caso. Parte del espectáculo es la sangre, el riesgo en que se pone el torero, el castigo repetido y cada vez más fuerte que ejecutan sobre el animal, que al final de su corrida tiene la espalda llena de sangre por las banderillas y aún así, el torero lo sigue invitando a que se mueva. La apoteosis de esta fiesta es cuando el torero aplica la estocada final, y se han escrito kilómetros de opiniones sobre la fuerza, el arte y la precisión de todos los toreros del mundo.

Pero la “fiesta brava”, además del arte que pueda tener y de la valentía que muestran los toreros, es una fiesta de sangre: es un espectáculo donde se tortura hasta la muerte a un animal para regocijo de los espectadores, es una fiesta para que el público se goce con la muerte del animal.

Para mí, el cazador, el torero y los que van a la fiesta brava comparten esta característica: gozan frente al tormento y la muerte de un animal. No porque necesiten el animal para alimentarse ni su piel para cubrirse; simplemente, se trata de ver sangre y de ver morir a un animal. El toreo es un espectáculo descendiente directo del circo romano, que despierta las mismas pasiones que las de aquel público cuando veían luchar gladiadores y al final pedían la muerte para el vencido.

No entiendo el placer de la muerte. No entiendo que después de tantos siglos y con tanta información y con tantas alternativas para ejercer o contemplar el arte o para distraerse como existen ahora, los hombres sigan encontrando placer en matar. Hay un león menos en el mundo, gracias a la cacería.

[1] En la siguiente nota de The Guardian hay una pequeña película de Cecil the Lion:            http://www.theguardian.com/world/2015/jul/28/walter-palmer-dentist-accused-killing-cecil-lion-upset-hunter-zimbabwe

30.7.2015