Luis Muñoz Fernández

Llevamos veinte años hablando acerca del mundo en desarrollo, acerca de naciones ricas y naciones pobres. Sabemos todo lo relativo a la brecha del desarrollo. Y constantemente se nos recuerda que está ensanchándose. Sin embargo, hoy estamos haciendo al respecto menos que nunca. ¿Qué garantía podemos tener de que esas perogrulladas tan espléndidas, bombásticas, maravillosas, acerca del peligro ambiental y planetario y la biosfera no vayan a correr la misma suerte?

 

Barbara Ward. ¿Quién defiende la Tierra?, 1972.

Palabras e imágenes se sobreponen. Leer la nueva encíclica del Papa Francisco Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común y escuchar los discursos que ha pronunciado durante su visita a Ecuador, Bolivia y Paraguay, trae el recuerdo de aquello que escribió Eduardo Galeano en su tan criticado (y autocriticado) libro Las venas abiertas de América Latina (Siglo XXI Editores, 1971):

La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta…

…Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros del poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos…

… En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno.

 

Que el documento papal sea una clarísima denuncia que relaciona de manera causal el gravísimo deterioro del planeta por la explotación indiscriminada de sus recursos y el envenenamiento del medio ambiente, la miseria en la que apenas sobreviven tantos seres humanos y la riqueza insultante de unos pocos ya es algo que tiene un enorme valor. Pero la encíclica no se detiene ahí.

Como ya había venido demostrando en ocasiones anteriores, el Papa Francisco no tiene pelos en la lengua (o al menos muchos menos de los que nos tenían acostumbrados sus últimos predecesores). Por la claridad y amplitud de su análisis, además de consultar ampliamente las fuentes de la literatura científica, filosófica y religiosa, debe contar con estudiosos de primer orden que lo asesoran en la redacción de un documento como este.

En el capítulo tercero, titulado “Raíz humana de la crisis ecológica”, podemos leer:

No nos servirá describir los síntomas, si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica… En esta reflexión propongo que nos concentremos en el paradigma tecnocrático dominante [las negritas son mías] y en el lugar del ser humano y de su acción en el mundo…

… La tecnología ha remediado innumerables males que dañaban y limitaban al ser humano. No podemos dejar de valorar y agradecer el progreso técnico, especialmente en la medicina, la ingeniería y las comunicaciones…

… Pero no podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo…

… Se volvió contracultural elegir un estilo de vida con objetivos que puedan ser al menos en parte independientes de la técnica, de sus costos y de su poder globalizador y masificador. De hecho, la técnica tiene una inclinación a buscar que nada quede fuera de su férrea lógica, y “el hombre que posee la técnica sabe que, en el fondo, esta no se dirige ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio; el dominio en el sentido más extremo de la palabra”.

Estas últimas palabras, que realcé en negritas, son demoledoras. Frente a la oferta constante de novedades informáticas que mantienen a los tecnólatras en una zozobra e insatisfacción continuas, se alza la voz serena que llama a la cautela, a la cordura, a reducir la velocidad de la marcha para reflexionar, para mirar a nuestro alrededor y, lo que es fundamental, para que nos asomemos a nuestro interior.

En este mismo sentido, se pronuncia el doctor Leonardo Viniegra Velázquez en su artículo El fetichismo de la tecnología (Revista de Investigación Clínica, 2000):

El curso que ha seguido el desarrollo tecnológico en aras de responder a las necesidades de lucro, está muy lejos de propiciar una vida más serena, reflexiva y de intercambio solidario y fraternal, donde nos procuremos diversos tipos de desafíos que nos permitan un camino de superación y moral de nosotros mismos y de nuestras relaciones con los demás. Por el contrario, la dependencia de la tecnología se va transformando en una verdadera subordinación… Es muy difícil encontrar una tecnología que no atrofie o menoscabe alguna aptitud intelectual, emocional o psicomotora, porque su verdadera razón de ser es la ganancia y generar dependencia, no nuestro beneficio.

 

Y es curioso que, siendo la tecnocracia dominante una de las raíces de la grave problemática que nos ocupa, haya quien insista en que la solución está en el uso de más tecnología. Así lo expresa el Papa Francisco:

En algunos círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales, del mismo modo que se afirma, con lenguajes no académicos, que los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado… Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los beneficios es suficiente. Pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. Mientras tanto, tenemos un “superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora”, y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos.

 

¿Se trata entonces de volver a las etapas anteriores a la Revolución Industrial? Ni el Papa Francisco ni quienes han estudiado a fondo la situación actual, entre ellos nuestro ya citado Jorge Riechmann, proponen tal cosa. No se trata de volver a la Época de las Cavernas. El desafío no sólo es muy grande, sino que además es muy urgente. Desde el punto de vista de la ética laica, la propuesta se llama autocontención. En su encíclica, el Papa Francisco llama a una “Ecología integral”, propone “Algunas líneas de orientación y acción” y titula el último capítulo “Educación y espiritualidad ecológica”. Veamos de qué se trata en la siguiente Mesa de autopsias.

 

http://elpatologoinquieto.wordpress.com