José Luis Gómez Serrano
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Alemania tuvo una historia muy diferente de Francia y de Inglaterra durante la Edad Media y hasta el siglo XIX: mientras París y Londres consolidaban su poder como las ciudades más importantes en sus regiones, imponiendo gobernantes, usos y costumbres al resto de los franceses y los ingleses, Alemania permaneció dividida en una multitud de principados, ducados, reinos, condados, estados medianos y chicos, que tenía cada uno su propio gobernante, su estructura de gobierno, en muchas ocasiones hasta su propia moneda, y estaban unidos mediante una confederación que fue el Sacro Imperio Romano Germánico hasta 1806, cuando Napoleón abolió esa historia iniciada por Carlomagno mil años antes. Después de Napoleón se consolidaron dos países germanos como los más importantes: Austria y Prusia; en 1871, bajo Bismarck, Prusia unificó a Alemania en un solo estado, el Imperio Alemán.

El gobierno, las costumbres y la manera de hablar un mismo idioma cambian de región a región; nos entendemos los latinoamericanos y españoles, pero sabemos claramente por el acento y por las palabras usadas de dónde viene cada quien. Alemania, con su multitud de estados, fragmentó a lo largo de siglos el idioma alemán de forma tal que los del sur, en Baviera, no podían entenderse con los del norte, digamos en Hamburgo. Durante el medioevo, gracias a la herencia romana y a la influencia de la Iglesia Católica, el latín se estableció en toda Europa como el idioma que la gente culta conocía y en la que se escribía y se hablaba cuando quería uno hacerse entender por personas de otros países. El latín, además, era el idioma oficial de la Iglesia, la lengua en que se celebraba la Misa y se administraban los sacramentos, los evangelios y la Biblia estaban en latín, conocido por la gente culta y fuera del alcance de la masa del pueblo.

En estas circunstancias históricas –una Alemania fragmentada en muchos pequeños reinos, sin un idioma dominante, dividido en dialectos- nació y vivió Martín Lutero (1483-1546). Era un monje agustino que aprendió griego, latín y hebreo, y que se rebeló contra lo que en su opinión eran prácticas injustas y predatorias de la Iglesia Católica. En esos años el Papa quería juntar dinero para construir la Basílica de San Pedro, y consideró que era adecuado vender pedazos de eternidad para disponer del dinero suficiente para la construcción. Este fue el famoso tema de las Indulgencias: el cristiano pagaba a la Iglesia cierta cantidad, y a cambio del dinero sus pecados eran perdonados, o se acortaba su pena en el Purgatorio. Lutero consideró un fraude y un abuso de poder por parte del Papa, y publicó en 1517 en la Iglesia de Todos los Santos en la ciudad de Wittenberg sus famosas 95 Tesis, en donde señalaba lo que en su criterio eran abusos y errores de la práctica de la religión católica. Lutero fue llamado al orden, lo conminaron a que abjurara de sus errores, él se mantuvo en su posición y empezó el Cisma de Occidente, la Reforma Protestante, en donde los católicos se dividieron en dos bandos que hasta la fecha permanecen.

Hay dos factores determinantes del éxito de la Reforma Protestante (en el sentido de que se dio y subsistió nada más, no  pretendo aquí iniciar un debate religioso). El primer factor fue que la imprenta de tipos móviles había sido inventada recientemente por Gutenberg, precisamente en Alemania. Lutero sacó ventaja a la nueva tecnología y sus 95 Tesis fueron impresas y difundidas en alemán, con lo que pudieron ser leídas… por quien supiera leer y también supiera alemán. Lutero se enfrentaba a una especie de nudo gordiano: quería difundir su punto de vista entre el pueblo, precisamente entre aquellos que eran víctimas del abuso de la venta de indulgencias; ¿en qué idioma? Podía hacerlo en latín, con lo que excluiría a todo el pueblo y convertiría su posición en un debate teológico entre expertos; no podía hacerlo en “alemán”, porque existían decenas de dialectos más o menos inteligibles entre ellos, pero no existía una base común de entendimiento, no existía un idioma alemán.

Una circunstancia fortuita ayudó a Lutero a crear la solución. Después de que fue convocado a abjurar de sus errores en la Dieta de Worms (1521) y que él se mantuvo en su posición, fue declarado hereje y ordenada su aprehensión por el Emperador Carlos V. Pero se adelantaron los enviados de Federico III, Elector de Sajonia, quienes secuestraron y tomaron bajo su protección a Lutero, y lo enviaron a la seguridad del Castillo de Wartburg donde dispuso de una habitación, escritorio, papel y pluma para escribir lo que tuviera que escribir. En esa famosa habitación tradujo el Nuevo Testamento del griego al alemán. ¿A cuál alemán? A un idioma creado por él, algo parecido a lo que hizo Dante cuando escribió la Divina Comedia y sentó las bases del italiano moderno, respetando las enormes diferencias y méritos literarios de una obra y de otra.