Por J. Jesús López García 

Desde la Edad de Piedra, particularmente el Neolítico, cuando se estructuró la arquitectura -por el establecimiento de los clanes y del cultivo de la tierra-, por consiguiente el arquitecto, la construcción de espacios destinados a la habitación humana representó una disciplina especializada que conlleva la interacción de muchas otras materias. Los ancestros humanos que levantaban sus casas temporales, similares tal vez a un tepee de los indios norteamericanos, debían conocer sobre curtiduría de pieles, características de las diferentes maderas, procesos de fabricación de hilo o cuerda así como la comprensión del sitio destinado a recibir el asentamiento de la comunidad ya que la pendiente del terreno, su cercanía a cuerpos de agua, cerros, bosques, entre otros elementos, era crucial para abastecerse de alimentos y procurarse protección.

En la actualidad el arquitecto debe colaborar en su disciplina también con muchos otros profesionales o actores de oficios diversos para llevar a buen término su obra, por lo que la personalidad de éste perito históricamente ha estado ligada a una especie de polimatía, donde conocimientos diversos se suman para definir una manera de ser, de ver el mundo y desde ello, intentar transformarlo.

Personajes como Michelangelo Buonarroti son emblemáticos del Hombre del Renacimiento quien lo mismo emprendía obras pictóricas, escultóricas, así como de arquitectura implicando con ello el diseño de la maquinaria necesaria para abastecerse de material y transportarlo: por ejemplo el mármol desde su cantera precisándose también algunos rudimentos de mineralogía sin descuidar el cultivo de la música, la poesía y de ser requerido, el de otras artes para idear artificios de todo tipo -como las armas de Leonardo- o técnicas para llevar a cabo sus trabajos.

Remontándonos en el tiempo también encontramos arquitectos con esa tendencia del conocimiento universal y al empirismo más abarcado, como en el caso de Imhotep, arquitecto del rey Zoser de la tercera dinastía egipcia que ideó la primera pirámide de la humanidad en Saqqara además de concebir las formas en que el trabajo y los recursos de la comunidad debían administrarse para tal cometido. Imhotep fue un erudito versado en economía, política, astronomía, y naturalmente geometría, construcción y un sinfín de materias de su época.

La creciente especialización que la disciplina arquitectónica ha experimentado de forma particular desde 250 años a la fecha con la Revolución Industrial y la escisión del tronco común arquitectónico de asignaturas como la ingeniería, el urbanismo y la amplia gama de profesiones del diseño ha ido apagando algo de aquel brillo, aparentemente. Sin embargo para nuestra fortuna la situación tecnológica actual junto con la económica y social dan ocasión al surgimiento de arquitectos que con su obra son lo mismo un testimonio de su época que una crítica. Varia de su producción establece una narrativa de lo que ha sido, es y puede ser la arquitectura de su lugar y su tiempo.

Martín Andrade Muñoz, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, profesor-investigador quien introdujo un método para su aplicación en la carrera de arquitectura, formador de múltiples generaciones de profesionales y decano en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, tiene muchos de los rasgos del arquitecto original: interesado en la arquitectura de todos las épocas, agudo crítico de la materia, conocedor notable del arte como producción y hecho; melómano activo quien durante un tiempo presidió el fideicomiso de la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes e involucrado en la Comisión de Arte Sacro, actualmente titular del Fideicomiso Tres Centurias así como en tantas actividades e instituciones que han alentado el discurso artístico, arquitectónico e intelectual de Aguascalientes -fue el primer director general del Museo Descubre y más tarde dirigió el Instituto Cultural del estado-, es sin duda un baluarte polifacético que ha dejado su impronta en nuestra cultura.

De sus múltiples trabajos arquitectónicos podemos mencionar: El Palacio de Justicia y la Cancha del Estado “Hermanos Carreón” en coautoría con el Arq. Jorge Carlos Parga Ramírez; el Centro Comercial “El Dorado”, Campestre San Carlos y la Central de Abastos en coautoría con el Arq. Rafael González Marmolejo, el campanario del templo de las Tres Ave Marías, “El Cedazo”: Centro Cultural y Recreativo y el Parque México en colaboración con el Arq. Mario Schjetnan, entre otros.

Sin embargo, su obra más acabada lo es su propia residencia, posiblemente ideada a partir de las trojes típicas, cuya fábrica se llevó a cabo con el material de la región por excelencia: el adobe. Indudablemente su morada se alza como una de las sobresalientes muestras locales de arquitectura contemporánea, pues su materialidad tradicional es integrada de modo sensible e inteligente a un lenguaje de espacios y formas eminentemente moderno. Lo que debería ser antitético en éste edificio es una complementariedad sobria y bien compuesta. Una lección de diseño, un guiño para los interesados en el rescate de la arquitectura de cuño local a través de materiales eficientes en nuestro clima, una posible vía para explorar una arquitectura contemporánea totalmente aguascalentense.

Es indiscutible su valía como profesional, maestro, colega, compañero, amigo, par; en fin ¡¡¡un gran POLÍMATA!!!