José Luis Macías Alonso

Estamos aturdidos, un zumbido incesante taladra nuestros oídos, la sordera por las explosiones no nos deja escuchar lo que nos dicen. Vemos polvo y neblina, los escombros se azotan contra el piso e impiden ver más allá de nuestras narices. El olor a pólvora y dinamita no nos deja distinguir los aromas de los que nos rodean. Así vivimos hoy en Occidente, así nos dejaron después de los atentados en París.

¿Cómo estábamos antes? ¿Cómo ha sido la relación Occidente/Oriente? Llevamos siglos sumergidos en la mutua incomprensión. Cuando los invadimos, usamos una cruz para legitimar la sangre que derramamos; ahora que nos golpean, una mal comprendida media luna es el pretexto de sus abominaciones. Entre un hecho y otro, nos separamos, cada quien eligió un sendero diferente; laicidad y no laicidad; república y no república; para nosotros, al Rey la tierra y a Dios el cielo, para ellos, Dios en la tierra y en el cielo.

Nuestra piedra angular, la ven como una filosa roca que taladra en contra del hombre y en contra de Dios. La libertad, ese valor tan venerado por nosotros, tan descriptivo de nuestra civilización, le provoca nauseas a SayyidQutb y toda su doctrina filosófica y política del fundamentalismo yihadista, corazón ideológico del Estado Islámico. Por eso París, por eso un café, por eso una sala de conciertos. No es la ciencia, no es el dinero, es la libertad la que estratégicamente sufrió de un ataque violento.

¿Quién invade a quién? Las dos.

¿Quién es la redentora de quién? Ninguna de las dos.

Nosotros, soberbios y engreídos, constructores de ideas a las que les ponemos etiquetas de “universales”, queremos ir a Oriente, ya no para evangelizar la religión del hombre crucificado, ahora para convertirlos a la democracia, al derecho público, a nuestra libertad. Los vemos con una lástima llena de ignorancia y queremos salvarlos de algo de lo cual ellos no quieren salvarse, de lo cual nunca nos han pedido que les ayudemos. En aras de imponerles “por su bien” nuestras ideas, queremos desterrarles su esencia.

Ellos, cegados en un oscurantismo racional, arremeten con la espada de la intolerancia basada en una desviada interpretación de un dogma de fe. Algunos, viven en nuestra civilización solo para destruirla; por propia voluntad, viven en la parte del mundo de las libertades solo para lastimarla; Otros, se mantienen en su mundo árabe planeando estúpidamente aniquilar una cultura no comprendida.

Ante esto, las reacciones. Cegados, sordos y sin olfato, postrados en el desconocimiento, algunos en Occidente piensan que el enemigo es el Islam, sin reflexionar que no es su Dios, que no es una religión, sino la perversa interpretación de ésta hecha por algunos la que nos quiere herir. Las religiones no detonan guerras, siempre es un hombre el que jala el gatillo.

Igualmente errados, pensamos que el enemigo es todo un pueblo cuando lo único cierto es que en las dos partes del mundo existimos personas que no queremos lastimar al otro, que no sentimos esos odios estúpidos que algunos nos quieren insertar.

Se nos olvida pues que la guerra no debe ser entre civilizaciones, pues estas simplemente deben de cohabitar, ninguna por encima de la otra.También, se nos escapa de la mente, que ninguna religión debe triunfar a expensas de otra, y peor aún, seguimos sin entender que ningún pueblo es mejor que otro. Como dijera el Subcomandante: “Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú.”

Aunque sea por esta ocasión, no caigamos en el burdo y torpe simplismo. No permitamos que nuestros corazones se inunden de un rencor que no tiene ni motivos ni argumentos. Castiguemos al culpable, pero con nombre y apellido, no a un pueblo entero. Seamos enemigos del prejuicio, hagámosle la guerra al odio.

Ya de paso, tiremos a la basura los estúpidos análisis que quieren medir tragedias. Cualquier muerte es igual de dolorosa. Sentir dolor por Francia o por Ayotzinapa es igual de humano, es igual de compasivo. Nada duele más, todo nos duele igual.

Sintamos repudio y nauseas de los que se burlan de quienes desde kilómetros de distancia sentimos tristeza, almas podridas y huecas, ebrias de un individualismo que nos les permite que sus fibras se muevan ante el dolor humano.

@licpepemacias