Carlos Reyes Sahagún

14 de febrero de 2016 en la madrugada. Son las 4.30 hrs. y este inútil servidor de la palabra que soy está en la calle; literalmente en la calle, pero no de manera metafórica, por fortuna, sino de hecho. En esa aurora fui chofer de mi hija, que debía cumplir con un encargo horas después, en la ciudad de Morelia, y que saldría hacia la capital michoacana desde el templo de Jardines de la Asunción.

Como si me frotara las manos ante una fogata para ahuyentar el frío en una noche helada, he sintonizado Radio UAA, que a esa hora emitía el programa de Juan Manuel Muñoz y José Reynoso Martínez Anecdorradio, o lo que es lo mismo: “No comas en la cama pan Petra, porque me la llenas de morusas”, y escuchado una pieza de Moody Blues. Luego me “hice la cruz” del día con Johann Sebastian Bach; un movimiento de un concierto para clavecín. Pero por la hora recuerdo también una pieza de Rubén Fuentes: “Era de madrugada, cuando te empecé a querer; un beso a la media noche y el otro al amanecer…”

Madrugada…Me gusta la palabra, su sonoridad y, desde luego sus significados porque señora, señor: el vocablo tiene sabor de esperanza; certeza de un día por delante, promesa y preludio; novedad, oscuridad que invariablemente se convertirá en luz; vida.

En fin. Inicialmente recorremos calles secundarias, irremediablemente deshabitadas a esa hora, e ingresamos en Avenida Universidad, para encontrarnos con la sorpresa de la ciudad desierta con apenas algún atisbo de vida: las gasolineras con las luces encendidas, los empleados resguardándose del frío contra la pared, en una pequeña oficinita, o haciendo el aseo de algún espacio; las llamadas tiendas de conveniencia, muy iluminadas, cerradas pero con empleados dentro, dispuestos a despachar un café, unos cigarros, unas botanas, exactamente como algunas farmacias.

Por cierto… ¿Se acuerda de aquella época, hace 30 y más años, en que las dos o tres boticas que había entonces en Aguascalientes se ponían de acuerdo para hacer turnos noc-turnos, de tal manera que siempre, a toda hora, existiera la posibilidad de que uno encontrara la medicina de urgencia? ¿Se acuerda? Si se veía uno en ese penosísimo trance, bastaba consultar el directorio telefónico para enterarse de a qué farmacia acudir en ese amanecer. Ahora eso pasó. Con el crecimiento de la urbe, la proliferación de estas negociaciones, la lucha entre las diversas marcas que redundó en la desaparición de los locales y el dominio del mercado por parte de los externos, esa práctica desapareció, probablemente para bien.

En fin. Vamos por Avenida Universidad hacia el sur, y al llegar a la esquina de Universidad y Convención, observo que hasta el hospital de moda se encuentra sumido en el letargo de la hora, el pasillo del lado de la maternidad encendido, los cuartos apagados, la explanada desierta.

Sin embargo, todo este asunto del sonido de la palabra –ahora me acuerdo de “La madrugada del panadero”,una suite orquestal del compositor Rodolfo Halffter-; de los significados que quiero darle al término son sólo buenas intenciones de mi parte, pirotecnia verbal, porque en verdad os digo que se trata de una hora infame, despiadada, en la que preferiría estar cómodamente instalado en mi camita, y un poco más tarde, cantarle a mi mujer aquella canción de Amanecí otra vez, entre tus brazos.

Pero no, ahora transito por la calle, y a una hora tal que todavía falta para que se cumpla la profecía de Ramón López Velarde cuando proclama aquello de que “por las madrugadas del terruño, en calles como espejos, se vacía el santo olor de la panadería”. En todo caso la violencia del momento se compensa con la experiencia de la ciudad nocturna, vacía y oscura, algo novedoso para mí, que únicamente ando de un lado a otro de día, a veces padeciendo el tráfico, el calor, el ruido, y más frecuentemente disfrutando del paisaje urbano; la historia plasmada en las paredes de las casas, en los estilos arquitectónicos, etc. Por ejemplo ayer, sin ir más lejos en el calendario, me detuve a fotografiar una casa en la acera norte de calle de José María Arteaga, entre Zaragoza y su jardín, en cuyo techo se observa un nopal que de seguro no brotó precisamente en la mañana. O sea que se trata de una casa abandonada; un cadáver urbano que espera una piadosa sepultura.

Pero aquella madrugada invernal de febrero de la que le cuento, fue otra cosa; el azoro y la novedad de la ciudad dormida, sin cafres al volante, sin el hacinamiento de vehículos, sin los heraldos del progreso para todos que son los pedigüeños en los semáforos, sin los comercios abiertos, sin patrullas, sin… La recorro y la contemplo, y se me figura que es como el gran set de la película de la vida en la que participamos todos. El espacio que momentáneamente hemos abandonado para descansar; para recogernos unas horas y concentrarnos en nosotros mismos; nosotros, que cada día escenificamos el argumento de nuestras vidas; la vida urbana de este microcosmos que es Aguascalientes, la ciudad, compendio de humanidad…

Llegamos a donde Avenida Universidad se convierte en Aquiles Serdán, e ingresamos en la Avenida de la Convención, que recorremos rumbo al poniente. Observo su amplitud y soledad y se me figura que es como si fuera yo en un avión que entra en la pista y comienza a rodar, incrementando rápidamente la velocidad. Al pasar por la Avenida Fundición observo un anuncio espectacular que informa que Aguascalientes es la tercera mejor ciudad para vivir, pero no me queda claro si del país, del continente o de la galaxia. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).