Carlos Reyes Sahagún

14 de febrero de 2016, domingo. Son las cuatro hrs., o sea, las cuatro de la mañana, es decir, una hora infame para hacer otra cosa que no sea dormir, pero he aquí que andaba yo levantado… Como usted; como muchas otras personas, normalmente a esa hora estoy descansando; normalmente, pero en esa fecha, y a esa hora, andaba yo en la calle. Circulé desde su casa, que es la mía; o la mía, que es la suya; o… Bueno, el lugar en el que cada noche mi esposa abre sus brazos para recibirme a su lado.
No… Ni era aquella una emergencia, ni la salida de alguna fiesta; nada de eso, sino la necesidad de llevar a mi hija al templo de Jardines de la Asunción –había hecho una cita con el papa Francisco, para verse en Morelia, y se dirigía hacia allá junto con otros jóvenes–. Pese a lo brutal de la desmañanada, la experiencia fue excepcional, digna de remembranza, porque señora, señor: ¡Qué diferente es la ciudad nocturna de la diurna, a la que estamos mucho más acostumbrados!…
De entrada enciendo la radio y sintonizo la emisora universitaria, más por el morbo de saber qué transmiten a esa hora que por el deseo de escuchar discursos o música. El programa es Anecdorradio, o lo que es lo mismo: “No comas en la cama pan Petra, porque me la llenas de morusas”. ¡Quién sabe por qué será lo mismo!, pero así dicen sus productores, un par de jóvenes viejillos: Juan Manuel Muñoz y José Reynoso Martínez.
Circulo por calles secundarias para ingresar en Avenida Universidad, y en el trance me encuentro con una ciudad que se me figura desamparada, las casas inertes, los vehículos abandonados ahí, en plena calle, muy bien acomodados; ni siquiera un gato que ande por ahí, hurgando en la basura. ¿Dónde duermen los gatos callejeros; los perros? ¿Dónde duermen? ¿Duermen?
Me acuerdo que en una ocasión, esta sí por motivo de una fiesta, salí a tirar la basura doméstica cuando las dos de la mañana se acercaban aflojeradas a las tres. En la esquina de mi calle, justo al lado del contenedor, hay un terreno que en verano florece de manera inculta; anárquica. La calle, rebosante de personas y vehículos durante el día, estaba en ese momento desierta. Pero en el baldío, una parte de la maleza comenzó a moverse con cierta regularidad, más o menos en la zona donde la flojera de alguien formó un sendero para cortar camino. Entonces, algo se movía en la senda hasta que, de pronto, brotaron de la espesura tres, cuatro perros que ya eran una pequeña jauría. Iban trotando y ni siquiera repararon en mi presencia. Eran perros de la calle, de tamaños diversos, desprovistos de la gracia y el pedigrí suficientes para hacerlos merecedores del cariño de un niño y de una adopción salvadora, pese a ser perros con alma. Pero nada de esto parecía importarles, no husmeaban en busca de algo que llevarse al hocico, no se distraían con nada que hubiera alrededor, y pronto se perdieron en el horizonte vacío de la calle.
En fin. Desde luego, este programa de Radio UAA que se estaba transmitiendo era una repetición, que cuando enciendo la radio está por terminar. Aparte de mi hija y yo, ¿habrá alguien que escuche a esta hora de la madrugada? Y era de madrugada cuando te empecé a querer, un beso a la media noche y el otro al amanecer…
Bueno; al parecer a Juan Manuel no le importa, puesto que sigue pontificando sobre el grupo inglés de rock “Moody Blues”, que en 1965 no se llamaba así, sino “The magnificent moodies”. Aclarado el punto nos hace escuchar un blues que lleva por título el de “Can’t nobody love you: Nadie te amará como yo”.
Termina el Anecdorradio y en seguida viene, señoras y señores, damas y caballeros, el segundo movimiento del “Concierto para clavecín No. 5”, de Johann Sebastian Bach, catalogado con el BWV 1056, que es una de las cosas más maravillosas que haya usted escuchado, casi como cuando le dijeron que iba a ser papá, o que había sido aceptado en un empleo deseado; así suena esta maravilla de 2.49 minutos –según la versión del English Concert–. Usted disculpará mi euforia; mi rupestre euforia, pero esta es una de las mejores páginas eróticas que se hayan escrito, el pizzicato de las cuerdas –perdón por la redundancia–, pausado, como cuando recorre uno el cuerpo amado, y luego la melodía, de una dulzura perfecta, ni empalagosa ni desabrida; perfecta. Como para arrancarle a uno más de algún suspiro.
De veras que es este un buen comienzo. Escucho a Bach y la crudeza de esta hora se mitiga, adquiere un poco de amabilidad. Escucho a Bach y me acuerdo del padre Gustavo Elizalde, el discurso de bienvenida al nuevo órgano de catedral, la noche del ocho de mayo de 2005. El sacerdote constructor de órganos recordó que el chelista catalán Pau Casals, comenzaba cada día sus labores interpretando alguna obra de Bach, y decía que hacer esto era como santiguarse al amanecer.
Todavía no amanece, pero estoy escuchando a Bach, y aquí estoy, haciéndome la cruz con esta obra maestra. Aunque ciertamente no es una versión, digamos, ortodoxa. Por el contrario, la parte solista es interpretada por una violinista canadiense cuyo nombre se me escapa, y el acompañamiento es electrónico; en verdad se trata de un buen arreglo. Quizá ocurre que la composición es tan buena, pero tan buena, que resiste cualquier arreglo (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).