Luis Muñoz Fernández.

Ser prometeico no sólo significa, como afirman algunos diccionarios, ser osado, original y creativo, sino también transgresor y soberbio. Esta segunda acepción es, sin lugar a dudas, la que tenía en mente el papa Juan Pablo II cuando, en alusión a los objetivos –tal como él los percibía– de la moderna investigación biomédica, habló de las “ambiciones prometeicas” de la ciencia. Otras personas, en cambio, ven algo noble y edificante en el desafío que el mítico personaje lanza a los dioses, y abominan de la idea de que los Prometeos modernos deberían desistir y someterse.

 

Philip Ball. Contra natura. Sobre la idea de crear seres humanos, 2012.

Parece existir una competencia interminable entre los avances de la ciencia, en particular los nuevos desarrollos tecnológicos, y nuestra capacidad para reflexionar sobre sus implicaciones benéficas y perjudiciales, es decir, nuestra reflexión ética. Reflexión que, si no sale de sí misma, corre el riesgo de acabar en una especie de entretenimiento aristocrático, pero que, cuando se vincula con el derecho y su poder coercitivo para regular las relaciones de los miembros de una sociedad, es un elemento distintivo e indispensable de las democracias modernas. La reflexión ética es como el microscopio, que sólo empezó a rendir sus inestimables beneficios al género humano cuando dejó de ser solamente una diversión de las clases altas para convertirse en un valioso instrumento de la investigación científica al servicio de todos.

Y hablando de avances científicos, justo a principios de esta que es la última semana de septiembre de 2016 nos sorprendieron con la noticia de que cinco meses atrás había nacido un niño que ha resultado de la combinación del material genético de tres progenitores distintos, su padre, su madre y, en menor proporción, de una donadora voluntaria que aportó una pequeña pero significativa herencia. Aunque tal vez sea un tanto exagerado, el titular del periódico El País, lo anunció así este martes 27 de septiembre: “Nace el primer bebé del mundo con tres padres genéticos” (http://elpais.com/elpais/2016/09/27/ciencia/1474989059_678680.html).

El mismo periódico aclara que, para ser precisos, se trata de un bebé con 2.002 (dos punto cero cero dos) padres, ya que la donadora contribuyó solamente con el 0.2% del material genético de las células que forman al pequeño. Este material genético, minúsculo en proporción pero de gran importancia para la salud del bebé, está contenido en las mitocondrias. Recordaremos que estas pequeñas estructuras, consideradas organelos u organitos de la célula, se encargan de fabricar sustancias químicas ricas en energía aprovechando el oxígeno del medio ambiente a través de un ingenioso mecanismo electroquímico. El bloqueo de ese mecanismo explica el envenenamiento por cianuro. Con ese ejemplo, se puede comprender el papel fundamental de las mitocondrias para mantenernos vivos y sanos.

Estas pequeñas factorías de energía vital llegan a nosotros a través de nuestra madre, que nos las obsequia en el óvulo fecundado del que provenimos y, además, son fascinantes por dos motivos adicionales: Desde el punto de vista evolutivo, fueron en tiempos casi inimaginables bacterias que pasaron a residir permanente en nuestras células y, precisamente por haber sido microbios, poseen su propio material genético. Este material genético el ADN –ácido desoxirrubonucleico– mitocondrial representa solamente el ya mencionado 0.2% de todo el ADN celular, cuya mayor parte (el 99.8%) se encuentra dentro del núcleo de la célula.

Desde hace algunos años se han descrito enfermedades ocasionadas por las fallas del material genético de las mitocondrias. Estas enfermedades son poco frecuentes –afectan a 1 de cada 6,500 nacidos vivos–  pero devastadoras, ya que ocurren en los órganos y tejidos que necesitan más energía para funcionar como el cerebro, el corazón o los músculos. En el caso de este bebé, su mamá ya había perdido a dos hijos por una de estas enfermedades llamada síndrome de Leigh, en la que ocurren mutaciones en el ADN de las mitocrondrias que provocan el mal funcionamiento de las proteínas que se encargan de producir la energía que necesitan las células para vivir. El resultado es una destrucción temprana del sistema nervioso central (cerebro, cerebelo y médula espinal) incompatible con la vida, todo por las mitocondrias enfermas en los óvulos de la mamá.

¿Qué hicieron los científicos en este caso? Tomaron un óvulo de la mamá, le quitaron el núcleo sano y desecharon el resto, incluyendo sus mitocondrias enfermas. Luego obtuvieron el óvulo de una donante sana, le quitaron el núcleo y le implantaron el núcleo de la mamá. Así lograron obtener un óvulo totalmente sano (con material genético del núcleo de la mamá y ADN mitocondrial de la donante) que luego fue fertilizado in vitro con espermatozoides del papá. Posteriormente, colocaron el embrión en el útero materno para que completara su desarrollo prenatal. Existe una variante de la técnica empleada cuando se usan embriones tempranos en lugar de óvulos, pero no fue utilizada en esta ocasión.

Esta forma de reproducción asistida sólo es legal en la Gran Bretaña, donde la Cámara de los Comunes la aprobó en febrero de este año. Lo interesante es que los papás son jordanos, de religión musulmana, los médicos que llevaron a cabo el procedimiento fueron encabezados por el médico estadounidense John Zhang y, finalmente, se llevo a cabo en México. ¿Por qué en México? Todo parece indicar que se debió a que en nuestro país no existen leyes que regulen este procedimiento, es decir, existe un vacío legal que les permitió realizarlo sin consecuencias penales.

No cabe duda que lo ocurrido mueve a la reflexión sobre diversos aspectos relativos a la reproducción asistida, particularmente lo que se refiere a la seguridad de las partes involucradas y a la eficacia del método. ¿Tendrá este niño una vida normal? Todavía es muy pronto para saberlo. Lo que resulta evidente es que los rápidos avances de la ciencia nos obligan a realizar un esfuerzo de reflexión mayúsculo para tomar medidas y decisiones que sean fruto de esa reflexión.

También queda claro que estos avances sacuden las certezas y creencias sobre las que hasta ahora habíamos entendido la vida en general y la vida humana en particular. No podemos permanecer indiferentes o ignorar lo que está sucediendo. Atrincherarnos en nombre de la tradición o de las creencias religiosas personales para permanecer deliberadamente ciegos, sin comprender que lo que sucede frente a nuestros ojos nos obliga a replantearnos añejas y queridas certezas para, en algunos casos, abandonarlas y reemplazarlas por aquellas nuevas que tienen una sólida base científica, no sólo es absurdo, sino que provoca sufrimiento propio y ajeno, impide nuestro desarrollo y daña seriamente nuestra convivencia.

Debemos estar al tanto de lo que está sucediendo en el mundo de la ciencia y es también nuestro deber ético el fomentar el debate público informado sobre estos y los demás temas que afectan profundamente nuestra vida en sociedad. La ciencia es un poderoso motor para el desarrollo. Sólo así lograremos en México pasar de una democracia casi exclusivamente electoral a una democracia madura y dinámica en la que participe y se beneficie la gran mayoría de la población. De una sociedad de ciudadanos que son tratados como menores de edad a una sociedad con autonomía y pluralidad moral.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com