Simplemente ya no las hacen así…

COLUMNA CORTE“Mad Max: Furia en el Camino” es el potente recordatorio sobre los lugares creativos y tan diversos a los que puede acudir un filme de gran presupuesto (en este caso, 150 millones de dólares) si se le libera de los acostumbrados grilletes hechos en grandes estudios. En este caso, el resultado es una delirante, intoxicante y muy demente película de acción tan depurada que concilia la concreción narrativa y un evidente rechazo a la complacencia con la rancia y pútrida sensibilidad del maestro nacido en las antípodas George Miller, quien a su vez filtra en este trabajo una robusta mirada retrospectiva a su ahora indispensable trilogía futurista, protagonizada por un Mel Gibson en ciernes, a la vez que adapta su torcida plástica distópica a un proyecto de indiscutible catadura contemporánea que excreta y secreta por todos sus orificios un vigor, fortaleza y vitalidad que hacen ver disfuncionalmente eréctil y flácida a toda la serie de “Rápido y Furioso”, amén de una carga narrativa enriquecida con matices emocionales, personajes inusitados y eventos de exquisita psicosis capaces de restituirle los folículos capilares por la impresión a la calva testa de un Vin Diesel, pues ésta es, sin lugar a dudas, una más que digna heredera a “El Guerrero de la Carretera”, considerada por los puristas post-apocalípticos como la mejor de la serie… y probablemente la supere.
Max Rockatansky (el siempre confiable Tom Hardy) fue un policía antes de que el mundo sucumbiera al holocausto nuclear, lo que produjo una insuficiencia global de agua y combustibles fósiles. Tratando de sobrevivir en esta tierra baldía, Max es capturado por los “chicos guerreros”, unos alfeñiques pálidos cual cirio, pero numerosos que obedecen ciegamente al tirano Inmortal Joe (Hugh Keays-Byrne, mejor recordado por su papel antagónico en el primer filme de la saga), quien detenta el poder de una populosa comunidad en medio del desierto sólo por poseer el control de los víveres y el agua. Su lugarteniente, la Imperator Furiosa (Charlize Theron en uno de sus roles más interesantes en años) es enviada a la vecina Ciudad Gasolina en calidad de heraldo, pero ella ve en esta encomienda la oportunidad para rebelarse y rescatar de las garras de Joe a “Las Esposas”, cinco jóvenes mujeres utilizadas por el enloquecido líder con fines reproductivos. Al verse traicionado, Joe envía a Nux (Nicholas Hoult) y su tropa pálida a recuperarlas. Max es llevado a la cacería en calidad de ornamento de auto, porque Nux no desea separarse de él, pues requiere la sangre de tipo universal que corre por las venas del Guerreo del Camino. Cuando los caminos de Furiosa y Max colisionan, concuerdan en llevar a las concubinas a “el lugar verde”, fabulada tierra prometida donde encontrarán santuario y paz. Y aquí es cuando se genera el punto argumental, momento en que realmente arranca el desarrollo de la cinta, el cual es simplemente (pero no simplonamente) una persecución de casi dos horas de duración, filmada con maestría y donde conoceremos las complejas personalidades y rasgos psicológicos de Furiosa -mujer moldeada por la dureza de esta árida civilización que lucha por conservar su humanidad- y Max, quien lidia con los demonios de su pasado que oprimen su conciencia por aquellos inocentes que murieron en eventos que no pudo prevenir.
Miller pinta su obra cinematográfica más ambiciosa hasta la fecha, diseñando un mundo de consistencia grotesca y bizarra belleza que se funde con el polvo desértico, además de traducir su código violento en escenas de inaudita adrenalina que, y Belial lo bendiga por ello, se muestran exentas en su mayoría de creaciones digitales, utilizando esta herramienta tecnológica tan sólo para texturizar su puesta en escena. Por su parte, la trama logra desdoblarse hasta adquirir una geometría muy dimensionada y rica, explorando varias subtramas sin colapsar y envolverlas en formidables secuencias de acción tocadas por un sutil e inteligente humor negro que jamás toca el cinismo o la condescendencia. Pero lo más sorprendente es localizar la abierta postura feminista que adopta el veterano director en un tipo de relato usualmente sostenido por la testosterona andante que es Max. La presentación de la femineidad es variada y convincente, creando un empoderamiento estrogénico mediante el diseño riguroso de personajes femeninos creíbles y expansivos sin necesidad de mostrarse como las versiones mujeriles de hombres fuertes, pues se muestran físicamente formidables y sensibles, bondades explotadas por un reparto conformado por espléndidas actrices.
“Mad Max: Furia en el Camino” es la cinta de acción que habíamos olvidado exigirle a los mandos de Hollywood o que probablemente no sabíamos que podíamos exigir. Quiebra moldes y forja uno propio. Tal vez se perciba pedante o anticontextual citar a Aristóteles en referencia a una cinta con personajes con nombres como “Rictus Erectus”, pero creo que aplica: “Ningún genio de grandeza ha existido jamás sin haberse visto tocado por un poco de locura”. Y esto, damas y caballeros, es la descripción de lo que esta cinta y su director son.

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