A pesar de la apreciación general enclavada en la memoria cultural gracias a un multitudinario afán reseñista y descriptivo sobre el filme, este proyecto de indudable iconoclastia, conocido tan sólo como “Mad Max”, firmado por un australiano demencial y metódico llamado George Miller, NO es el embrión de aquella sombría tendencia tan distintiva del cine “B” ochentero por profetizar destinos funestos para una humanidad que pretendía rascar su comezón bélica con un botón de proporciones megatónicas en aquellas fantasías de esparcimiento salvaje y brutal con sus distintivas mise en scéne de devastación y ruina urbanas conocidas colectivamente como “cine apocalíptico”.
Todo lo contrario, pues si algo clarifica esta cinta australiana rodada en 1978 y estrenada un año después, es que su personaje titular labra su leyenda en un mundo pre-apocalíptico, lejano todavía a la cacotopía planteada en su secuela de sublime estridencia “El guerrero de la carretera” (1982) y fuera de toda ucronía, pues los eventos que se relatan en el filme no se desvinculan demasiado de una perspectiva realista y muy, muy posible.
Como se indica justo al iniciar la película, nos encontramos adelantados “a pocos años del presente”, en un semifuturo distópico, donde la ausencia de cualquier tipo de ley se ha diseminado en un territorio por demás hostil y geográficamente erosionado y las autoridades han perdido el control, indefensas ante una cultura que se pierde en la vorágine del caos y la muerte (a tal punto que en la primera escena de la cinta nos ubica justamente en “Anarquía”), por lo que las fuerzas del escaso orden recurren a un incremento en la aplicación de fuerza en tono y furia, que remite a un Reich rebasado por la demencia a su alrededor. De entre las filas en esta desarticulada gestapo policial encontramos a “Mad” Max Rokatansky (Mel Gibson en icónica interpretación), aplicado agente de la “Patrulla de Fuerza Mayor” y dedicado hombre de familia que procura mantener una visión cuerda y dotar de coherencia a tan sarnoso mundo (peculiar ironía que choca con su sobrenombre). Mas cae en las garras del leitmotiv característico de la ficción de finales de los setenta -la venganza- cuando dos eventos cruciales desfiguran su ordenada mente: el asesinato tanto de su mejor amigo-compañero de patrulla como de su esposa y su retoño. Los crímenes, perpetrados por una banda de motociclistas facinerosos liderados por Toecutter (“Cortadedos”, y en efecto el mote se lo ha ganado a pulso), se realizan con inaudita saña, pero construidos narrativamente mediante la sugerencia, ya que Miller no muestra en todo el filme la atrocidad de los eventos en todo su explícito esplendor con el fin de recrear ese impacto Hitchcockiano mediante la imaginación del espectador. De este modo, la simpatía de la audiencia se entrega irremediablemente a Max, quien busca equilibrar la balanza de forma pragmática y fuera de su abstracto sistema legal, determinando también el curso moral de la historia.
Esta película ha logrado conservar su estatus de culto gracias a una perenne estética y puesta en escena cimentadas en lo cáustico, en la ansiedad anticipada y en la psicosis colectiva que imbuye el director en cada toma. “Mad Max” es, literalmente, una cinta sobre la acelerada humanidad -con su pie firmemente puesto en el pedal- hacia una aniquilación moral, espiritual y cultural, gracias a su potencia argumental que no ha perdido ni una milla de su momentum visceral. Aunque es innegable que el filme es todo un producto de su época, su representación modelada en los esquemas sociológicos y políticos de su era lo transforman en un momento irrepetible de la historia, justo cuando las relaciones internacionales de las superpotencias extranjeras estaban en su clímax de tensión gracias a la Guerra Fría, la crisis energética y financiera devoraba cualquier expectativa de crecimiento en diversos países y el optimismo comunal se había masacrado en alguna de las espesas junglas vietnamitas, provocando que el cine respondiera a esta provocación infecciosa de naturaleza social con antihéroes que disparaban primero su Magnum .44 y preguntaban después, rebeliones étnicas lideradas por enfurecidos hijos del ghetto con nombres sugestivos como Shaft o Superfly y una explotación desmedida de la provocación o el llano morbo mediante un crecimiento exponencial de la violencia cinematográfica que había traspasado el conteo de víctimas por guerras o actos terroristas en T. V. a la pantalla grande gracias al cine de caladura “grindhouse”.
“Mad Max” cruzó muchos caminos -literales y metafóricos- mostrando una tierra de nadie análoga a la desolación interna de su protagonista, manteniendo un equilibrio muy delicado entre la muestra de frenesí emocional, el corporal y el psicológico, sin hacer del asesinato un acto romántico. Su transgresión de moralidad a la par de una narrativa sólida y casi conmovedora planteó varios cuestionamientos válidos sobre la identidad del ser humano, pues una vez cruzada la línea deontológica a punta de rifle, ¿hay marcha atrás?, ¿qué requiere la conciencia para sacrificar su humanidad?, ¿somos tan sólo parte de una ecuación social que conceptualiza la razón? Tal vez las respuestas sólo se encuentran en una carretera ruinosa y árida, transitada por almas desquiciadas en busca de algo… algo de cordura para una locura ubicada a sólo unos pocos años del presente.

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