Los tiempos de traslado empobrecen más a quienes menos tienen

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Los mexicanos gastan entre dos y cuatro horas diariamente para ir y volver de su lugar de trabajo, tiempo adicional a su jornada laboral, de por sí muy larga de acuerdo a estándares internacionales. Contra el refrán popular que asegura que “hay más tiempo que vida”, los trabajadores urbanos enfrentan un creciente “déficit de tiempo”, limitante estructural que les impide a ellos y sus familias escapar de la pobreza.  Sabina, intendente de una empresa, sale de casa a las 6 de la mañana y vuelve a ella después de las 8 de la noche; ignora qué comieron sus hijos o si hicieron la tarea. En estas condiciones a los padres de familia no les queda tiempo para atender la alimentación, salud, educación, cultura y esparcimiento de sus hijos, ni para continuar superándose personal y profesionalmente.

Esta situación afecta no sólo a los habitantes de las áreas metropolitanas de la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El desorden urbano, la dispersión de la vivienda, la saturación de las vialidades y la precariedad del transporte público son características que comparten las 50 zonas metropolitanas del país donde se concentra ya un 75 por ciento de la población nacional. Se calcula que la superficie de las manchas urbanas se ha extendido cinco veces más rápido que el crecimiento demográfico, por lo que no sorprende que los tiempos de traslado también se hayan multiplicado por cinco en las últimas tres décadas.

Al margen del costo directo del transporte (que no es menor), hoy queremos subrayar los costos socioeconómicos asociados a la pérdida de tiempo en los recorridos.

Coneval nos ha mostrado una realidad lacerante: cuatro de cada diez hogares reciben un ingreso laboral conjunto –sumando el salario de todos los miembros de la familia que trabajan– inferior a la línea de bienestar mínimo y a este fenómeno le denominamos “pobreza laboral”. De entrada nos parece escandaloso que tantas personas vivan en pobreza, pues se supone que la pobreza debiera ser una condición propia de los desempleados, no de los trabajadores.

Sin embargo, según un estudio reciente, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), resulta que el nivel de pobreza es todavía peor si, a la precariedad salarial, agregamos el efecto de la pérdida de tiempo que padece cada trabajador para transportarse. De acuerdo a la nueva medida de “pobreza de ingreso y tiempo” (LIMTIP por sus siglas en inglés), el estudio concluye que la población mexicana que no logra superar el umbral de la pobreza, sube de 43 a 60 por ciento.

La incorporación de los tiempos de traslado puede arrojar nueva luz sobre las privaciones que están ocultas detrás de las mediciones tradicionales de la pobreza. México está entre los países de América Latina que menos han reducido su tasa de pobreza en la última década, y donde más se ha concentrado el ingreso en pocas manos. Como explicaciones tradicionales se han manejado dos: la caída del salario real, y los nulos efectos redistributivos del sistema fiscal mexicano. Hoy se reconoce también el creciente “déficit de tiempo” como uno de los principales factores que impiden la movilidad social y propician la persistencia de graves brechas sociales.

En materia de “privaciones de tiempo”, la desigualdad afecta más a las mujeres. El bienestar de los hogares no solo depende del trabajo remunerado, sino también del trabajo no remunerado, realizado mayoritariamente por las mujeres, a quienes se asigna un rol tradicional de género al interior del hogar, que pretende optimizar el interés de sus ocupantes.

En un contexto de oportunidades limitadas, dos de cada tres mujeres no se incorporan al mercado laboral remunerado, sino que asumen de tiempo completo las responsabilidades domésticas y de cuidados, que incluyen “desmañanarse” cada día y hacer larguísimas colas para obtener los apoyos públicos asistencialistas en materia de alimentación, salud y educación, eufemísticamente denominados “canastas de resistencia para la población vulnerable”.

Las mexicanas que laboran fuera del hogar lo hacen en condiciones de discriminación (por ejemplo, ganan 16% menos que los hombres para trabajos iguales), y además, destinan una gran cantidad de tiempo adicional al quehacer doméstico.

Es necesario que nuestros gobernantes se preocupen de los pobres “ocultos”; es decir, de las personas y hogares con ingresos aparentemente arriba del umbral oficial de pobreza, pero no lo suficientemente altos para poder adquirir sustitutos en el mercado para sus déficits de tiempo.

La generación de empleo debe acompañarse de salarios dignos, menor duración de la semana/jornada laboral, y medidas de protección social como servicios de cuidado para niños, adolescentes, adultos mayores y enfermos.

Reducir el tiempo total de transporte a una hora máximo al día permitiría ahorrar unas 700 horas anuales a cada trabajador, tiempo que podría dedicar a otras actividades, remuneradas o no, lo que elevaría significativamente su calidad de vida personal y la de su familia. Esto requiere planeación urbana óptima, especialmente en vivienda, fuentes de trabajo, vialidades y transporte público.

Sin duda, la mejor de todas las medidas imaginables –y ya es posible gracias a las nuevas tecnologías– es la modalidad de “trabajo remunerado en casa”. Una creciente cantidad de puestos de trabajo en el gobierno y las empresas particulares podrían realizarse en casa, lo que beneficiaría a la sociedad en su conjunto, pues se descongestionarían de inmediato vialidades y transporte público. ¿O no cree usted?

Recomiendo la lectura de www.levyinstitute.org/publications/una-nueva-forma-de-medir-la-pobreza. Adicionalmente: “La pobreza de ingreso y tiempo en Buenos Aires, Argentina. Un ejercicio de medición de la pobreza para el diseño de políticas públicas” (Valeria Esquivel: 2014).

jesusalvarezgtz@gmail.com

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