Una septena de cintas tan gozosas como el pecado

La renuncia al Estado de Gracia probablemente define mucho más la condición humana que cualquier intento por apegarse a cualquier precepto divino, ya sea por su vocación inquebrantable de mundanidad o simplemente ante una impedida resistencia a la trascendencia espiritual (¿Meditación o Facebook?…hasta un lama o guía espiritual yogui dudaría con semejante encrucijada hoy en día). Como sea, es la antítesis de cualquier carácter beatífico lo que en realidad moldea y esculpe la identidad pública e individual de cualquier sujeto (a), pues siempre exhumaremos en remembranza sus actos orientados al error que a la virtud, tornándolos objetos de fascinación sociopolítica y cultural gracias a su gusto por aquello que los líderes doctrinales gustan de llamar “pecado”. Para criaturas de hábitos y surcos conductuales como nosotros, ese comportamiento contrario a todo credo religioso probablemente haga estragos en la imagen comunal de quien se regodee en ello (y en verdad ¿Quién no lo hace?), pero ofrenda magníficos especimenes a ser diseccionados por el cine, ya que en el proceso mundológico más atractivos y cercanos resultan los pecadores que los santos. Y ahora, en el espíritu de la Cuaresma en su recta final, valga una revisión de la explotación de estos inconfundibles rasgos terrenos a través de lo que el Papa Gregorio I enlistó como “Los Siete Pecados Capitales”, popularizados por Dante Alighieri en su “Divina Comedia” (y, claro está, por David Fincher en su filme “Se7en”) y perpetuados por el 7º Arte (¿7 pecados y el 7º Arte? No creo en las coincidencias…) en siete producciones que parecen tomar como base tales yerros morales:

SOBERBIA
San Agustín denominaba al orgullo como “el amor por la excelencia de uno mismo”, más cuando tal afecto sobrepasa la desmesura, ahora el idilio posee la faz de la soberbia. Este hibris, a través de su instrumentación con el factor conciencia en la cimentación de poderío ideológico, material y/o mental, está representado por un personaje de compleja poligonía psicológica y emocional: Michael Corleone (Al Pacino), un ser transferido de las filas de la legalidad a la cuasi deificación de su estatus criminal, donde desde su olimpo de ébano y Chateau Rotschild autogratifica su condición señorial con la supremacía que otorga la punta de una pistola. Basta con ver “El Padrino II” (Coppola, E.U., 1974) para verificar la práctica deshumanización de una figura que lucha por retener su identidad cuando ordena la ejecución de su hermano mayor ¿Qué factor impide su derrumbe interno? Una desmedida soberbia digna de un César romano.

ENVIDIA
Por supuesto, las bajas pasiones abundan en la cinematografía sobre el hampa, y la envidia encuentra un perfecto ejemplar en la cinta británica “Gángster No. 1” (McGuigan, G. B., 2000), sobre un prominente mafioso inglés (Malcolm McDowell) que recuerda su ascenso a la cima del poder criminal narrando en flashbacks su lucha por derrocar al entonces líder de las bandas camorristas (David Thewlis) de los 60’s. La distinción que se hace en la trama estriba en que su pugna por controlar el bandolerismo londinense no es por emular los aristocráticos fines filiales de los Corleone y saciar un apetito imperial, sino simplemente porque anhela con fervor enfermizo todo lo que Thewlis posee, arrebatándole todo con lujo de sagacidad y traición. La envidia al servicio de la ambición.

IRA
Sin arrebatos banales ni desgarre de vestiduras, “Oldboy” (Park. Corea, 2003) es un filme de ritmo furioso, tan furioso como su protagonista Oh Dae-Su (Choi Min-Sik) por haber sido secuestrado, confinado y alejado de su familia por varios años. Ahora es liberado y tiene 5 días para vengarse. Su rabia es controlada y precisa, pero equivale a un baño de sangre en pantalla. Cinta de brillantez histriónica y milimétrico diseño de personajes que la hacen un perfecto ejemplo de que toda catarsis siempre superará a la remilgada postura de contención y el Dalai.

PEREZA
La holgazanería y apatía por el cotidiano siempre se desdeña, pero para “The Dude” Lebowski (Jeff Bridges en icónico papel) de “Identidad Peligrosa”(Coen, E.U., 1998) son armas de contemplación cultural, pues a pesar de su desgano de participar laboralmente en la sociedad americana, ser perseguido por maleantes y activarse físicamente tan solo con los bolos y la agraciada Maude (Julianne Moore), “The Dude” es la figura heroica de los E.U. posmodernos sin tener que levantarse de su mullido sofá, erigiéndose como un héroe de calidad inerte.

AVARICIA
“La avaricia es buena”, dijo Gordon Gecko (Michael Douglas) en “Wall Street”(Srone, E.U., 1987), y tal expresión fue canon para Ken Lay, Jeff Skilling, Lou Pai y Andy Pastow , arquitectos en la vida real de uno de los fraudes empresariales más notorios de la economía gringa explorado a cabalidad en el documental “Enron: The Smartest Guys in the Room”(Gibney, E.U., 2005), donde su ambicioso control de mercados, desastrosa desregulación de energía eléctrica en California y desfalco de fondos de pensionados hacen ver al hurto nacional que padecemos ahora por obra y gracia de un Presidente con complejo de Elvis como el robo a una alcancía de niño. Tal vez una de las cintas de horror más efectivas de la historia por su escalofriante retrato de la impunidad.

GULA
La frase “comer hasta reventar” adquiere literalidad en la magnífica farsa “La Gran Comilona” (Ferreri, Francia / Italia, 1973), un filme que brota de los planteamientos de Pier-Paolo Passolini (“Saló”, “Decamerón”) sobre la decadencia humana y donde 5 personajes que simbolizan los ejes de la cultura occidental (un maestro, un cocinero, un juez, un coreógrafo y un piloto) se enfrascan en una hedonista ordalía alimentaria al pretender consumir un denso festín hasta morir. Una meditación aparatosa sobre la autodestrucción modernista pero con gusto gourmet. Bon appetit!

LUJURIA
“El Imperio de los Sentidos” (1976), de Nagisa Oshima, no solo celebra la concupiscencia como acto de liberación trascendental, sino además expone las posibilidades de la exploración corporal como genuino catalizador erótico, a través de una historia de época donde un hombre acaudalado (Tatsuya Fuji) tiene una relación de ardor y carne con una sirvienta (Eiko Matsuda), quien le muestra todas las posibilidades que el cuerpo puede brindar más allá del simple coito. Poética y memorable en su grafismo lujurioso.
Ahora, cinéfilos, a pecar con la mirada sin remordimiento…
NOTA: Las cintas mencionadas se encuentran disponibles en el C.C. Casa Jesús Terán.