¿Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen?

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

¿Qué es lo que hace posible que un hombre, un grupo, una familia o un partido político detente el poder omnímodo de una nación por años e incluso por décadas?

¿Será verdad que “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”, que “si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron están bien representados”, según frases que se atribuyen a Jovellanos y a Gandhi, respectivamente?

¿Por qué hubo un Hitler, un Stalin, un Mussolini, un Pinochet, un Papa Doc… o un Fidel Castro? ¿Qué abrió la puerta a tantos dictadores en América Latina igual que en otras partes del mundo? O, para no ir tan lejos en el tiempo y la distancia, cuestión de echarle un vistazo a la extensa lista de ex gobernadores de diverso signo político que, según lo publican varios medios de información, se encuentran en la mira de las autoridades judiciales y hacendarias.

¿Por qué la gente espera a que los malos gobernantes mueran, o terminen su administración, para tomar las calles y festejar, para denostarlos, a veces para hacer justicia o incluso para tomar revancha?

¿Por qué algunos gobiernos y gobernantes, de cualquier instancia y de todo nivel, pierden la legitimidad en el camino, tras haberse hecho del poder mediante un proceso aceptablemente democrático? ¿Por qué se vuelven contra la gente a la que dicen defender, por la que afirman trabajar, a la que presumen representar?

¿Por qué muchas veces en la ciudadanía pesa más el hambre que la dignidad, y el miedo es más grande que las aspiraciones y la vocación de libertad?

Éstas y otras interrogantes más vuelven a la mente de muchas personas ahora que ha muerto Fidel Castro, una figura controvertida pero de innegable influencia en la historia del mundo durante el último medio siglo; un hombre satanizado y glorificado por igual a lo largo de su vida y de su muerte, amado y odiado por compatriotas suyos, y cuya obra, por cierto, no es motivo de estas líneas.

En general, en todas las latitudes, muy pocas personas están dispuestos a renunciar a una existencia de relativa tranquilidad, aunque en ella la única abundancia sea de carencias, incluyendo la carencia de libertades; muy pocos ciudadanos deciden dejar atrás cierta comodidad para embarcarse en una lucha por mejorar sus condiciones de vida, aunque ello signifique incluso poner en riesgo su integridad o la de sus familias.

Las grandes mayorías, por indolencia o por temor, esperan que sea “el otro” el que haga algo, y a veces hasta se oponen a todo intento y a cualquier movimiento, y se alinean al lado contrario de su gente con tal de no arriesgar lo poquito que creen poseer: un mendrugo de libertad o un poco de pan, lo suficiente para sobrevivir.

A lo largo de la historia hemos visto, incluso como algo natural, esta dualidad de amos y esclavos, de siervos y señores, de patrones y empleados, de soberanos y vasallos. Muchas veces a la fuerza, y otras tantas por voluntad propia siguiendo tradiciones.

Sí que somos complejos los seres humanos. Y quizá la inacción encuentre su razón en la certeza de la propia fragilidad de la vida, de la exigua seguridad del empleo. Ése es precisamente el punto débil de los pueblos, que es a la vez el punto fuerte de quienes con toda osadía toman el poder y con gran desfachatez se sirven de él. Los que han encontrado el mecanismo para dominar, son quienes, como afirma el Papa Francisco, primero empobrecen a la gente y luego la convencen de votar por ellos para “rescatarla” de la pobreza, en un juego del que parecen no percatarse los empobrecidos, o peor aún, por comodidad participan en él conscientemente.

Resulta curioso, por utilizar un adjetivo, cómo millares de cubanos salieron a las calles de Miami para festejar la muerte de Fidel Castro, mientras millares en la isla desfilan llorosos antes los restos rindiéndole tributo. En medio, un grupo de mujeres, el de las Damas de Blanco, se mantiene firme en su lucha.

Mucho se ha escrito y habrá de escribirse todavía sobre este final de capítulo histórico que nos ha tocado vivir. Sin duda que cada quien tendrá sus propias respuestas a las preguntas que este hecho suscita y algunas de las cuales hemos planteado aquí. Concluyamos por ahora como iniciamos, con una frase definitoria, ésta de Jefferson: “Cuando el pueblo teme al gobierno hay tiranía. Cuando el gobierno teme al pueblo hay libertad”. En la necesaria utopía, lo deseable es desterrar el temor, y que cada cual cumpla con su parte.