Los pobres salvan la economía

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaDe acuerdo al más reciente informe del Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO), al menos seis de cada diez emprendedores se quejan de estar en manos de auténticos coyotes, eufemísticamente denominados “gestores”. Las propias dependencias federales, estatales y municipales, responsables de dispersar los recursos de apoyo a las empresas, designan gestores para facilitar trámites y la obtención de contratos. Quienes se han resistido a ceder a la extorsión han perdido oportunidades de negocio ante un competidor que sí utilizó influencias. Por cada dos pesos que la Procuraduría General de la República gasta en combatir la corrupción de servidores públicos, eroga cinco pesos en comunicar sus logros, según datos del mismo IMCO. Es difícil que el país crezca cuando la corrupción se ha convertido en un pesado lastre para la productividad de los empresarios y la competitividad del país (Foro Económico Mundial).

Por otra parte, de acuerdo a un estudio del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), la economía mexicana seguirá frenada por el recorte presupuestal del sector público, cuyo gasto corriente bajará uno por ciento el año próximo, y el gasto de inversión en infraestructura caerá 1.8 por ciento.

Ante el menor dinamismo en manufactura y construcción, se observa que el consumo privado es el sector que está impulsando la actividad en México. Viendo el comportamiento sectorial del Índice de Precios y Cotizaciones (IPC), siete de las nueve empresas que mejor rendimiento ofrecen pertenecen al sector comercial donde predomina sobre todo el componente de consumo básico: Gruma, Liverpool, Lala, Walmart, Alsea, Femsa y Kimberly-Clark.

Las cadenas comerciales que integran la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD) acaban de reportar un incremento real de 7.1 por ciento en sus ventas minoristas de octubre de 2015, comparado con el mismo mes del año pasado.

Si la generación de empleo formal dentro del país avanza lentamente (1.6 millones de empleos en casi tres años) y los salarios no crecen, ¿cómo es posible que el consumo privado aumente? Gracias al flujo de remesas que los mexicanos en el exterior envían a sus familias de escasos recursos, diseminadas en miles de colonias urbanas y comunidades rurales en toda la geografía del país. Se estima que el monto de las remesas rebase este año los 25 mil millones de dólares, el más alto de la historia. Además, las familias que reciben dólares se han beneficiado también de la devaluación del peso en alrededor de 30 por ciento.

El monto de las remesas más que duplica el presupuesto público destinado a los programas sociales. De esos parientes arriesgados y generosos depende que muchos mexicanos todavía consuman leche, huevo, pan, tortilla, jitomate, chile y cebolla, que puedan ataviarse con nuevas y mejores ropas, acicalarse y cuidar más su salud.

El único motor interno de la economía complementario a las remesas es el mejoramiento en empleo y salarios.

Sin embargo, México está entre los países donde más clara es la brecha entre los sectores educativo y productivo. Mientras más de la mitad de los egresados de bachillerato y universidad se encuentran desempleados, subempleados o desesperanzados, algunas empresas se quejan de no poder reclutar talentos o personas con habilidades clave (por ejemplo, inglés y tecnologías) en industrias altamente especializadas.

¿Qué debemos hacer para generar empleo formal, suficiente y bien remunerado? No deberíamos esperar la panacea de un sector coyunturalmente dinámico como el automotriz. Es cierto que el déficit petrolero del país se ha podido mitigar gracias a las exportaciones automotrices, pero llevan poco contenido nacional y escaso valor agregado. De hecho, la balanza automotriz se ha sobreestimado porque excluye varios insumos importados, como acero, aluminio y otros.

Tampoco debemos confiarnos sólo en los resultados del subsidio fiscal de 10 años para avanzar en la formalización de las microempresas (Régimen de Incorporación Fiscal).

Debemos insistir en la necesidad de construir un Estado de derecho donde no quepan la corrupción, la inseguridad y la impunidad. Un Estado donde las reglas para la competencia sean sólidas y transparentes. Un Estado donde el sistema educativo forme ciudadanos productivos, participativos y autosuficientes. Pero, sobre todo, urge atrevernos, como gobierno, a apostarle directamente a mejorar el peso de las rentas del trabajo a través de una política sostenida para la recuperación del salario mínimo. Esto permitiría aumentar el poder adquisitivo de los estratos más bajos, que tienen mayor propensión a gastar cada nuevo peso que reciben, lo cual dinamizaría de forma sostenida el mercado interno y nos posibilitaría avanzar hacia una sociedad con menos pobreza y desigualdad, es decir, más equitativa y justa.

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