Por Alejandro Hernández R.

Unas de las emociones mas agradables y fuertes de la tercera corrida de la Temporada Grande en la Plaza México, para el contado público que asistió al festejo, fue ver salir por toriles cinco ejemplares, cinco cinqueños y un cuatreño, con bigote, barba y astifinas arboladuras, procedentes de la ganadería zacatecana de José Julián Llaguno, en su retorno al albero capitalino, después de una prolongada ausencia de 20 años, siendo ovacionados los tres astados al saltar a la arena. Salvo el primero, que más se dejó, los demás han carecido de fondo de clase, fuerza y bravura, mientras el otro motivo de regocijo, lo firmó el joven matador de toros sevillano Gines Marín (vuelta y ovación), ante el primero de la tarde, que sirvió para confirmar su alternativa, fue el único animal que se prestó, efímeramente, para la ejecución del toreo. El español mostró una faceta artística y de buen corte, al dejar detalles sueltos que le fueron coreados, pero sin poder acceder a la ejecución de una faena ligada, compacta y armónica, integrada por pasajes sueltos pero intensos, que al final le redituaron con la única vuelta al ruedo de la tarde.

Por su parte, nuestro paisano Arturo Saldívar (al tercio y silencio), más resuelto, con mayor rodaje, se mostró tesonero, batallador, buscando en todo momento el triunfo grande, ante los toros que él mismo solicitó a la empresa estoquear, en tanto Juan Pablo Llaguno, fuera de sitio y con muchas precauciones, ha estado fatal con la espada, escuchando dos avisos y muchos pitos en su primero, en tanto con su segundo repitió la historia.

Aparte de ello, es muy escaso lo rescatable del festejo, donde imperó un clima gélido, nublado y una pobre, muy pobre entrada, con mucho menos de dos mil espectadores, que si bien, agradeció el esfuerzo del ganadero zacatecano José Miguel Llaguno en presentar una corrida compuesta con tres toros españoles, del encaste Jandilla y otros tres mitad español y mitad mexicano, todos con el trapío y seriedad debida en el embudo de Insurgentes, pero por desgracia sin contar con el buen estilo y bravura para permitir a los toreros obtener el triunfo grande, campeando el temperamento, la poca fuerza, la falta de reza, y el escaso fuelle para acudir tras los engaños.

Gines Marín con el toro de su confirmación de alternativa, ha tenido la fortuna de contar con el cariño del respetable, que le impulsó y le alentó, cuando el sevillano toreó en redondo sobre ambos perfiles, manteniéndose siempre al hilo del pito, dejando muy a su aire al toro, sin atacarlo jamás, rematando sus series con adornos de buen gusto, e intercalando suertes como las bernardinas y metido en tablas. Ejecutó la suerte suprema con limpieza, dejando la espada en las alturas, para que el respetable le sacara al tercio y le invitara a dar la única vuelta al ruedo en la tarde. Su segundo, que volvía en un palmo de terreno, le apretó tanto que propiamente lo entableró, viéndose algo comprometido. Quitó por ajustadas saltilleras, llevándose cerrada ovación. Mas en el último tercio, su enemigo tiró a defenderse, lanzando cornadas a diestra y siniestra, con derrotes ásperos y la cabeza por las nubes, protestando de continuo, mató al segundo viaje, acertando al primer golpe. Silencio.

El primer espada, el más antiguo del cartel, Arturo Saldívar, luego de la ceremonia de la devolución de trastos, con raza y haciendo valer su condición de todo torero ansioso de ocupar un privilegiado sitial en el escalafón, en primer término le correspondió un toro que de salida galopó y en el caballo demostró poder, pero también genio. Al principio del último tercio hizo concebir esperanzas, y más, cuando Saldívar tiro de él por el lado derecho, con mucha solvencia, surgiendo luminoso un bello cambio de muleta por delante, que fue todo un cromo, siendo aclamado por el poco público. Como el toro se vino abajo, Arturo le pisó los terrenos, aguantando los parones en el centro de la suerte estoicamente. Prosiguiendo con pases al natural con mucha firmeza, rematada una de las series con una arrucina, que bien firmaría su creador Carlos Arruza. Después de un pinchazo, dejó un espadazo trasero y tendido, para concluir saludando en el tercio. El cuarto, el menos del encierro,  segundo de su lote, fue el hueso del encierro, careciendo de un pase, malo y con mucho sentido.

En cuanto hace al queretano Juan Pablo Llaguno, consignaremos que se le vio carente de recursos, de entrega, de oficio, está bien que su lote fue el que menos opciones dio, pero no como para estar tan mal como lo estuvo. No fijó las zapatillas como era lo debido, y con las espadas, aparte de no tenerse confianza, su pésimo uso le redituó escuchar dos avisos en su primero, con fuertes pitos, mientras con el que cerró plaza, se volvió a repetir la historia. Aquella fue más que una tarde aciaga para el sobrino del ganadero, que de verdad, estamos de acuerdo que sus toros no fueron muy potables que digamos, pero sí los de mayor y más imponente armamento corneo, y mucho trapío.

Para hoy, en lo que será la cuarta corrida de la temporada, se  anuncia una corrida de la norteña ganadería de El Vergel, para la presentación del fino y elegante torero potosino Fermín Rivera, alternando con el tlaxcalteca Sergio Flores, completando el cartel el español José Garrido, que confirma alternativa.