Aquí no hay medallistas, sólo sobrevivientes.

Más rápido. Más veloz. Más fuerte. Esta condición atlética resulta indispensable si se busca perdurar en un ambiente hostil donde los artefactos y utensilios normalmente se destinan a eventos deportivos de inofensivos objetivos inmóviles y vigorosas pruebas de resistencia física para el destaque y adoración popular de sus ejecutantes. Pero cuando los roles se invierten y la anatomía humana adquiere la cualidad de un blanco, entonces se debe ser más rápido, veloz y fuerte, cualidades que forzosamente debe adquirir la potencial víctima cuando la punta de una flecha amenaza su integridad física. Por supuesto, estas barbáricas muestras de deporte extremo sólo se ejecutan en las ucronías que habitan en el cine, una muestra violenta y feroz de ficticias contiendas deportivas donde la presea máxima es la vida y el extenuante desempeño corporal que exige la evasión de mortales actividades de resistencia hace ver a cualquier Olimpiada como esos juegos de recreo que practicábamos en los recesos escolares.
Las circunstancias mediante las cuales una sociedad se ve orillada a celebrar un evento que se regodea en la salvaje laceración -e incluso exterminio- de congéneres en aras del entretenimiento solo puede entenderse en un contexto de hecatombe social, donde diversos acontecimientos de índole nuclear, armamentista, de régimen o natural afecta y colapsa cualquier sentido de civilidad y normatividad para que una comunidad perciba que su fracturado cotidiano solo adquiera sentido mediante un espectáculo enfermo bañado en sangre que valide su dañada psique (algo así como ir a los toros o peleas de gallos). Dicha actividad podría remitir inmediatamente a los enfrentamientos cuerpo a cuerpo que alentaron los diversos monarcas de la Roma imperial durante la época de los gladiadores, y básicamente ésa es la tesis de donde parten estos relatos cinematográficos pero con una contextualización futurista y preferentemente postapocalíptica, ya que tiempos difíciles implican entretenimiento difícil (para el participante, no para el espectador claro está), lo que a su vez funciona como justificación para que, en su mayoría, se nos presente en pantalla miles de ingeniosas y brutales formas de desmembrar a alguien en defensa propia. Este escapismo fílmico tuvo su fecha y auge, y resulta complicado que la generación actual, educada por Facebook , el reggaetton y “Crepúsculo” para su sensibilización secundaria, es decir, para compadecerse de elementos remotos o superfluos, logre empatizar con tan bestial esparcimiento… aunque le deban a estas producciones centradas en premisas de exterminio mutuo que existan unos “Juegos del Hambre”.
Se puede decir que la versión de 1932 de “King Kong” fue la causante de que el cine comenzara su fascinación por el esparcimiento iracundo, pues gracias al monumental éxito en taquilla y crítica de esta cinta con el gigantesco primate es que uno de sus directores, Ernest B. Schoedsack, pudo financiar su mas acariciado proyecto, una película sobre un desquiciado cazador que aprisiona a un grupo de personas para exterminarlas una a una cual safari humano con sus técnicas de trampero. La cinta se tituló “El Juego Más Peligroso” (también conocida como “El Malvado Zaroff”) y sugería una línea cruel y de negada antropocencia al desvalorar el sentido de la existencia cuando una persona es tan solo una presa que cazar. Un juego de gato y ratón donde uno y otro debe recurrir a su instinto e ingenio si desea sobrevivir. Este planteamiento será el basamento para otros filmes donde los protagonistas deberán subsistir en condiciones igualmente desoladoras y resulta interesante que esta noción posea tal atractivo incluso hoy en día (tal vez por ese fenómeno de exceso de inquilinos terráqueos llamado sobrepoblación), como lo atestiguamos en las cintas “Battle Royale” (Fukasaku, Japón, 2000), la cual se desarrolla en un escenario similar al filme de Schoedsack (una isla) que geográficamente confina a un grupo de estudiantes nipones para que se maten entre sí ¿La razón? Simplemente para el goce de los telespectadores asiáticos y además porque la comunidad estudiantil en ese país simplemente ha rebasado todo límite legislativo y del decoro, así que la creativa solución de las autoridades es orillarlos a una masacre recíproca. Una cinta que ya se ha consolidad como un clásico moderno por su ágil tratamiento del tema, atractivos personajes e interpretaciones sólidas, lo que no ocurre en “Los Condenados” (Wiper, E.U., 2007), tibia cinta protagonizada por el luchador Steve Austin quien interpreta a un prisionero condenado a muerte pero con una nueva oportunidad: combatir con otros 9 prisioneros en, adivinaron, una isla con cámaras de T.V. y el que sobreviva gana. Tan aburrida como suena, aunque al visionarla no pude dejar de recordar “El Sobreviviente” (Glaser, E.U:, 1987), entretenida sátira a la cultura de consumo y mediática ochentera (aunque escalofriantemente cercana a nuestro estilo de vida actual) estelarizada por el entonces imbatible Arnold Schwarzenegger dando vida a un policía injustamente acusado de provocar una matanza citadina y condenado a participar en el popular juego televisivo “The Running Man”, donde combatirá a diversos y extravagantes enemigos para obtener su libertad. El guión toma como base un texto de Richard Bachman (alias Stephen King) y maximiza sus cualidades irónicas para conjurar un entretenido filme de hilarantes excesos ochenteros y uno que otro chascarrillo del bufoncillo en spándex Schwarzenegger.
Claro, estos ejemplos reflejan la atmósfera imperial romana a la que aludí hace un par de párrafos, por lo que cabe preguntarse ¿Y si a esta deshumanizada actividad se le estructurara en base a reglas? Pues tal cavilación vio la luz en 1975, cuando dos cintas estrenadas ese año manifestaron las posibilidades de una competición popular y multitudinaria que se rige en demenciales estatutos y reglamentos: “Rollerball” (Jewison, E.U.) y “Carrera Mortal 2000” (Corman, E.U.). La primera ingresa en los parámetros de la legitimidad al momento en que es amparada por la MGM y con una estrella del calibre de James Cann como protagonista en una historia sobre este deporte que mezcla la lucha en patines con la grecorromana pero donde todo vale, incluso el uso de armas e instrumentos punzocortantes. La segunda entra en los cánones del cine “B” una vez que su creador fuera Roger Corman, y su estilo y presencia se aúnan a una delirante trama sobre un futurista entretenimiento llamado “Carrera Mortal”, una competencia automovilística con vehículos modificados para asesinar a transeúntes con el fin de ganar puntos…efectivamente, el puntaje y subsecuente victoria por acumulación del mismo se deriva en el atropellamiento impune de peatones (como se imaginarán, los niños, ancianos y parapléjicos son los de mayor valor). Un filme de culto revalorado tanto por su reparto (David Carradine y..¡Sylvester Stallone! como rivales a muerte) como por el fútil remarke con Jason Statham hace unos cuantos años. A estos esfuerzos se le anexan “Deathsport / Deporte Mortal”(1978), dirigida nada menos que por tres adorables orates del cine basura: Allan Arkush, Nicholas Niciphor y, por supuesto que sí, Corman de nuevo, obsequiándonos un título indispensable del formato Beta donde la variante eran las motocicletas diseñadas para dañar la integridad física de sus conductores y una producción ochentera: “La Sangre de los Héroes” (Peoples, E.U., 1989), cuyos estelares eran Rutger Hauer y Joan Chen (efectivamente, la misma de “El Último Emperador”) quienes combatían en un desértico entorno por, adivinaron, sobrevivir en un juego de enfrentamiento corporal semejante al rugby pero con un cráneo humano en lugar de ovoide.
Por supuesto, la atención mediática y de la audiencia estará ahora concentrada en el estreno de la más reciente película sobre la arquera enamorada de un panadero que busca liberar a su pueblo de una distopía muy a la Disney, por lo que estos filmes representan el competidor antagónico que la conciencia decantada por espectáculos pueriles como éste ahora identifica como el cine de contenido atlético mortal. Sea como fuere, que gane el más rápido, el más grande y el más fuerte.

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