Los jóvenes merecen mejor futuro

Por: Jesús Álvarez Gutiérrez

En México sucede algo excepcional: somos uno de los pocos países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) donde a mayor escolaridad corresponde una mayor probabilidad de estar desempleado. Efectivamente, de acuerdo a la Encuesta Mensual de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi, la tasa de desempleo entre egresados universitarios es más del doble de la tasa global de desempleo de toda la población económicamente activa (PEA). Si esta tendencia se consolida, la educación perdería uno de sus propósitos fundamentales: ser un vehículo de movilidad social.

Otro estudio de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social revela que en México sólo dos de cada diez personas con estudios superiores trabajan por cuenta propia o inician una empresa; el resto son trabajadores subordinados. El perfil de los egresados universitarios les hace buscar un empleo estable en lugar de concretar una idea de negocio. Que los profesionistas sean poco emprendedores es resultado de múltiples factores; de manera importante influye el tipo de formación que les proporciona el sistema educativo: desde la educación básica a la superior, el currículum sigue siendo teórico y memorístico, se enfatiza el saber antes que el hacer; incluso los egresados mexicanos de ingenierías no aprenden a “diseñar” sino a “administrar”. Los universitarios que muestran mayor capacidad de innovación y creatividad siguen siendo los arquitectos y los de disciplinas artísticas, como los músicos, pintores, escultores y literatos.

Como México le ha apostado a un modelo de desarrollo económico que se apoya demasiado en la atracción de maquiladoras trasnacionales, altamente automatizadas, resulta que los espacios para egresados universitarios son muy limitados y, con el avance de la tecnología, escasearán más todavía en el futuro. No empata, pues, el sector educativo con el sector productivo.

El modelo dual alemán funciona porque en cada ciudad los jóvenes trabajan en empresas que atienden problemas de la comunidad (energías alternativas, basura, agua, drenaje, vialidad…) y reciben en la escuela la parte de teoría que soporta su quehacer. En México hemos hecho una imitación muy pobre de este modelo, pues a los estudiantes se les reconocen unos créditos académicos por acudir a un centro de trabajo donde, en realidad, se convierten en mano de obra gratuita.

México sigue desperdiciando su bono poblacional. Aunque tiene 30 millones de jóvenes entre 16 y 30 años, al menos uno de cada cuatro se encuentra sin trabajo y ya no estudia. De los jóvenes que trabajan, el 70 por ciento se encuentra en el subempleo, por debajo de los niveles educativos que cursaron; un 87 por ciento percibe remuneraciones bajas; y sólo 1.5 por ciento ha logrado emprender un negocio propio (OCDE 2013).

Muchos de los desempleados y subempleados viven con sus padres y a costa de ellos, pero otros están en riesgo de exclusión social y de caer en brazos del crimen y la delincuencia organizada. El trabajo bien remunerado es escaso y el estudio les parece poco atractivo y útil para obtenerlo.

En este sentido, los ganadores de la medalla Lorenzo Servitje al “emprendedor joven” en los años 2013, 2014 y 2015 coinciden en denunciar otros obstáculos: las líneas de crédito bancario son caras y exigen muchas garantías, las grandes empresas no cumplen con las fechas de pago, y la corrupción en todos los niveles de gobierno no ha podido ser frenada.

Estos mexicanos, que tienen en común la creación de empresas de alto impacto social, han resentido la falta de capital a la que se refiere el FMI cuando señala que nuestro país tiene “una brecha de intermediación financiera de alrededor de 40 por ciento del PIB”. El crédito bancario es apenas un cuarto del nivel observado en otros mercados emergentes como Brasil. La mayoría de las empresas se financian de sus proveedores. La banca de desarrollo no ha podido compensar la poca disponibilidad de la banca comercial, que funciona con todos los vicios propios de un mercado oligopólico.

Como sociedad y como gobierno debemos consolidar un nuevo paradigma mucho más favorable a la cultura empresarial, ya que si un joven pone en marcha un negocio y éste empieza a crecer y dar frutos, se convierte en pieza estratégica para el desarrollo de su comunidad.

Sin contar el comercio informal, hay seis millones de pequeños negocios —generando buena parte del ingreso nacional y los empleos— que apenas sobreviven, sin ningún subsidio público, y en cambio son lastimados por vivales, enormes cargas impositivas y extorsión. Es la hora de establecer políticas públicas de apoyo y acompañamiento a nuestras micro y pequeñas empresas, con cero regulación, bajos impuestos, financiamiento oportuno y mucha capacitación, profesionalización y certificación.

La clave está en los jóvenes, con o sin título universitario. Merecen que los empujemos a emprender. Corresponde a ellos lo que en el mundo se conoce como “innovación disruptiva”, es decir, que se arriesguen a crear nuevos productos y servicios, o bien a disputar el mercado a las compañías tradicionales dominantes, a partir de una mejor relación precio/beneficio, como fue el caso de Ubero iPhone.

El arribo de nuevos jugadores en Aguascalientes puede darse en áreas tan prometedoras como la educación, la salud, el turismo y la generación de conocimiento, contenidos y aplicaciones.

De aquí la importancia de iniciativas como el Foro sobre Juventud que organizó este fin de semana la Asociación Civil “Para que tú avances” y la “XXX Muestra Emprendedores” de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

jesusalvarezgtz@gmail.com

http://heraldo.mx/tag/ciudad-viva