Son astronómicas las figuras antagónicas que han desfilado por las pantallas en la igualmente vasta historia de la cinematografía, pero una en particular embelesa por su condición única de subversión, ya que parte de una profesión que emana nobleza y desinteresada entrega al cuidado de la especie humana pero que a través del otro lado del espejo fílmico puede destripar sin recato todos los loables preceptos en que fundamenta su oficio: el médico, inmaculada figura que exuda autoridad y academismo, pero como por cada apóstol hay un apóstata, este constructo cultural de pacífico remanso para el sosiego biopsiquesocial tuerce su pericia y sapiencia sobre un cuerpo y los órganos que lo componen para mutilarlos, maltratarlos y/o perjudicarlos con diversos fines, siendo el principal entretener con su indecente y violento despliegue de conocimientos anatómicos a un público apetente de erosión en sus componentes urbanos más antisépticos, y un médico profanando tumbas, diseccionando cerebros impunemente o simplemente mancillando sus níveas vestimentas con hemoglobina de pies a cabeza cumple a la perfección esa representación de trastocado placer, algo que jamás podrá lograrse con otros practicantes de profesiones más perversas o insidiosas como abogados, políticos o columnistas de cine.
En un inicio, la versión oscura de la figura médica parecía limitar su mal praxis a dos vertientes disímbolas en su ejecución pero que conducía a fines similares generalmente teñidos de relativa tragedia. La primera aludía a los desquiciados intentos de sus protagonistas por generar avances científicos a costa de los ya conocidos experimentos con miembros post mortem que sólo acarrearán la inevitable reprobación moral y comunal con subsecuente persecución, como en “El Terror Verde” (Kellino, E.U., 1919); “La Obsesión de un Sabio” (Worsley, E.U., 1922), con una prodigiosa interpretación de Lon Chaney quien hace honor a su mote de “El Hombre de los Mil Rostros” encarnando tanto a un cirujano demente como a su simiesco ayudante, producto de su primer experimento; “El Monstruo” (West, E.U., 1925), una vez más Chaney haciendo de las suyas pero ahora en el manicomio local; “El Doctor Jekyll y Mr. Hyde” (Mamoulian, E.U., 1931), inmortal parábola sobre la emancipación de nuestros aspectos primigenios con una irrepetible interpretación de Fredrich March y “Los Crímenes de la Calle Morgue” (Florey, E.U., 1932), donde Bela Lugosi rapta bellas jovencitas con el sano propósito de inocularles sangre de mono… no pregunten. En la segunda, el desvío de las bienintencionadas acciones de los galenos brota de una fractura en su brújula emocional, orillado por circunstancias catastróficas a quebrantar su virtud en pro de un bien mayor, aún si el fin no justifique los medios, tal como sucede en la atmosférica y brillantemente ejecutada “Las Manos de Orlac” (1935), beneficiada por la matemática dirección de Karl Freund y de un Peter Lorre soberbio como el médico obsesionado por una bella pianista a quien salva la vida al trasplantarle sus dañados manos por las de un asesino, con los esperados resultados o en “El Baúl Macabro” (1936), un logrado trabajo del director Miguel Zacarías que narra el desesperado intento de un doctor (René Cardona) por salvar la vida de su esposa agonizante al suministrarle sangre sustraída de mujeres que él asesina para tal fin (en el apartado nacional, destaca también “Herencia Macabra” -1940-, uno de los pocos trabajos del cineasta José Bohr en el género de horror con un Miguel Arenas que aprovecha sus conocimientos médicos para desfigurar a sus enemigos), así como también “Viernes Negro” (Lubin, E.U., 1940), con la legendaria dupla de Lugosi y Boris Karloff en un relato que bordea la ciencia ficción sobre un trasplante cerebral de emergencia que trae consigo nefastos resultados.
Mientras que el científico enloquecido sólo busca saciar su narcisista necesidad de superar a Dios en su juego, el médico loco posee aristas psicológicas más complejas y, como se puede apreciar, rebosantes en motivaciones sentimentales para su proceder, por lo que suelen ajustarse a un modelo de moraleja sobre los peligros de la ética tergiversada. Tal alegato encuentra un culmen en la fascinante producción francesa “Los Ojos Sin Rostro” (1960), un tapiz de contradicciones donde el sadismo y la ternura conviven gracias a la dirección de Georges Franju, quien orquesta la horrenda y sublime historia de un cirujano consagrado a la reconstitución facial de su desfigurada hija. La cinta, de macabra imaginería y predecesora directa de la cinta de Pedro Almodóvar “La Piel que Habito”, no recurre a los lugares habituales del género para brindarnos un filme sin salidas fáciles y muchos niveles de lectura. Desafortunadamente no todas las producciones han seguido este paso y la estampa del galeno ominoso se ve relegado con frecuencia en las callejuelas desdeñadas del cine “B”, alternando brutalidades dispensarias baratas que, sin embargo, son reverenciadas en los altares del culto como “El Cerebro que no Quería Morir” (Green, E.U., 1962), “La Horripilante Bestia Humana” (Cardona, México, 1969) o “Dr. Bisturí” (Coto, E.U., 1992) con filmes de humilde factura pero de desenfado contagioso como la hilarante saga de “Re-Animator”.
Por lo tanto, un servidor prescribe una dosis de estas producciones cada 12 horas por varios días y tenerlas presentes en una futura auscultación médica ya que puede erogar en una experiencia interesante, sobre todo si su médico de cabecera ominosamente le pide con sonrisa sospechosa que recline la cabeza, cierre los ojos y diga “Aahh…”.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com