Seguramente cuando Thomas Alva Edison, precursor de los hermanos Lumiére con su popular “Kinetoscopio´´ -rebautizado por el pópolo como…“Nickelodeon´´-, le negó en su momento el derecho de uso a productores y directores independientes de tan atractivo artefacto, jamás imaginó que estaba propiciando el movimiento independentista cinematográfico, nicho donde la línea de pensamiento radical y progresista eran las puntas de lanza para la transformación y evolución del lenguaje fílmico a través de historias tangenciales a la sensibilidad industrial de Hollywood y audaces en su tratamiento visual y narrativo. El cine independiente ha parido tanto amorfas interpretaciones de los convencionalismos diegéticos del cine como genuinos adalides de las nuevas formas y propuestas audiovisuales, siendo éstos últimos la voz que renueva nuestra preconcepción del cine de autor. O, en el caso de los hermanos Coen, voces. Estridentes y dignas de nuestra atención.
Joel e Ethan Coen, oriundos de St. Louis Park, Minnesota, pertenecen a esta camada de creadores cinematográficos cuyo rasgo fundamental en su proceso creativo reside en la más inadulterada y diáfana cinefilia (Otros ejemplos: Martin Scorsese, Jean Luc Godard y Quentin Tarantino). Su afición por las estructuras dramáticas y plásticas circunscritas en los filmes norteamericanos de las décadas de los 40’s y 50’s ha consolidado su línea idioléctica puesto que no se limitan a observar los mecanismos que accionan los detonantes de trascendencia en las cintas de aquella época para cimentarse como clásicos, sino que además los filtran en un proceso honesto de conciencia para culminar en una película donde los referentes son igual de importantes que su discurso. En un filme de los Coen, la suma de las partes adquieren el mismo valor que las partes en sí.
Joel e Ethan trabajan de forma simbiótica en todo el proceso creativo (guión, producción y dirección), fusionándose en una entidad bicéfala de mirada unificada donde su capacidad de desacralizar y revalorar los principales sustentos meméticos de la cultura estadounidense puntualizan y exacerban las carencias del norteamericano promedio, su principal objeto de estudio.
Todo comenzó con un modesto thriller, por supuesto independiente, titulado “Simplemente Sangre´´, producción de 1984 estelarizado por la futura esposa de Joel, Frances McDormand, donde la venganza es el personaje principal y la decadencia en un Texas polvoroso y rural, su personaje secundario. Esta atmosférica cinta pone en evidencia todas las influencias sensoriales y fílmicas de estos hermanos (Hitchcock, Godard, el Cine Negro, etc.), pero ejecutadas con sobriedad y pericia, lo que les abrió las puertas de inversionistas de grandes ligas para financiar futuros proyectos.
“Educando a Arizona´´ (1987) patentizó la ácida y satírica perspectiva del consanguíneo dúo al mofarse abiertamente de la “basura blanca´´ que puebla los suburbios norteamericanos en una parábola sobre los peligros del conformismo donde el ex-convicto Nicolas Cage (cuando todavía actuaba) y Holly Hunter deciden raptar un bebé de una pareja que recién concibió quintillizos para formar una familia. De forma hilarante surgen cuestiones de índole moral, ética y la aparición de una figura en motocicleta de cualidades infernales.
Este ejercicio casi demencial muestra un desenfado en el manejo de la cámara que se repetiría en “El Apoderado de Hudsucker´´ (1994), una cinta por demás frenética y estilizada que bien podría considerarse como un filme anti-Capra, ya que muestra el lado oscuro del Sueño Americano con un personaje incompetente que alcanza el éxito (el fabuloso Tim Robbins) para estrellarse estrepitosamente ante las maquinaciones capitalistas de un poderoso empresario (Paul Newman) en la década de los 40’s. Una delicia ocular y mental.
La madurez en su retórica cinematográfica se puede detectar en aquellas cintas que poseen una sensibilidad semejante a la europea, donde la introspección, la intelectividad y profundos símbolos de lectura cultural y social erogan en filmes considerados clásicos modernos, como: “De Paseo a la Muerte´´ (1990), una microsaga gansteril de época y bellamente fotografiada que inicia la asociación de los Coen con el excelente actor John Turturro (quien debe añorar ésta época y renegar de su participación en abono de celuloide como “Transformers´´ y secuelas); “Barton Fink´´ (1991), poderosa y magistral elegía sobre la creatividad y el arte mismo teniendo como personaje catalizador la guionista del título (Turturro de nuevo) y su relación con la desesperanza, una mujer y el mismísimo Satán (¿Detectan ya el patrón?); “Fargo´´ (1995), “El Hombre que Nunca Estuvo´´ (2001), “Sin Lugar Para los Débiles´´ (2007), “Un Hombre Serio´´ (2009), “Temple de Acero” (2010) y “Balada de Un Hombre Común” (2012) funcionan como un grupo de narrativa contenida que dimensiona la experiencia del relato cultural norteamericano desde diversas perspectivas y sentidos, ya que tocan puntos sensibles del cotidiano de la Norteamérica oscura, sin esperanza y sumida en su hoyo existencial.
Para contrarrestar tal ominosidad, los Coen también dirigen comedias: “Identidad Peligrosa / El Gran Lebowski´´ (1998), formidable ejercicio lúdico de grandes cualidades semióticas con un personaje principal encarnado icónicamente por Jeff Bridges que ha pasado a las filas del culto obligado; “¿Donde Estás, hermano?´´ (2000), jocosa adaptación del Ulises de Homero (el griego, no Simpson) en el segregado sur americano de los 30’s, “Quémese Después de Leer´´ (2008), sobre las paranoias tanto pueblerinas como gubernamentales de nuestros esquizofrénicos vecinos del norte y más recientemente “¡Salve, Cesar!” (2016), la reflexión que de estos terribles hermanos ya faltaba sobre el mundo de la creación cinematográfica tomando como punto de partida la mirada nostálgica, algo ya habitual en su discurso.

Nota: Los filmes mencionados se encuentran disponibles en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán

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