COLUMNA CORTE 1Estamos ante la propiedad de Marvel más desventurada en lo que a adaptaciones fílmicas se refiere, pues todas y cada una han sido víctimas de la incapacidad de guionistas / directores / actores por localizar aquellos puntos de interés que los personajes y su extensa historia pudieran tener para el público en general, allende a los contumaces geeks que parafrasean cada diálogo o refieren sagas concretas de este cuarteto creado por Stan Lee y Jack Kirby hace más de 50 años. Desde Roger Corman, quien produjera y orquestara uno de sus mayores despropósitos cinematográficos (y estamos hablando de aquel chambón codicioso que dirigió en tres días cintas delirantes como “El ataque de las sanguijuelas sangrientas”, entre otras exquisiteces serie “Z”), adaptando en 1994 dicho cómic sin intención de estrenarlo en cines, pues sólo quería permanecer con los derechos de los personajes hasta aquella dupla de cintas dirigidas por el mezquino Tim Story, que se conformaron con un sentido del humor pueril cercano a subnormal y actuaciones de pasmoso patetismo; pudiera suponerse que a la cuarta, más por factura de los hados ante el número cardinal del esfuerzo que al mero azar, bien podría ser la vencida. Y no fue así. La nueva iteración que se encuentra en cartelera es un pastiche de elementos que en nada se relaciona con un proceso creativo, pues muy sonados fueron los problemas que se suscitaron tras bambalinas, al punto de manifestarse como cabales disputas verbales entre el joven cineasta Josh Trank y la 20th Century Fox, siendo el primero tildado de incompetente en su habilidad como director y tirano por su manejo despótico con su cuadro de actores, mientras que el poderoso estudio manipuló el guión a su antojo y, al no sentirse satisfecho con el resultado, dictó el añadido de nuevas escenas filmadas sin consentimiento de Trank. El resultado es una historia disipada que adolece fuertemente de rigor estructural (particularmente durante el segundo acto) y un desarrollo de personajes nimio, inconexo y banal. La trama, básica y exclusivamente el origen de estos superhéroes, es de suponer ya forma parte de la cultura pop, aún si esta versión posee algunas alteraciones: Reed Richards (Miles Teller), un jovencito genio que ha dado con la clave para traspasar dimensiones, es contratado por el científico Franklin Storm (Reg E. Catney) para que perfeccione su teoría y logre construir una máquina que permita el paso interdimensional. Así, junto a Ben Grimm (Jamie Bell), su mejor amigo, los hijos del profesor Storm, Sue (Kate Mara) y Johnny (Michael B. Jordan) y un ambicioso joven llamado Victor Von Doom (Toby Kebbell) logran concretar su esfuerzo y franquean la frontera dimensional con peculiares resultados, pues adquieren superpoderes. Y con esto tenemos todo el arco dramático del filme, pues a pesar de que se sugieren algunos conceptos interesantes (alusiones al horror corporal marca David Cronenberg o guiños mediante diálogos a lo que pudo ser una dinámica coherente entre los personajes), todo se decanta con estrépito y pocos resultados satisfactorios, ya que la historia jamás despierta algún tipo de interés, la exposición psicológica de los protagonistas brilla por su ausencia y todo problema que pudiera producir la premisa queda en nada, todo gracias a una cocina donde hubo demasiados cocineros, demasiadas malas decisiones y poco interés por insuflar vida a perennes iconos del cómic. Resulta fútil procesar un juicio a este desorden, pues la cinta son atisbos a lo que un director y sus omnipotentes amos deseaban como producto final, así que todo queda en manos del espectador, quien decidirá si este filme trasciende de alguna manera o será otro pie de página en la memoria colectiva como un proyecto que se desmorona ante nuestros ojos y que pudo ser algo… fantástico.
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