Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En el ámbito escolar se denomina “caballito de batalla”, con el debido respeto y con gran admiración, al alumno que es bueno en todas las asignaturas: matemáticas, español, ortografía, historia, ciencias naturales y en otras materias. En tal virtud, cada vez que hay un concurso a nivel zona, región o estado, es el que siempre representa a la escuela donde estudia. Por cierto, no pocos maestros atienden en forma esmerada a estos alumnos con el fin de que estén prestos, en el momento que se les requiera, para representar o defender el prestigio de su escuela. De manera que cuando hay un concurso y uno de estos alumnos obtiene el primer lugar, su escuela organiza (preferentemente un lunes a la hora de honores a la Bandera) acto especial para “resaltar el alto prestigio de la escuela y la calidad educativa que se brinda en ella, toda vez que el alumno (…) obtuvo el primer lugar en el concurso”. Por tal motivo, el director, los maestros y los padres del alumno, se sienten orgullosos.

Es plausible que uno o dos alumnos de cada escuela, “los caballitos de batalla”, sean muy buenos en sus aprendizajes; sin embargo, sería mucho mejor que todos los alumnos del plantel resultaran buenos en sus aprendizajes, pues ello reflejaría que todos fueron atendidos con diligencia, con interés y con eficacia; y porque, además por elemental justicia, todos tienen el derecho de ser atendidos con la mejor educación. En la Olimpiada del Conocimiento sucede algo similar. En esta evaluación que anualmente se aplica a los alumnos del sexto grado de primaria, el objetivo es seleccionar a doce o catorce de los mejores alumnos del Estado, a “los caballitos de batalla” que tendrán la oportunidad de ir a la Ciudad de México para saludar al Presidente de la República. La Olimpiada del Conocimiento tiene la virtud de evaluar el nivel de aprendizaje de los alumnos del sexto grado en todas las asignaturas que cursan; pero tiene la enorme desventaja que solamente importa seleccionar a doce o catorce de ellos; en cambio, el 99.99% restante no interesa. Esta forma de seleccionar a los mejores alumnos ha contribuido en la pérdida del verdadero sentido de la educación que se imparte en las instituciones. El aprovechamiento escolar de un alumno tiene su valor específico, pero él sólo no puede ni debe justificar el aprendizaje de los demás educandos; por lo que es altamente deseable que se tenga bien claro que en un plantel educativo importa que todos los alumnos aprendan y que aprendan bien.

En una escuela primaria, “el caballito de batalla” generalmente tiene calificaciones que fluctúan entre 9.8 y 10; los demás alumnos tienen calificaciones de 5, 6, 7 y uno que otro 8; y en la Olimpiada del Conocimiento se reflejan estos mismos comportamientos; de 26 mil alumnos que presentan exámenes, 130 aproximadamente obtienen calificaciones de 8, 9 y 9.4; el resto (25 mil 870) tiene calificaciones de 3, 4, 5 y 6. Y lo más grave del asunto: todos (maestros, directores, supervisores, autoridades educativas y padres de familia) se dan cuenta de estos niveles de aprendizaje y poco o nada hacen para  superar las deficiencias detectadas, como si fuera una fatalidad que las cosas así tienen que suceder. Con el ánimo de que mejoren, en parte, los aprendizajes de todos los educandos, sería recomendable que en la Olimpiada del Conocimiento, en lugar de aplicar exámenes para seleccionar a unos cuantos, que todos los alumnos del sexto grado presenten exámenes y que se promedien las calificaciones de todos los alumnos por escuela y de éstas, las que obtengan los promedios de calificación de 8 en adelante, sean las que tengan el derecho de elegir (de mayor a menor) a los alumnos más destacados para que  asistan al saludo presidencial. No es la solución mágica, pero en algo contribuiría para elevar los aprendizajes de todos los educandos, ya que todos participarían y aportarían con sus calificaciones. Desde luego, se supone que para obtener buen promedio, por escuela, se tendría que atender a todos con esmero. Sin embargo, la gran solución para mejorar los aprendizajes de la escuela singular radica en que maestros, director, supervisor, jefe de sector, padres de familia y autoridades educativas, coordinadamente brinden el mejor servicio a todos los alumnos del plantel para que adquieran y desarrollen conocimientos, habilidades, destrezas y valores. Es encomiable contar en las escuelas con “caballitos de batalla”, pero es mucho mejor lograr que todos los alumnos aprendan para que estén en condiciones de enfrentar con éxito los retos de la vida.