Saúl Alejandro Flores

Estimados lectores, recordarán que la semana pasada escribí sobre el papel que la ciencia y tecnología, así como la innovación desempeñan en el sector agua, además de la visión y prácticas que imperan en la forma de concretizar la política científica y tecnológica, así como las observaciones que transcribí del investigador cubano Jorge Núñez Jover, respecto a lo que podríamos denominar los cercos que se tienden para aprovechar la ciencia y la tecnología en beneficio de cotos, países o personas. Lo anterior, es sabido que propicia rezago y lo que se denomina subdesarrollo.

México como algunos países no destacan en el desarrollo e implementación de tecnología propia, porque se vive una realidad peculiar al adquirirse en efecto lo que no existe y que no siempre es óptimo, hay casos en que ya se ha desarrollado algún invento o mejora, pero nadie lo toma en cuenta, y esa patente se vende al extranjero, para luego volver con las condiciones impuestas por corporativos extranjeros.

Además de la generación de tecnologías, esta situación se presenta en el rubro de la innovación. Por ello es imperante crear un sistema nacional en el sector agua que cubra innovación, ciencia y tecnología, no sólo la que desarrolla el IMTA (Instituto Mexicano de Tecnología del Agua) institución que respetablemente aporta mucho, pero no puede ni debe coptar todo, debe ser complementada por otras instituciones o grupos, ello sería muy sano. Incluso considerar redes regionales y locales, en este sentido ANEAS (Asociación Nacional de Empresas de Agua y Saneamiento) ha sido una impulsora eficaz, pero insisto aún falta por cubrir otros rubros.

Si analizamos sobre la innovación encontramos que la discusión suele concentrarse en un perfil reducido de temas: competitividad, hightech, ventanas de oportunidad, exportaciones. El problema de la innovación debe abarcar muchos otros aspectos y demandas sociales, en particular debe atender la satisfacción de las necesidades humanas básicas.

No se puede discutir de innovación sin debatir sobre el “escenario social deseado”. Ese debate es el que define los macro objetivos sociales en relación con los cuales es que deben establecerse las decisiones en ciencia y tecnología. Una vez definido estos satisfactoriamente, entonces las políticas en estos campos tienen que hacerse corresponder con la estrategia social y económica diseñada.

La política científica y tecnológica tiene que favorecer la “integración social” es decir, la capacidad de innovación debe colocarse en relación con un perfil de demandas que privilegie el aumento de los bienes de consumo de masas: vivienda, educación, salud, alimentación, transporte y servicio público de agua. En todos esos campos hay mucho trabajo de innovación qué realizar y la mayoría de los caminos tecnológicos están por construirse. En el sector agua esto es imperante, porque la marginalidad social y ambiental está presente en grupos vulnerables, de ahí que urge una integración social y ambiental.

El Estado debe tener un papel fundamental en el proceso de reducción de las desigualdades sociales y fortalecer el rol de las empresas menores para fomentar el empleo.

La clave de toda la discusión sobre las políticas está en la búsqueda de una relación adecuada entre innovación y desarrollo social y no en la innovación por sí misma. Por ello conviene hablar de innovación social y ambiental, que conecta los cambios tecnológicos con mutaciones sociales e institucionales. En otras palabras, la discusión sobre innovación debe contener una dimensión política fundamental. El concepto de innovación social explicita que la innovación involucra todo el tejido social y no sólo algunos actores económicos. También subraya los valores en juego: ciencia y tecnología para qué y para quién.

Con frecuencia las políticas públicas en ciencia y tecnología tienden a perder de vista su condición política y a presentarse como un asunto de estricta racionalidad técnica, omitiéndose así el debate sobre los valores y los fines sociales. Todo se reduce al tema del mercado, la competitividad y se asume que la globalización no deja opciones para escoger: hay una fórmula, la de los países industrializados, que sólo resta aceptar y aplicar. Esa fórmula, además, es presentada en su versión para el consumo de los países subdesarrollados donde se introducen mitos como el de la desregularización estatal que en materia de ciencia y tecnología es especialmente falso.

En conclusión me atrevo a aseverar que más allá de la visión social de la que nos habla el autor Núñez Jover, requerimos, una integración llamémosle humana y ambiental, es decir que involucre al agente, al colectivo y por supuesto al entorno, si la innovación parte desvinculada de esas tres líneas, humana, social y ambiental, estaría destinada a ser coptada por grupos de control y manipulada, utilizando los esquemas legales, en consecuencia matizaría las desigualdades sociales, que se traducen en pobreza y por supuesto en degradación ambiental. Vale la pena agregar que una innovación propia, puede estimular el crecimiento económico, desarrollo de nuevos potenciales locales y por supuesto sería un instrumento que en conjunto con las políticas y una adecuada gestión puede contribuir a garantizar el derecho humano al agua.

La innovación en el sector agua requiere un impulso natural y replanteamiento, o bien de un redimensionamiento en su concepto, buscando la integralidad y la transversalidad, lo anterior puede permitir que en México y Aguascalientes el agua nos alcance.

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