Luis Muñoz Fernández

 Uno de los elementos que permiten distinguir a los países desarrollados, que proporcionan niveles razonables de calidad de vida a sus ciudadanos, de aquellos que todavía se encuentran en distintas etapas de desarrollo (incluyendo a los países más primitivos), en los que existen grandes desniveles sociales y económicos, es la contribución que hacen la ciencia y la tecnología a los mecanismos de satisfacción de las diferentes necesidades de la sociedad.

                       

Ruy Pérez Tamayo. Historia de la ciencia en México, 2010.

Son motivo de celebración las múltiples repercusiones que sigue teniendo el amparo que la Suprema Corte de Justicia de la Nación acaba de conceder a cuatro conciudadanos para que puedan consumir mariguana sin incurrir en la ilegalidad. De la estupefacción inicial se ha pasado a cierta conciencia –no pequemos de ingenuos ni de optimistas– sobre la necesidad de formalizar un debate que hace mucho tiempo que ya había iniciado y al que se le había prestado poca o nula atención con la autosuficiencia de quien se cree tener sin condiciones y para siempre la sartén por el mango.

Esta controversia nos indica que ya no son tiempos de mantener esa petulancia. Poco a poco, merced a instrumentos tan poco predecibles como la Internet y todo aquello que ha facilitado la comunicación amplia e instantánea entre los seres humanos y un mayor acceso a la educación (no siempre de calidad), quienes antes alzaban su voz solitaria en el desierto de la indiferencia oficial, pueden ser escuchados y respaldados por otros muchos como ellos a lo largo y ancho de este mundo.

El peor error de las instituciones milenarias y los partidos políticos antaño hegemónicos, es suponer que siguen vigentes las condiciones en las que por mucho tiempo alcanzaron y ejercieron un poder sin cortapisas. Por más que lo parezca y lo sigan intentando, ya no es así. En el mejor de los casos, si conservan algo de inteligencia, se darán cuenta de que ha llegado el momento de soltar las cadenas, de ceder y de entregar la estafeta a las nuevas generaciones. Más nos vale que esa transición se haga de manera voluntaria y pacífica. De lo contrario, lo mejor que nos puede pasar es que la degradación de las condiciones en las que hoy ya estamos viviendo se profundice todavía más. Y lo peor que nos puede suceder ni siquiera lo alcanzamos a imaginar.

Otro aspecto que muestra este ir y venir de las opiniones, los comentarios, las recomendaciones y las advertencias –algunas ominosas– en torno al consumo de la mariguana es lo poco que ha permeado en nuestra cultura el espíritu científico. La mayor parte de los ciudadanos (incluyendo a los que ejercen cargos públicos, sin importar su profesión) sigue atada de manera acrítica e irracional a los dictados de la autoridad en turno, llámese política o religiosa, sin que sea capaz de cuestionar sus exigencias y preceptos, aunque coarten e incluso violen sistemáticamente su autonomía y dignidad, principios que deberían ser intocables por situarse en el sitio más alto de los derechos humanos. Es parte de nuestra pesada herencia de sumisión y servilismo.

Un buen ejemplo de ese espíritu científico del que carecemos es lo que nos dice Steven Weinberg, Premio Nobel de Física 1979, en su obra Explicar el mundo. El descubrimiento de la ciencia moderna (Taurus, 2015):

Hace tiempo decidí que necesitaba profundizar más, aprender más de una época anterior de la historia de la ciencia […] Como es natural en un profesor universitario, cada vez que quiero aprender algo me presento voluntario para impartir un curso sobre el tema.

 

¿Qué nos quiere decir Weinberg? Primero, que la mejor forma de aprender es tener que enseñar y, en segundo lugar, que si queremos conocer algo profundamente, debemos estudiarlo con seriedad y renunciar a la tentación de seguir aquella frase que dice “tú que lo sabes todo y lo que no, lo inventas”. En nuestro medio, abundan quienes creen que lo saben todo y, sobre todo, aquellos que inventan lo que ignoran. Así, un día sí y el otro también, escuchamos y leemos opiniones de quienes, asustados por el amparo de la Suprema Corte, han decidido erigirse como tutores de nuestra vida y destino. Ignorantes de tantas cosas, tampoco saben que nadie les ha pedido su protección. No han reparado que ya somos mayores de edad y que no nos chupamos el dedo.

Por eso es muy bienvenido un libro de reciente aparición titulado Marihuana y salud (Fondo de Cultura Económica, 2015) –el nombre de esta hierba puede escribirse con g o con h antes de la u–, publicado bajo el auspicio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Academia Nacional de Medicina y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Un esfuerzo encomiable coordinado por el prestigioso psiquiatra Juan Ramón de la Fuente, quien fuera Rector de la UNAM y Secretario de Salud.

Como me lo acaba de regalar mi más querido amigo y apenas lo he empezado, no puedo hacer una reseña completa que dejaré para mejor ocasión, pero, en relación con lo comentado en los párrafos precedentes, no puedo dejar de transcribir partes de la presentación que hace de esta obra el doctor Enrique Ruelas Barajas, actual Presidente de la Academia Nacional de Medicina:

La necesidad de que las decisiones se fundamenten sobre evidencias científicas es incuestionable para los médicos, pero tal vez no sea obvio para quienes legislan, diseñan o implementan políticas públicas. Hoy sabemos que se cometen errores que ponen en riesgo a los pacientes cuando sus médicos toman decisiones diagnósticas o terapéuticas con base, solamente, en experiencias o creencias personales. Ello puede conducir a un individuo a la muerte, pero si las decisiones de política pública sobre temas como el que aquí se trata se toman sin el indispensable sustento que la ciencia ofrece, pueden afectar negativamente no a una sino a miles de personas. Por ello, tomar decisiones legislativas o de política pública sin considerar el conocimiento existente sobre el asunto en cuestión puede llegar a ser una enorme irresponsabilidad.

Parece que muchas de las discusiones actuales sobre las adicciones, gran preocupación de nuestros tiempos, transitan por la superficie de argumentos triviales sin poder ser anclados en lo que se ha demostrado saber sobre esta realidad que tanto lacera. Por ejemplo, se discute sobre diferentes tipos de adicciones como si se tratara de una sola. Se quiere dar la misma solución cuando no todas son iguales. Se acaloran los debates sobre legislar o no legislar sin entender que cada una de estas adicciones tiene consecuencias diversas que difícilmente se resolverán solamente con disposiciones para permitir o castigar el consumo de todas las sustancias que las producen, nuevamente, como si fuesen una. Se tratan exclusivamente como un asunto policial, judicial o legislativo e incluso comercial como si no fuese un problema de salud a pesar de que el consumo de éstas, paradójicamente, se clasifica como delito, precisamente ¡contra la salud! Hay sustancias adictivas, como el alcohol y el tabaco, que no están penalizadas a pesar de que también causan daños. El tema está saturado de contradicciones, inconsistencias, desconocimiento y, peor aún, de emociones y tensiones con pobres sustentos. Por ello, es necesario hacer visible la evidencia científica, y diferenciar y enfocar los diferentes tipos de adicciones para evitar polémicas bizantinas que conducirían a decisiones equivocadas después de procesos inútiles de deliberación carentes de justificación.

 

Por eso no echemos todavía las campanas al vuelo. No vaya a ser que ese debate por regiones que el gobierno acaba de anunciar tenga las mismas intenciones reales que otros muchos: planeado para que al final todo siga igual. No es falta de confianza. Lo que pasa es que “la mula no era arisca… la hicieron a palos”.

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