Luis Muñoz Fernández

 

Estoy sorprendido de que tantos líderes religiosos, que representan espiritualmente a tantas personas alrededor del mundo, hayan vacilado en hacer de la protección de la Creación una parte importante de su magisterio. ¿Acaso creen que la ética centrada en el ser humano y la preparación para la vida en el más allá es lo único que importa?

 

Edward O. Wilson. The Creation. An appeal to save life on Earth, 2006.

La noticia de la semana –y espero que de mucho tiempo más– ha sido la presentación de Laudato si, la primera encíclica del Papa Francisco. Su título –Alabado seas– proviene del hermosísimo Cántico de las criaturas, compuesto a finales de 1224 o principios de 1225, en dialecto umbro, por San Francisco de Asís poco antes de morir, cuando enfermo, casi ciego, solo y amargado, se sentía decepcionado por el rumbo de la orden que él mismo había fundado:

Altísimo y omnipotente buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen

y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,

especialmente en el Señor hermano sol,

por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,

de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,

en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento

y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,

por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,

la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,

la cual nos sostiene y gobierna

y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,

y sufren enfermedad y tribulación;

bienaventurados los que las sufran en paz,

porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.

Bienaventurados a los que encontrará

en tu santísima voluntad

porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor

y denle gracias y sírvanle con gran humildad…

No he tenido tiempo todavía de leer por completo la Encíclica, salvo sus párrafos iniciales, pero los medios de comunicación masiva han dado cuenta ya de su contenido verdaderamente revolucionario. Muy particularmente de la acusación sin ambages que el Papa hace a la confabulación entre el poder político y económico de este mundo, cuya obscena prosperidad tiene una relación directa con la miseria en la que viven miles de millones de seres humanos. Y también con la degradación gravísima de nuestro planeta, cuya tierra, agua y aire están profundamente envenenados y sus recursos se extinguen a un ritmo acelerado y tan irracional como la inconsciencia y crueldad sin límites de quienes los ambicionan y explotan para su propio provecho.

La voz del Papa ha sido la última de una larga lista. Numerosos científicos, filósofos, escritores y personas dedicadas a diversas ocupaciones, solas o agrupadas en movimientos ecologistas, hace años que alzan su voz con demandas similares, en especial durante los últimos años, cuando ha surgido la preocupación por el calentamiento global, explicación de los últimos cambios climáticos y de diversas catástrofes naturales que han devastado regiones enteras y cobrado una cuota altísima en vidas humanas.

Uno de estos científicos es Edward O. Wilson, un reconocido biólogo estadounidense que ha recorrido un largo camino en la defensa de la biodiversidad. En su obra La Creación. Un llamado para salvar la vida en la Tierra (The Creation. An appeal to save life on Earth. W. W. Norton & Company, 2006), establece un diálogo ficticio entre él mismo como científico y un pastor sureño de la Iglesia Bautista a quien le dice:

Llegados a este punto, usted se puede preguntar ¿Y yo por qué? Porque la religión y la ciencia son las dos fuerzas más poderosas del mundo actual, especialmente en los Estados Unidos. Si la religión y la ciencia pueden unirse en el terreno común de la conservación biológica, se podrá resolver pronto el problema. Si existe algún precepto moral que comparten las personas de todas las creencias es que nos debemos a nosotros mismos y a las generaciones futuras un medio ambiente bello, rico y saludable

Me avergüenza saber de quienes, dueños de los medios de comunicación que bien podrían usar para informar con la objetividad y el rigor periodísticos que evidentemente nunca han conocido ni ejercido, niegan la realidad del calentamiento global y el cambio climático, hechos perfectamente comprobados científicamente. Sólo los ignorantes, los cínicos, los codiciosos, los mezquinos y los incompetentes, rasgos que algunos reúnen con no tan escasa frecuencia, pueden negar estos signos de alarma y lo que indican: que la Tierra está al borde del colapso.

Incluso algunos científicos dignos de toda nuestra atención y consideración, como James Lovelock, el creador de la Hipótesis Gaia que concibe a la Tierra como un sistema autorregulado, ha mostrado en su obra La cara evanescente de Gaia (The vanishing face of Gaia. Penguin, 2009) un profundo pesimismo al afirmar que, con relación a la supervivencia del planeta, hemos cruzado ya el punto de no retorno, que por más que tomemos medidas urgentes es tal vez demasiado tarde.

Uno de los puntos clave de la cuestión es lo que, junto con otros, el Papa ha develado en su Encíclica: la brutal depredación de los recursos naturales tiene su origen en el sistema económico imperante, ese capitalismo que no sólo es inhumano hacia los semejantes, sino que en su desatada locura parece no importarle saber que está cavando su propia tumba. Bien decía el querido José Luis Sampedro cuando señalaba que estamos asistiendo a los últimos estertores de un sistema económico que ya no puede dar más de sí. Tal vez no seamos testigos directos de su fin pero, si no acaba antes con la viabilidad del planeta y se nos lleva a todos por delante, está condenado a desaparecer más pronto que tarde, pues sus heridas son mortales de necesidad.

Otro punto fundamental relacionado con el anterior es el que expresa el poeta, pensador, filósofo y ensayista español Jorge Riechmann, que es profesor de la Maestría en Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. En su lección “Ética y ecología: una cuestión de responsabilidad” lo que considera una de sus ideas clave:

Nuestra normalidad es la catástrofe: los problemas ecológicos más graves no surgen de accidentes espectaculares, sino del funcionamiento “normal” de nuestra economía y sociedad.

 

Como titula Naomi Klein su libro sobre la amenaza del cambio climático: Esto lo cambia todo. Y nosotros, ¿qué estamos esperando para reaccionar?

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