Por J. Jesús López García

105. Edificio en la calle GuzmánHoy en nuestra época la relatividad es una de las principales características. Lo subjetivo y lo relativo son causas de la concepción contemporánea de la movilidad que se alza como uno de sus rasgos más apreciados, acompañando ese movimiento con vehículos de toda clase o con diversos gadget, por lo que hoy se puede acceder a todo el mundo, sea de manera física o de forma virtual.

La arquitectura en su inicio neolítico fue sin duda portable, los grupos humanos eran nómadas, así que la facilidad para montar y desmontar las primeras casas del hombre se constituyó como un requisito indispensable para su diseño. La humanidad nunca ha dejado de moverse, es inherente a ella, incluso lo hace de manera profunda lo que puede observarse en movimientos migratorios en otras especies, pues su movilidad posee un tinte más complejo que la simple búsqueda de alimento o de climas benignos; la curiosidad, la aventura o la esperanza de una mejor vida, han sido mejores razones que la simple necesidad orgánica.

Aún así, la añoranza de lo conocido, la relevancia de marcar un sitio con algo construido de propia mano, son factores contribuyentes a la conformación de la gran arquitectura, que desprendiéndose del utilitarismo prehistórico, se consolida en las abstracciones de la civilización. Monumentos para recordar, tumbas para marcar transiciones, edificios para representar a un grupo humano a la par de albergar en ellos sus actividades, han ido tejiendo la trama de la arquitectura mundial; volúmenes que van arraigándose en el lugar dejando su impronta para siempre, aún cuando la finca ya no exista, haya sido dañada o modificada por el paso del tiempo. Baste mencionar los actuales Partenón de Atenas y la Basílica de San Pedro en Roma, quienes sustituyeron a los más antiguos con el propósito de preservar a través de una mejor fábrica la memoria de un espacio.

Lo durable en la arquitectura se convirtió en un elemento apreciado más allá de la resistencia funcional, incluso en los edificios en que la prefabricación ya estaba presente –a modo de los grandes palacios de armaduras metálicas fundidas en Europa y Estados Unidos, como el Mercado Hidalgo en Guanajuato- en el siglo XIX y principios del XX, se concebía al inmueble para perdurar, no obstante la posibilidad de desmontaje y reubicación. El Museo del Chopo es un ejemplo de ello.

Sin embargo, en la actualidad, el desmontaje ya no implica reubicación; haciendo uso de la cada vez más amplia gama de materiales y procesos constructivos, la arquitectura se sujeta a variadas intervenciones en que lo perdurable se convierte en mudable: la fachada cambia en función del uso del edificio o el inmueble es demolido para dar paso a otro que no busca ser mejor que el anterior sino solamente responder a la exigencia de un nicho de mercado o de una función distinta de naturaleza cambiante.

¿Cómo arraigar un objeto arquitectónico tan vasto a algo tan fijo como un lugar? En el pasado, la arquitectura hizo gala de una capacidad magistral para adaptarse y responder ese cuestionamiento, no obstante, hoy no es el arraigar sino el desarraigar lo que se realiza.

Panta Rhei, frase asignada a Heráclito, donde <<todo fluye>>, <<todo cambia>>, y la manera de variar en la arquitectura en el presente es favorecer las modas y mudanzas que tienden al apuntalamiento de lo efímero, pauta de nuestro vivir contemporáneo. Como los mensajes vía telefónica, los anuncios publicitarios o la música hecha para ambientar un comercial, la arquitectura tiende a la adopción de un lenguaje ligero, momentáneo.

Las maneras de la edificación se simplifican y ello sirve bien para realizar en las fincas hasta los gustos más singulares, sólo que como todo deseo es pasajero, los inmuebles que atienden a ese impulso tenderán también a una rápida caducidad.

La arquitectura como testigo y registro de su tiempo es un concepto de uso común, así, en la actualidad es un reflejo de nuestra época. Era de significantes heterogéneos y poco precisos, dispersa en sus intereses, poco atenta a las clasificaciones, dinámica, trivial y a veces propensa a caer en la cursilería y la ingenuidad.

Al final todo momento histórico pasa, pero es en la manera de querer trascender el instante lo que distingue a los distintos episodios de la civilización humana. Nuestra actualidad posmoderna parece no buscar la trascendencia sino únicamente la renovación, hacer de lo transitorio una constante. Arquitectura efímera para reflejar y vivir la fugacidad de nuestro momento histórico. Sin jerarquías ni hitos, sin significados profundos, lo efímero en varia de la producción constructiva actual no se refiere a la fragilidad de lo levantado, sino a lo pasajero de su propuesta. Esto ¿es bueno o es malo? Ni lo uno ni lo otro, simplemente es un ¡síntoma de nuestro tiempo!