Imelda Robles
Agencia Reforma

Gloria ya no usa silla de ruedas. Ahora tiene prisa por dejar también el andador.
“Tenía que caminar, yo así no me podía quedar. Le dije ‘Diosito, o me pones a caminar como yo caminaba siempre o llévame al cielo de una vez'”, platica la mujer de 72 años.
Ella es una de las habitantes de la Casa de Retiro Luis Elizondo, que en agosto llega a su 60 aniversario.
El año pasado Gloria se cayó al salir de la capilla y la lesión la dejó en silla de ruedas.
Semanas después fue seleccionada junto con nueve personas que también usaban silla de ruedas, para integrar el primer programa de rehabilitación de esta casa con el objetivo de que volvieran a ponerse de pie.
Junto con Gloria, otros tres residentes pudieron otra vez caminar con ayuda de un andador. Actualmente hay otras 10 personas en el mismo programa.
“Escogimos pacientes con alguna fractura de cadera o algún otro tipo de dolor, o aquellos que tuvieron alguna caída y les dio miedo volver a caminar”, explica Giannina Ledezma, jefa del departamento de Rehabilitación de la casa.
“Un grupo de estudiantes de la Prepa Técnica Médica estuvieron diariamente con los residentes y eran responsables de corregir la postura, llevarlos a sus terapias físicas al gimnasio durante los tres a cuatro meses que duró el programa”.

POR UNA VEJEZ SANA
Esta casa de reposo ubicada en La Pastora, fundada hace casi 60 años por Don Luis Elizondo Lozano, es una de las pioneras en Nuevo León. Está constituida como asociación civil y actualmente tiene 96 residentes, su capacidad es para 100.
Desde hace dos años, Javier Valero, director Médico de TecSalud, es el presidente del Consejo Directivo del lugar. Es la primera vez que un médico está al frente, por lo que la salud de los residentes se ha vuelto una prioridad.
Las mejorías ya son palpables: el año pasado disminuyeron algunas enfermedades en un 50 por ciento.
“Vimos ‘¿por qué se está cayendo la gente?’, porque se levantó al baño, ‘¿y por qué se levantó al baño?’ porque trae una infección de orina”, dice Valero.
“A los 80, 85 años, fácilmente se puede caer si se levanta en la madrugada, entonces hay que atender la infección de orina”.
En el primer semestre del año pasado había 34 adultos mayores con infecciones urinarias y para diciembre bajó a 16. Las caídas también disminuyeron, de 44 a 19.
Con depresión eran 30 personas y al finalizar el 2015, fueron 16. Con deterioro cognitivo tenían 60 y la cifra bajó a 41. Había 50 abuelitos con riesgo de malnutrición y el número disminuyó a 32.
Fernando Coindreau, geriatra y director médico de la casa desde hace tres años, explica que el avance es gracias a que cada residente fue evaluado de una forma integral, con una valoración médica, funcional, cognitiva, emocional y social.
“Después vinieron reuniones interdisciplinarias donde un enfermero, médico, nutrióloga, trabajadora social, psicólogo, nos reunimos tres veces por semana”, detalla Coindreau.
“A cada residente lo ‘desmenuzamos’ para que todo el personal que labora en el asilo conozca bien lo que pasa con cada uno”.
Ahora se tiene una documentación exacta de los procesos, lo que permitió realizar estadísticas y comparaciones, enfatiza Bibiana Magallanes, directora general del lugar.
Antes sólo aceptaban adultos mayores en condiciones óptimas, pero desde hace un par de años ya aceptan a personas que requieran ayuda para su aseo personal, vestirse y alimentarse, pero que estén lúcidas.
En la casa laboran 48 profesionistas y cuenta con una unidad de cuidados especiales, capilla, gimnasio, salas de terapia física y rehabilitación, salón de juegos de mesa, manualidades, comedor y amplios jardines.
Aceptan a personas desde los 65 años y el 90 por ciento de los residentes tiene algún tipo de beca gracias a benefactores. Una regla es que sean visitados semanalmente por sus familiares.

RETIRO Y ALGO MÁS
Doña Enedelia García, de 88 años, teclea lentamente las letras de su nombre en la computadora. Estudió hasta primaria y vive en la casa desde hace dos años.
“No crea que sé muy bien, pero me están enseñando”, dice.
En el gimnasio, pedaleando la bicicleta, está doña María Justina Cruz, de 82 años, viuda desde hace 23 años y madre de cuatro hijos varones.
“Me empezaron a dar mareos, me empecé a caer y entonces el doctor me recomendó que no estuviera sola en la casa ni saliera sola a los mandados”, cuenta doña María, quien vivía en Coahuila.
“Entonces dije, ‘bueno, no hay de otra más que irme a un asilo'”.
Desde hace dos años, José Luis López, de 93 años; Celia Villaseñor, de 96, y Delfina Valtierra, de 73 años, se juntan a jugar cartas.
“Es nuestro entretenimiento favorito, tenemos como cuatro juegos aparte de la canasta uruguaya”, comparte doña Delfina.
Valero, presidente del Consejo, considera que es necesario un cambio cultural en la sociedad porque aún sigue la idea de que llevar a familiar a un asilo significa abandono.
“Aquí siempre tienes compañía, gente de tu edad, de tus circunstancias. A veces cuando estás en casa, pueden pasar días sin que nadie vaya a verte, aquí la verdad llegas a tener 95 hermanas y hermanos”.
Si quieres apoyar ingresa a la página www.asiloluiselizondo.org o llamar a los teléfonos 8354-9272, 8354-4865 o 8355-2956.