Luis Muñoz Fernández.

Esta célula, que ya no es un huevo sino un embrión, ahora es genéticamente única. A partir de dos seres humanos se formó el principio de un tercero, por completo nuevo, un individuo que nunca antes había existido y que nunca volverá a existir. El drama de su vida se extiende como un camino con infinitas encrucijadas y curvas.

 

Peter T. Ellison. En tierra fértil. Historia natural de la reproducción humana, 2006.

El producto de un legrado uterino instrumental –con esta última palabra alejamos el fantasma del aborto provocado– es una de las muestras que con mayor frecuencia se envían a los laboratorios de patología. Se busca con ello identificar microscópicamente los indicios de un embarazo que se frustró espontáneamente en sus primeras etapas. Lo de espontáneo es un decir, porque hoy sabemos que siempre existe una causa y que, posiblemente, en la mayoría de los casos esa causa es completamente natural. Un “borrón y cuenta nueva” de la mano que escribe la historia de una nueva vida. Sea esa mano la de la divinidad o la de la naturaleza que, como la justicia es ciega, dependerá de las ideas y creencias de cada quien.

Por común que sea, no deja de asombrar el hecho de que a partir de tan humildes orígenes y con algo de suerte, se pueda formar un cuerpo humano. La mayor parte de esos legrados están formados por fragmentos de diferentes formas y tamaños, friables al tacto, que a lo que más se parecen es a coágulos sanguíneos. Ya preparados para su análisis, lo que vemos con el microscopio es un mar de sangre en el que aparecen festones del revestimiento uterino –el endometrio– con los cambios característicos de la gestación, acompañados casi siempre de unas formaciones digitiformes –las vellosidades coriales– que corresponden al tejido placentario del primer trimestre del embarazo. A veces, por razones casi siempre misteriosas, esas vellosidades a veces no aparecen.

En este tema hay numerosas variaciones. Sumergido en los rojos y blandos fragmentos podemos detectar un homúnculo, un esbozo de cuerpo humano en miniatura que nos retrotrae a aquellos lejanos días en los que estudiábamos el desarrollo intrauterino. Grande fue la imaginación de aquellos primeros embriólogos que aseguraron haberlo visto en la cabeza de cada espermatozoide. Los espermistas, que así se denominaban, creían firmemente que en el semen se encontraba el homúnculo –un ser humano completo y pequeñísimo– y que la mujer contribuía solamente con la nutrición para su crecimiento y desarrollo. Como una posible forma de machismo, esta idea también era fruto de la ignorancia y las limitaciones científicas y tecnológicas de la época.

De vez en cuando, el producto del legrado es particularmente abundante y está formado por numerosas vesículas que recuerdan racimos de uvas pequeñas y translúcidas, de aspecto suculento (del latín sucus, jugo). El embrión, si lo hubo, ya no se encuentra y en el examen microscópico las vellosidades coriales de la placenta embrionaria son enormes y están llenas de líquido. Esta alteración se llama mola hidatiforme y resulta de la fecundación de un óvulo vacío (sin núcleo y, por ende, sin material genético) por un espermatozoide normal que, al no hallar el complemento genético materno, duplica el suyo e inicia, sin el concurso del genoma femenino un embarazo anormal por su cuenta que no termina bien.

Bajo la óptica religiosa, de entre todas las biopsias y piezas quirúrgicas que se reciben y estudian en los laboratorios de patología, los productos de legrado merecen especial distinción. Aunque informes y gelatinosos como simples coágulos sanguíneos (a veces son solamente eso), están imbuidos de la potencia del ser. Como “productos de la concepción”, o simplemente como “contenido uterino”, en ellos pudo latir la vida incipiente de un ser humano que no llegó a ser. De ahí que, según los dictados de la Iglesia Católica, deberían ser tratados con especial consideración.

Es lo que nos cuenta el doctor Francisco González-Crussí, patólogo pediatra mexicano y escritor de fama internacional. Durante los primeros años de su formación hospitalaria en los Estados Unidos de Norteamérica, siendo médico interno en un hospital católico regentado por monjas, fue enviado al laboratorio de patología ante la ausencia del residente en turno. Apenas se disponía a procesar la primera muestra de legrado, cuando sintió un tirón en la manga de su bata. Era la “hermana del laboratorio”, una monja de fiero aspecto que lo hizo apartarse de las muestras:

Y me dirigió una mirada de reproche desde unos gruesos lentes, con aquellos ojos fríos y grises que dominaban sus rasgos enjutos. […] Me quedé petrificado, como la personificación de la más abyecta idiocia. Me ordenó que me alejara, empleando los gestos perentorios y aquel peculiar incremento en el volumen y el tono de la voz con el que algunas personas se dirigen a los extranjeros.

¿Qué pretendía la monja? El doctor González-Crussí lo entendería más tarde. Dada la naturaleza de aquellos tejidos, era necesario brindarles el beneficio del bautismo, de modo que el alma inmortal que los moraba no sufriese los rigores de la condenación eterna.

La posición de la Iglesia Católica respecto al momento en el que el embrión queda imbuido del alma humana no siempre ha sido la misma. Según Héctor A. Mendoza Cárdenas, doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Nuevo León y miembro del Colegio de Bioética:

Antes de 1869, la mayoría de los teólogos consideraban y así lo enseñaban, que el feto no era un ser humano con un alma humana sino hasta 40 días después de la concepción. Por lo mismo, en un aborto practicado antes de los 40 días no se consideraba que se estuviera eliminando una vida humana. Efectivamente, no es sino hasta 1917 y a partir de las ideas de Jean Gury, que la Iglesia Católica establece de manera formal que el ser humano debe ser protegido desde la concepción. Es Pío IX quién apoya por primera vez tal idea, prescribiendo en la legislación canónica que tanto la mujer que aborta como aquel que la asista, serán excomulgados de la Santa Iglesia.

Tema en extremo complejo y lejos de agotarse, íntimamente relacionado con el acalorado debate sobre la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, solamente lo traemos a colación hoy como una reflexión más a partir de la contemplación del producto de un legrado. Y aunque nos maraville que nuestro cuerpo se haya desarrollado a partir de tan caóticos fragmentos, disponemos ya de conocimientos que nos explican las etapas de tan asombrosa transformación. Como en todo lo relativo a la vida, el secreto se encuentra en la interacción de la información genética con las numerosas y misteriosas señales del ambiente intra y extrauterino. Caos que toma forma para regresar al caos. Y en ese suspiro entre ambos se encuentra, frágil como los fragmentos en los que se origina, la vida de un ser humano.

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