Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaDe acuerdo a los datos más recientes del INEGI, la actividad industrial mexicana está estancada; sólo creció 1.4 por ciento en el primer trimestre de 2015 en comparación con el mismo período de 2014; de hecho, bajó 0.02 por ciento en marzo respecto de febrero. Según el informe de la consultora internacional Barclays, es un efecto de la desaceleración que presenta la economía de Estados Unidos.

También BBVA Research en su último análisis advierte que estos resultados evidencian “que la dependencia del sector externo como único motor de la economía pone en serias dudas la fortaleza del crecimiento de México”. En resumidas cuentas, parece que 2015 será otro año más con tasa de crecimiento inercial, o sea, apenas por encima del aumento demográfico.

Lecciones. A México le tomó cuatro décadas duplicar su producto per cápita, manteniendo a la mitad de su población en situación de pobreza. Mientras tanto, en ese mismo periodo, China incrementó 19 veces su producto per cápita, sacando de la pobreza a 680 millones de chinos (60 por ciento). El Producto Interno Bruto (PIB) de China saltó de representar el 3 por ciento de la producción mundial de bienes y servicios en 1990, al 13 por ciento en 2014. Esta transformación fue lograda gracias a la elección y aplicación de políticas públicas orientadas al libre mercado, pero con fuerte apoyo a la generación y consolidación de una clase empresarial propia, así como al mejoramiento continuo del poder de compra de su población (las remuneraciones salariales crecieron hasta 20 por ciento al año).

Lecciones. Recientemente hemos visto que se utiliza a Aguascalientes como ejemplo a seguir por su alta tasa de crecimiento económico, y a Campeche como contraejemplo por la contracción económica que padece.

Se nos ha olvidado que Campeche, uno de los estados tradicionalmente más atrasados de la República Mexicana, había logrado en los primeros años de este siglo un ritmo de crecimiento económico tan espectacular que, con el 0.7 por ciento de la población nacional, llegó a contribuir con más del 6 por ciento del PIB del país, cuarto lugar entre las entidades federativas, sólo después del Distrito Federal, Estado de México y Nuevo León. Incluso, se colocó en el primer lugar nacional en producto per cápita, con un monto ocho veces más alto que el promedio del país.

El problema radicó en que el 80 por ciento de su economía se basaba en la producción y exportación de petróleo y gas. En concreto, dependía de un yacimiento milagroso denominado Cantarell, el segundo más importante del mundo, que llegó a producir en 2004 más de 2.2 millones de barriles diarios de crudo, dos tercios de la producción nacional, la que, a su vez, alcanzó ese mismo año su máximo histórico.

Hoy Cantarell está prácticamente agotado y, con el precio del crudo en la lona, la economía de Campeche se ha derrumbado. Su crecimiento económico terminó en una danza de números. No hubo una política federal/estatal/municipal que favoreciera el surgimiento o consolidación de pequeñas y medianas empresas locales proveedoras de la industria petrolera, ni mucho menos se buscó generar alternativas en otros sectores económicos de mayor valor agregado. La bonanza petrolera, cuando existió, no se derramó sobre el conjunto de la población. Sólo queda enfrentar la huella del deterioro ecológico.

Lecciones. Los estados que más crecieron en 2014 después de Aguascalientes, fueron Querétaro y Guanajuato, gracias a la instalación de plantas armadoras. Sin embargo, tanto el petróleo como la maquila automotriz (crecientemente automatizada) generan un tipo de crecimiento económico demasiado dependiente del mercado internacional y, por tanto, vulnerable, frágil y, lo más grave, poco diversificado. Crean empleos formales y productivos, pero no suficientes en cantidad ni mucho menos bien remunerados.

“Es momento de repensar si queremos seguir apostándole al petróleo o la manufactura automotriz como principales motores del crecimiento nacional, o si queremos y podemos innovar…”, dice la especialista Viridiana Ríos, Directora de “México, ¿cómo vamos?”. No puede seguirse argumentando que el desarrollo vendrá por sí solo cuando comerciemos más y cuando los beneficios del petróleo o la maquila fluyan en cascada, como por arte de magia, hacia el resto de la economía.

Debemos reiterar la tesis de que es necesario desde los gobiernos impulsar de manera efectiva –mediante políticas fiscales, laborales y de promoción industrial– tanto la innovación y profesionalización en las empresas locales para incrementar el valor agregado de sus productos, como el incremento sostenido de las remuneraciones salariales reales de todos los trabajadores.

 

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