Por J. Jesús López García 

La Escuela Moderna de arquitectura fue un movimiento compuesto por múltiples tendencias, desde las más ortodoxas –herederas de la racionalidad más decantada del neoclasicismo del siglo XVIII y entusiasta de los avances técnicos de la Revolución Industrial– hasta las vertientes expresionistas, afines a la emoción romántica del siglo XIX y a la integración de repertorios arquitectónicos de procedencia diversa; sin embargo, fueron las primeras que por su radicalidad punzaron más fuerte en el cambio de paradigmas constructivos y de diseño, adecuados al clima intelectual de inicios del siglo XX, altamente politizado y atento a la efervescente social del mundo que se concebía, tal vez por primera vez, altamente vinculado entre sí.

De entre esas propensiones extremas existen algunas que presentan uniones de formas y conceptos indiscutibles, todas compartiendo el mismo sustrato ideológico, estético y tecnológico: en Suiza, Alemania y Holanda los arquitectos que se posicionaron en la vanguardia se ajustaron al «neoplasticismo» –el caso de Gerrit Rietveld (1888-1964) –, al «suprematismo» en forma paralela al «constructivismo» –como Kazimir Malévich (1878-1935) – ambos de filiación soviética, o a la aún más revolucionaria corriente de la denominada «Neue Sachlichkeit» (Nueva Objetividad) que en menor o mayor medida depositaban en el racionalismo funcionalista los parámetros de su composición.

La estética de las tendencias estaba fuertemente influenciada por la precisión de la línea, la ausencia de ornamentación, la contundencia de su volumetría y la neutralidad en su expresión, con el propósito de provocar al público en general, ya que esa arquitectura «fría» se dirigía contracorriente de los sistemas tradicionales de significación en los edificios, incluso esa modernidad a ultranza durante los años veinte y treinta del pasado siglo XX se promulgaba en manifiestos que añadían solemnidad al enfrentamiento.

Desde el texto «Ornamento y delito» de 1910 escrito por Adolf Loos (1870-1933), los manifiestos fueron incrementando la radicalidad de la propuesta arquitectónica, intelectual y estética; los maestros modernos de la arquitectura fueron también grandes propagandistas de sus obras y de sus credos arquitectónicos. Uno de los más prolíficos en diseños, obras y escritos fue el suizo Charles-Édouard Jeannerette-Gris (1887-1965) –quien desde el año de 1920 se autonombraría como «Le Corbusier» un pseudónimo diseñado a partir del apellido de su abuelo materno Lecorbésier aludiendo al vocablo cuervo–, quien propugnaba por una arquitectura «purista», alejada del artificio ecléctico que en su juventud aún le tocó vivir. A partir de la edición de la revista «L’Esprit Nouveau» lanzó escritos en que fueron fijándose lo que el arquitecto propuso como los principios de la nueva arquitectura: plantas y fachadas libres, estructuración sobre columnas, vanos horizontales y terraza jardín.

Por otro lado, en Aguascalientes existe un edificio que detenta cuatro de los cinco postulados de Le Corbusier, que además se entroniza como un hito en la historia de la arquitectura de nuestra entidad: el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, Sección Número 2, localizado en la Avenida Francisco I. Madero; del cual podemos mencionar que desde su emplazamiento –retranqueado para configurar una plazoleta– el bloque es singular con respecto al contexto en donde se encuentra inmerso. Recibe al visitante con un espacio público destinado a congregar masas a medio camino entre los talleres del ferrocarril y la entonces Plaza de Armas, una situación urbanística privilegiada y no exenta de carácter político y social, pues debemos recordar que los ferrocarriles fueron uno de los motores más importantes en la industrialización aguascalentense.

Totalmente ortogonal posee columnas desfasadas del plano para enfatizar vanos horizontales y mantener la fachada libre, permitiendo ámbitos en planta versátiles en su funcionamiento por la ausencia de muros y otros elementos de cerramiento vertical.

La terraza jardín y el énfasis en la planta baja exenta de paredes, son las características que no completan el quinteto ideológico-formal de Le Corbusier. Por lo demás el Sindicato es un edificio apegado al purismo del maestro suizo, de la voluntad del momento de asumir una modernidad plena. La obra es de gran importancia en el arribo del movimiento moderno local, pues con los frescos géneros emergentes, del cual formó parte, comienza una etapa dentro del proceso de transferencia-recepción de la modernidad del siglo XX aguascalentense; Su erección dio inicio colocando la primera piedra el 7 de noviembre de 1938 y se inauguró el 28 de junio de 1941.

El proyecto es del Arq. Francisco M. Treviño así como la dirección de la obra, tal como lo comenta el mismo profesional: “En el año de 1938, los dirigentes de la Sección No. 2 del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros Mexicanos, con sede en la Ciudad de Aguascalientes, Ags., (segunda en importancia, pues consta de 4 mil 500 miembros aproximadamente) me encargaron el proyecto de un edificio social que deberá llenar las siguientes necesidades comprendidas en 2 puntos: a. Edificio de oficinas b. Auditorio y Deportes.” De los cuales solamente se llevaría a cabo el de oficinas. El Arq. Treviño afirmaba que “Las obras se iniciaron en febrero de 1939 y a estas fechas están próximas a concluirse”, esto en agosto de 1940.