“Hay un pájaro que cree que se muere cada vez que se pone el sol. En las mañanas despierta y se sorprende de estar vivo, así que canta una canción muy bella.”
Annabel en “Restless” de Gus Van Sant

“Una noche me detendré, poco a poco, sola, y lo disfrutaré.”
Chavela Vargas
“Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante.”
Pedro Almodóvar
“Serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado.”
Francisco de Quevedo y Villegas
“que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo…”
 Por Daniel Amézquita
Henos aquí solos, en el boulevard de los sueños rotos, sin nuestra mestiza ardiente de lengua libre, sin nuestra gata valiente, sin nuestra luna llena; con los terremotos instalados y el San Antonio quebrado y las amarguras demasiado sobrias. Así ha estado este asunto sin Chavela.
La muerte de Chavela Vargas de ninguna manera ha sido un asunto menor. Si no fuera por Lila Downs, no habría otra mujer capaz de llevar a los rincones del mundo las canciones mexicanas con la profundidad que amerita nuestra música que es, en sentido muy amplio, nuestra identidad. En las canciones que cantaba Chavela está contenida nuestra forma de ser, es decir, de llorar, de odiar, de amar, de ser leales, de reírnos del destino y de la muerte. Está contenida nuestra manera de fracasar, de triunfar, de extrañar, de transitar por este camino-calvario que es la vida para el mexicano, para el ser humano; su repertorio es un amplio recetario en sentido culinario y, por supuesto, farmacéutico. Imposible será encontrar a otra desdichada con las credenciales que sólo da el alcohol, el sufrimiento, la soledad y la capacidad de sacar de ahí la risa, la fuerza y la fraternidad. Lo de Chavela nos marcó, su muerte es indicio de que la hora se acerca en medio de esta nada donde el porvenir peligra, donde permea el desinterés, ya que esta generación no ha tenido la imaginación de construir una idea de sí misma. Desde el día de su partida, 5 de agosto de 2012, empezó su mito, se potenció su leyenda, se habla mucho de la Vargas, quizás más en otros países, pero definitivamente aquel día nos quedamos huérfanos.
Nunca olvidaré cuando te vi en vivo, debut y despedida, desde la segunda fila del Teatro Diana, nos hiciste llorar a todos, nos calabas, como dice Almodóvar, nos cantabas a cada uno en el oído, nos ponías un espejo muy cerquita de los ojos. Sólo Lola Beltrán y tú han pisado el Olympia de París. No me iba a ir sin despedirme, sin decirte que te quiero, me estiré para abrazarte, nos medio abrazamos y me dijiste “yo también”. Todos llegamos a la cita final, esa que decía Sabines en la que no hay testigos, y llegaste, te convertiste en una cosa simple, como el amor, que como dice tu himno, las devora el tiempo.