Luis Muñoz Fernández

La cultura le proporciona al pensamiento sus condiciones de formación, de concepción, de conceptualización. Impregna, modela y eventualmente gobierna los conocimientos individuales. Aquí no se trata tanto de un determinismo sociológico exterior cuanto de una estructuración interna. La cultura y, a través de la cultura, la sociedad está en el interior del conocimiento humano […] De este modo, la cultura es productora de la realidad percibida y concebida por cada cual. Nuestras percepciones se dan bajo el control, no sólo de constantes fisiológicas y psicológicas, sino también de variables culturales e históricas.

                       

Edgar Morin. El Método. IV. Las ideas, 2009.

A veces lo que leemos con un propósito definido despierta ecos insospechados y nos lleva por derroteros que no habíamos previsto cuando empezamos a leer. Tal es el caso de este párrafo contenido en la obra El ascenso y la caída de la medicina moderna (The rise and fall of modern medicine. Basic Books, 2012), del médico inglés James Le Fanu, que leí para preparar una conferencia próxima. El párrafo se encuentra en el capítulo donde se relata el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928:

Fleming tuvo más suerte de lo pensó, aunque en aquel entonces fue notablemente indolente para explorar el potencial terapéutico de su descubrimiento. Usó el extracto del hongo penicilium para curar a un colega de una conjuntivitis bacteriana leve, pero durante el año siguiente abandonó todo tipo de investigación formal sobre su uso clínico porque, de acuerdo a la visión predominante en aquel entonces, cualquier sustancia química natural como la penicilina sería demasiado tóxica para ser usada como tratamiento de las enfermedades infecciosas. Fleming ya no siguió investigando sobre esto porque no creyó que valiese la pena, un buen ejemplo de cómo las ideas preconcebidas en medicina anulan la imaginación e impiden el progreso. [las negritas son mías]

El concepto de las ideas preconcebidas como obstáculos para el progreso no es asunto menor. La forma más sutil y poderosa de estas ideas corresponde a los paradigmas, tal como los define el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin: categorías mentales rectoras de la comprensión y las operaciones lógicas. Lo más inquietante es que los paradigmas, que determinan nuestra forma de entender la realidad, operan sin que nos demos cuenta. De lo que se desprende que, aunque suene utópico, el verdadero conocimiento se alcanza cuando logremos liberarnos completamente de esas influencias que nos dominan desde el subconsciente. ¿Cómo liberarnos de la influencia de aquello de lo que no estamos conscientes?

El doctor Leonardo Viniegra, siguiendo a Morin, describe las siguientes características de un paradigma:

1.- Es inconsciente porque al estar incorporado a la forma de razonar y a la percepción se experimenta como “la realidad”.

2.- Dispone de un principio de autoridad axiomática que lo legitima (es lo evidente por definición).

3.- Está fuera del alcance de cualquier invalidación-verificación empírica y sería un contrasentido ponerlo en duda o tratar de verificarlo.

4.- Es invisible, sólo es virtual e implícito, nunca es formulado como tal, no existe más que en sus manifestaciones.

5.- Es invulnerable a la crítica, al ser un presupuesto inconsciente de la experiencia no puede ser objeto de cuestionamiento.

6.- Dispone de un principio de exclusión de los enunciados, ideas y problemáticas que no sean conformes con él. “Nos hace ciegos para aquello que excluye como si no existiera”.

En pocas palabras, somos esclavos de un amo invisible e inmisericorde que nos hace pensar lo que él quiere mientras que, autosatisfechos, nos suponemos libres, rectores de nuestro entendimiento y poseedores de una forma de ver el mundo a la que consideramos equilibrada, “objetiva” y mucho más cercana a la realidad que la que tienen quienes no piensan como nosotros.

Como decía el filósofo inglés Francis Bacon, somos influidos inconscientemente por los “ídolos de la tribu” (propios de la sociedad), los “ídolos de la caverna” (propios de la educación), los “ídolos del fórum” (nacidos de las ilusiones del lenguaje) y los “ídolos del teatro” (nacidos de las tradiciones). Morin nos dice que Bacon percibió simultáneamente las servidumbres socioculturales que pesan sobre cualquier conocimiento y la necesidad de liberarse de ellas. Por eso declaraba que la misión del conocimiento es emanciparse de esas servidumbres para convertirse en ciencia.

Si las ataduras con las que estamos sujetos a los paradigmas que determinan nuestras percepciones y puntos de vista son muy fuertes y difíciles de romper, otro tipo de influencias más visibles no son cosa menor, particularmente en sociedades como la nuestra, con una larga tradición de regímenes autoritarios. Cuando algunas opiniones provienen de ciertas figuras de autoridad, sea políticas, gubernamentales o religiosas, o bien proceden de aquellos que son considerados por la mayoría como “líderes de opinión”, suelen ejercer un ascendiente rara vez cuestionado. E incluso sin provenir de esas fuentes, cuando se expresan repetidamente ante audiencias sumisas, llegan a adquirir la categoría de axiomas, proposiciones tan claras y evidentes que se admiten sin demostración.

Cuando entre nosotros estas opiniones se usan para crear un ambiente propicio a ciertos intereses, pueden arraigar notablemente en la mente y en el discurso de amplios sectores de la población y llegan a constituirse en obstáculos poderosos que nublan el juicio y anulan todo intento de debate racional en el que puedan dirimirse los distintos puntos de vista que están en pugna. En el ámbito de la medicina, esta estrategia puede tener resultados funestos e impedir su progreso en un lugar y un tiempo determinados.

Un buen ejemplo de lo anterior es lo mucho que se ha declarado en torno al proyecto del Nuevo Hospital Hidalgo. Más allá de lo discutido sobre la necesidad de contar con un hospital público acorde con las ingentes necesidades de atención sanitaria moderna y de calidad y las dimensiones de sus instalaciones –aspectos por demás sobradamente justificados con sólidas evidencias documentales–, se ha insistido desde hace años que se trata de un proyecto insostenible económicamente.

Repetido una y otra vez como un mantra –según el diccionario: en el hinduismo y en el budismo, sílabas, palabras o frases sagradas, generalmente en sánscrito, que se recitan durante el culto para invocar a la divinidad o como apoyo de la meditación– esta idea ha ido calando hondo en la sociedad aguascalentense, particularmente en el gremio médico. Cada vez que se toca el tema en alguna conversación o reunión de médicos, la supuesta insostenibilidad suele salir a la luz como una barrera infranqueable que hace inviable económicamente el nuevo hospital, incluso con las modificaciones que se le han hecho los últimos años.

Una idea así, preconcebida para restarle credibilidad y pertinencia al proyecto, se ha vuelto casi un paradigma, o por lo menos un axioma, tanto para quienes la generaron como para quienes, carentes de suficientes elementos de juicio, la han escuchado en la boca de otros y la han asumido de manera acrítica como propia, conveniente y convincente.

Mientras, quienes están convencidos de lo contrario, alejados de la atención pública, carecen de medios para dar a conocer sus puntos de vista. El resultado está a la vista.

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